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EL ANCIANO

(La nostalgia, sin ser su patrimonio, ataca más al viejo)

 

VALLEDUPAR, COLOMBIA

 

Abril del 2008

 

“La vejez no es más que un pacto con la soledad.” Gabriel García Márquez

 

No sé por qué ha vuelto a mi memoria, en estos instantes de soledad, la historia que aquel anciano me contara una mañana de sábado cuando, al detenerme en su librería de viejo, tomé al azar un libro cuyo título me llamó la atención: “El hombre invisible”.

La historia que aquel anciano me contara -que en realidad resultó ser la suya propia- narra cómo empezó a verse menospreciado por sus nietos, su nuera y hasta por su propio hijo, en razón de sentirse ignorado por los habitantes de la casa de este último, en uno de cuyos cuartos en un principio el anciano habitara; pero que fue relegado al desván al ir creciendo la familia y en donde poco a poco su existencia iba pasando desapercibida para todos.

Por eso, un día se dijo: “¿Será que me he vuelto invisible para ellos y por eso ignoran mi presencia, mis palabras y mis gestos?”

Su dolor llegó al máximo cuando un día armaron paseo para el campo y él, presuroso y animado, se vistió y estuvo listo antes que cualquier otro habitante de la casa; sin embargo, todos se fueron sin siquiera despedirse de él, no obstante encontrarse de pie apoyado en el marco de la puerta de salida; por donde desfilaron uno a uno, su hijo, su nuera, sus nietos y hasta la empleada del servicio. Desolado huyó luego de tomar sus escasas ropas y sus libros.

Esos libros que había venido coleccionando, con esmero y dedicación desde su lejana adolescencia; vale decir sesenta años atrás.

Sus libros -en ese momento- su tesoro más preciado después de las fotos de su difunta esposa, de cuya muerte aún no había podido resarcirse. Pues todavía, en las mañanas opacas y en las tardes grises, la recordaba, la añoraba y la lloraba, a pesar de que habían transcurrido desde el día de su muerte cerca de cuatro lustros.

Pues bien, el afligido devenir de este triste anciano lo conocí de sus propios labios al calor de unos tintos, siendo yo aún joven, esa mañana sabatina en la gélida y brumosa Bogotá de comienzos de los años sesenta del siglo pasado, cuando me acerqué -como lo había venido haciendo desde hacía ya por cerca de dos años- a su puesto de librero de viejo en donde él remataba, con paciencia y sapiencia, sus hermosas colecciones literarias.

Como ya lo dije, yo me había vuelto cliente asiduo de su ventorrillo y ese sábado me había llamado la atención el libro de H. G. Wells, “El hombre invisible”, más por el título que por otra cosa. Al verme ojeando el mencionado libro, me dijo: “Ese soy yo.”

Al notar mi cara de sorpresa, me invitó a un tinto y me contó su triste historia, la que he intentado resumir, tratando de no omitir los datos más sobresalientes de la misma.

Ahora, cuando yo mismo también me siento viejo y noto que, tal vez por eso, mi presencia pasa a ratos desapercibida para algunos, quizás porque mi capacidad de oír se ha mermado un poco y el timbre de mi voz ha decaído y son muchas las conversaciones que no puedo seguir.

Y más todavía, las opiniones que emito la mayoría las desoye, si acaso me prestan atención o, lo que es peor, pareciera ser el objeto de la intemperancia de los demás, como si lo que dice o hace un anciano fuera motivo de desacuerdo, así se trate de un simple chascarrillo.

Pues bien, volviendo al día cuando conocí la triste historia de mi afligido amigo, cuyo nombre jamás supe -pues sus libros, de los cuales muchos adquirí y todavía enriquecen mi biblioteca particular, siempre los rubricó con su firma, mas jamás escribió su nombre y apellidos- siempre he pensado que se trata de una historia de ignominia, pues no es justo que después de haberse sacrificado un individuo para hacer de su hijo una persona de bien, éste termine permitiendo que su mujer y sus hijos irrespeten y maltraten al abuelo y, lo que es peor, lo consideren punto menos que trasto viejo e inservible que se puede arrumar en un desván o en el sitio donde menos estorbe o terminen por enviarlo a un asilo, donde el tedio y la soledad acaben con su existencia.

Yendo un poco más allá, me pregunto, si un padre permite que sus hijos maltraten e irrespeten a sus abuelos, ¿qué trato podrá esperar de sus nietos, cuando él mismo llegue a la ancianidad?

¿Estará preparado para el irrespeto y la falta de cariño de sus nietos, cuando llegue el momento? Y de ser así, la cadena deberá continuar y los integrantes de cada tercera generación, ¿deberán olvidarse de los padres de sus padres?

O llegará el momento en que por comodidad y funcionalidad, ¿deberá aplicarse la eutanasia a los ancianos, para así deshacerse de ellos como algo en desuso y estorboso?

Triste futuro el que le espera a una civilización que actúa así con quienes les dieron el ser a sus propios padres y formaron -acaso con sacrificios y esfuerzos denodados- el porvenir de sus malagradecidos descendientes.