EL CANTO DEL CISNE
(Canta con la vida para no callar jamás)
Siembra amor y recogerás unión, cultiva unión y cosecharás ternura
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Julio del 2000
“Qué injusta, qué maldita la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos.“
Carlos Fuentes
Cuenta la leyenda, que el cisne cuando presiente que va a morir emite un canto lastimero. Por eso, la expresión “canto del cisne” se utiliza para referirse a la última obra de un poeta o de un músico; sí que también, a la manifestación postrera de un moribundo.
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Dos años después de muerto su padre, la familia -excepción hecha de la hermana mayor, quien llevaba cuatro años de casada y otros tantos viviendo en Barranquilla- resolvió irse de Cartagena para Bogotá, en razón de que los dos hermanos mayores habían sido trasladados por la Marina Nacional a Bogotá; uno primero y seis meses después el otro.
Vendieron la casa, liaron sus bártulos y, una mañana soleada de finales de noviembre, la familia viajó a Barranquilla, donde habrían de tomar el barco fluvial que los llevaría, después de ocho días de remontar el Magdalena, hasta Puerto Salgar en Cundinamarca; para, allí, tomar el tren que tardaría doce horas en llegar a la Sabana de Bogotá; la cual avistaron hacia las siete de una noche dominical, lluviosa y fría de mediados de diciembre.
Ya instalados, él necesitó varios meses para adaptarse a las costumbres, la comida y la ropa del altiplano; sobre todo, si se piensa que era aún un púber que nunca había salido del trópico.
Era la Bogotá fría, casi siempre lluviosa de principios de los años cincuenta; la gente pudiente en su mayoría vestía de negro, de gris o de marrón y, encima del vestido, hombres y mujeres llevaban gruesos abrigos y, además, usaban sombrero y guantes cuyos colores armonizaban con el resto de la indumentaria.
Los más pobres calzaban alpargatas o zapatos con suela hecha de pedazos de llanta y, encima del vestido, llevaban una ruana de lana para abrigarse y se cubrían la cabeza con boina o sombrero alón. Las mujeres se protegían del frío, gracias a gruesos pañolones o, también con ruanas.
La vida en el colegio de los Jesuitas, le pareció agradable; los grandes claustros, las amplias aulas, los modernos laboratorios de física y química, la sala de música, el soberbio teatro, en fin toda su estructura física, lo hacía muy acogedor. A ratos, se le asemejaba un tanto a los claustros del Seminario, donde estuviera un tiempo atrás, cuando aún vivía en Cartagena.
Los años del bachillerato se sucedieron con celeridad asombrosa; el niño se volvió adolescente, saboreó las mieles del amor y probó también la hiel del desengaño; pero siguió adelante; se graduó, empezó a trabajar, se casó, tuvo hijos, siguió estudiando; en una palabra, vivió.
Mientras tanto, cada uno de sus hermanos había formado su propio hogar. La madre viuda vivía con uno de ellos, cuando le sobrevino la muerte; fue algo inesperado y rápido. Para cada uno de los hijos significaba el final del mundo; parecía como si todo se acabara con la muerte de la madre. La mujer que los había convertido en personas de bien, ya no estaba, se había ido para siempre.
Empero, los días se convirtieron en semanas y éstas en meses, que rápidamente trasmutaron en años, y la cordura volvió al seno de cada uno de los hogares que el luto había ensombrecido.
Un buen día, pasado algún tiempo, aquel joven que dejamos casado y feliz antes de que su madre muriera, volvió a Cartagena ya convertido en hombre maduro, a ocupar un importante cargo en la empresa para la cual trabajaba; desanduvo el camino recorrido hacía veinte años y volvió nuevamente al trópico, con su mar, sus palmeras, sus murallas; para enseñarles a sus hijos este paisaje de ensueño, tal como tres decenios antes, su padre se lo hubiera enseñado a él, cuando era apenas un párvulo de sólo cuatro años de edad.
Los meses se sucedieron rápidamente y mientras tanto sus hijos crecieron; cada vez que podía, se carteaba con sus hermanos; a veces viajaba a Bogotá por asuntos de trabajo y aprovechaba la ocasión para visitarlos. Con la hermana mayor residente aún en Barranquilla, se veía más a menudo.
Una noche, ya tarde, estando su esposa y sus hijos durmiendo, mientras él leía en la sala y escuchaba quedamente música brillante, sintió un ruido extraño en el balcón del apartamento situado en el tercer piso de un moderno edificio emplazado en un elegante sector de la ciudad; al asomarse, vio un extraño pájaro de patas rojas, de un rojo tan oscuro, que parecía negro; pico largo y plumaje totalmente blanco. Pasada la sorpresa, pensó en una garza, pero luego cayó en cuenta de que sus patas no eran tan largas. Con cautela lo rodeó y cerró la reja del balcón y después la puerta de acceso a la sala; dejando así prisionero al animal.
A continuación despertó a su esposa y la condujo a la puerta del balcón que, por ser de vidrio, les permitió observar a la extraña ave que quieta, parecía mirarlos con cierto interés. Calmada la curiosidad, se fueron a dormir. Estaban por conciliar el sueño, cuando escucharon como la extraña ave cantaba en el balcón, de manera lastimera.
A la mañana siguiente, mientras se afeitaba, recordó a la zancuda y antes de salir a trabajar, quiso mirarla a ver cómo estaba. Para su sorpresa -no obstante estar el balcón cerrado y no habiendo lugar por donde salir- el ave había desaparecido. Enterada su esposa del hecho, llamó a la empleada del servicio, quien aseguró que aún no había pasado por la sala en su quehacer matinal.
Estaban tratando de develar el misterio sobre la escapatoria de la extraña ave, cuando sonó el teléfono. Era una hermana de él, que llamaba desde Bogotá para avisarles que la noche anterior hacia las once, el hermano mayor había fallecido, víctima de una trombosis cerebral.
Asimilados el dolor y la sorpresa, preparó viaje para Bogotá y, después de arreglar lo pertinente en la empresa, partió y llegó esa misma tarde con el tiempo suficiente como para acompañar a su hermano muerto y acompañarse entre sí toda la familia durante la velación y el sepelio. Pasado éste, todos se reunieron en la que había sido la casa del hermano mayor, con el fin de reconfortarse mutuamente y acompañar a la familia de éste.
Al cabo de un rato de conversación, en la cual recordaron al hermano muerto y lo bueno que había sido con todos, él sacó a colación la extraña aparición de la exótica ave en el balcón de su apartamento en Cartagena.
Todos los hermanos, incluida la mayor venida desde Barranquilla, dijeron que, ¡oh sorpresa!, la rara ave había visitado a cada uno de ellos la noche anterior: a una de las hermanas se le presentó en el patio, dentro de una especie de guacal, otro de los hermanos lo encontró en el zarzo y, así sucesivamente, uno a uno narraron su propia experiencia ocurrida mientras el hermano mayor moría en la sala de cuidados intensivos de la clínica y cómo, en forma coincidente, la aparición y posterior desvanecimiento del ave habían sido igualmente asombrosos y cómo, todos habían escuchado su afligido canto en medio de la noche.
F I N