EL ÁNGEL GUARDIÁN
(Los ángeles dejan que las cosas fluyan de ellos)
Cada persona tiene su ángel
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Junio del 2003
«Dios ha dado órdenes a sus ángeles, para que te guarden en tus caminos.»
Salmo 90
La tarde, como todas las del trópico, estaba soleada; sin embargo, una suave brisa que bajaba de la Sierra Nevada refrescaba el ambiente que, sin ella, habría sido insoportable.
Una pareja de personas mayores, hombre y mujer, frisando los 55 años, se encontraban sentados en sendas sillas en la sala de espera de la terminal de transportes de Valledupar, aguardando la llamada para abordar el bus que los llevaría de regreso a Barranquilla, donde vivían.
Habían llegado la mañana del día anterior, en pos de conseguir vivienda, pues debían trasladarse a Valledupar, ya que a él le había sido otorgado un contrato de asesoría con una firma comercial de la ciudad.
En ese momento, se sentían un poco frustrados, pues no habían podido conseguir casa o apartamento que se ajustara a sus requerimientos y a su presupuesto. Por tanto, habían decidido regresar a Barranquilla esa tarde de viernes y volver después del puente festivo que se iniciaba al día siguiente.
El bus debería salir a las 4 de la tarde y ya eran las 3:30; por lo cual se aprestaban a hacerse en la fila de pasajeros que aguardaban la orden de subir.
Fue entonces cuando se les acercó una señora joven y atractiva, desconocida para ellos y, después de saludarlos, les preguntó:
– ¿Ustedes están buscando vivienda?
– Sí, respondieron al unísono.
– Pues yo sé de un apartamento muy bueno en un conjunto residencial, situado en un buen sector de la ciudad.
– Gracias. ¿Dónde queda?, dijo él.
La desconocida señora extrajo del bolso una tarjeta y se la entregó, diciendo:
– Ahí están las señas del dueño; si quieren pueden llamarlo enseguida que, de seguro, lo van a encontrar.
– Gracias, nuevamente, dijo la señora mayor.
La pareja se miró y él sugirió que bien valdría la pena tratar de hacer el contacto y, así, no perder el viaje. A ella le pareció bien y, una vez hicieron cita con el dueño del apartamento, decidieron acercarse a la taquilla de los buses para tratar de conseguir un aplazamiento en el viaje o la devolución del dinero.
Solucionado el problema, recogieron su equipaje y tomaron un taxi que los llevó al conjunto residencial donde estaba situado el apartamento. Cuando llegaron, se les acercó un señor y se les presentó como el dueño del inmueble.
A continuación subieron a conocer el apartamento, el cual les gustó, por lo que enseguida se llenaron los trámites necesarios para la firma del contrato de arrendamiento. Hecho lo cual, su nuevo casero se ofreció para llevarlos a la terminal.
Llegaron con el tiempo justo para abordar el bus de seis de la tarde. Ya instalados en sus asientos, se congratularon de su buena suerte y de lo providencial que había sido la llegada de la joven y atractiva señora que les había salvado la situación. Siguieron conversando de lo bonito que era el apartamento y de cómo iban a decorarlo y de cómo irían a disfrutar su estancia, sobre todo si se pensaba que se iban a venir a vivir solos, pues todos sus hijos ya estaban casados y, por tanto, cada uno tenía fijada su residencia en Barranquilla.
Estaban en esas, cuando ella comentó que la joven señora, así como se había presentado de improviso, así también se había esfumado sin que ninguno de los dos se diera cuenta en qué momento lo había hecho. A lo cual él le contestó que sí, que en efecto, esa señora se había desaparecido sin darles tiempo de agradecerle sus buenos oficios.
Y así siguieron conversando, hasta que el sueño y el cansancio por lo ajetreado del día los venció y se quedaron dormidos.
Más tarde, no pudieron precisar cuánto tiempo habían dormido hasta el momento en que los despertó el alboroto que hacían los demás pasajeros.
Repuestos del sobresalto, tomaron conciencia de lo que pasaba: un bus que iba en la misma dirección que el de ellos, es decir, camino de Barranquilla, había sido embestido por una tracto mula y, como producto de la colisión, se había incendiado.
El conductor y todos sus pasajeros habían muerto; solamente el ayudante se había salvado milagrosamente y, en ese momento se reponía del sobresalto; pues, hasta unos segundos antes, había estado llorando como respuesta a la impresión que le había dado ver como el bus se calcinaba con todos sus ocupantes adentro; luego contó que él había sido despedido como consecuencia del golpe de los dos vehículos, lo cual le salvó la vida.
A continuación reconoció a la pareja y les dijo:
– Ustedes iban a coger este bus, pero a última hora se arrepintieron y cancelaron el viaje, ¿se acuerdan?
– Claro que nos acordamos, dijo él mientras abrazaba a su esposa, como queriendo protegerla de algún peligro.
Entonces los demás pasajeros se les acercaron y quisieron saber cómo había sido que se habían salvado. Ellos contaron que habían viajado a Valledupar a conseguir vivienda y cómo una señora les había dado aviso de un apartamento y cómo, por ir a verlo habían tenido que cancelar el viaje en el fatídico bus de 4 de la tarde.
Estaban en esas, cuando ella vio que entre los pasajeros estaba la señora que sin querer les había salvado la vida; de inmediato avisó a su esposo y quisieron acercársele para agradecerle por partida doble, pues a ella le debían, no sólo la consecución de la vivienda, sino -y eso era lo más importante- también le debían la vida.
Por eso, pidieron permiso a sus compañeros de viaje y fueron a buscar a su salvadora; sin embargo, no fue posible encontrarla; por más que buscaron y buscaron no dieron con ella.
Consultado el conductor, éste hizo una revisión de los pasajeros y concluyó que todos estaban presentes; nadie sobraba ni nadie faltaba.
FIN