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EL AMOR PUEDE SER MORTAL

(No se le tema a la muerte, recélese de los vivos)

 

No se morirá de amor, pero si por el amor

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Octubre del 2012

 

“Lo único que me duele de morir, es que no sea por amor.”

Gabriel García Márquez

 

-¡El amor puede llegar a ser algo patológico!

Dijo de pronto el comensal más viejo -un hombre octogenario, de luenga barba que, al igual que el poco cabello ralo, era totalmente blanca- al otro, que era un hombre que podría estar frisando poco menos de medio siglo.

            Estaban departiendo al calor de una copa de ron, en el cafetín de la plaza mayor, en un polvoriento pueblo de la zona costera. La tarde estaba cayendo y una suave brisa que venía del mar, refrescaba el paisaje luego de un mediodía por demás ardiente.

-¿Por qué lo dice?

-¿Alcanzó a ver el ataúd que acaba de pasar?

-Sí. Aun cuando solamente vi de reojo a dos mujeres, al final del cortejo.

-Pues bien, allí conducen el cadáver de una joven que se encontraba en la flor de la edad y, además, era la más bonita del pueblo. Se había enamorado de un marinero, que conoció en el bazar que las alumnas de último año del colegio de las monjas, celebran cada mes de octubre.

-No me irá a decir ¿que se murió de amor?

-Pues, así como lo oye. Aunque no murió exactamente de amor; pero sí murió por el amor.

-No entiendo la diferencia en su razonamiento.

-Ya le explico, primero déjeme enterarlo de los antecedentes. El enamoramiento fue  instantáneo; no más conocerlo, y él dirigirle las primeras palabras, y ya estaba ella que botaba, literalmente, la baba.

-Y, usted, ¿cómo sabe esto?

-Porque una de mis bisnietas estudiaba con ella.

-Ah. Y, entonces, ¿qué pasó?

-Pues, como le iba diciendo, la niña cayó rendida de amor y el marino, ni corto ni  perezoso, la sedujo tres noches después y, al amanecer del nuevo día, se esfumó.

            El más joven -bueno, en realidad, el menos viejo de los dos – se levantó a mirar el cortejo fúnebre. Casi de inmediato, se sentó.

-Cosa rara: sólo dos mujeres acompañan el ataúd, que va montado en una carretilla.

-Sí. La abuela y la madre; quienes -entre paréntesis le cuento- también fueron víctimas del galanteo de sendos jóvenes seductores de su respectiva época. Las monjas del colegio, el cura del pueblo, y hasta el mismo alcalde, prohibieron asistir al entierro de esta pobre joven; de ahí la parquedad de asistentes.

-¿Cómo así?

-Verdad que usted es nuevo en el pueblo; sólo lleva un año escaso viviendo aquí. Por eso desconoce el pasado y el talante de su gente, proclive a la intolerancia.

-Así es, en realidad no cumplo aún el año de haber llegado. Le preguntaba sobre la fatalidad de las mujeres de esa familia.

-Sí señor. Más aún -según alguna vez a hurtadillas oí contar en mi niñez- en esa familia sólo hubo mujeres, todas hermosas -las más hermosas de los contornos- y todas fueron madres solteras y todas, no le exagero, lo fueron luego de su primera y última seducción.

-Pero, eso suena como a una maldición.

-Bueno, si la belleza exquisita y la poca fuerza de voluntad son productos de un maleficio,  podríamos decir que sí; que esa pobres mujeres nacieron malditas.

-Y la joven recién muerta, ¿cómo falleció?

-Se suicidó colgándose, con el fajón de su uniforme, de la rama de un roble que hay en el patio de su casa.

-Pero, no entiendo; si la madre, la abuela y todas las demás ascendientes de ella, fueron  seducidas y cada una aceptó su destino, ¿por qué esta desventurada se reveló contra la vida?

-Porque las monjas, al notar su innegable estado de embarazo, la expulsaron, después de enrostrarle, delante de todo el colegio, su herencia pecadora y vergonzosa.

-Pobre niña. Pero su historia no explica su sentencia sobre lo malsano que puede ser el amor. Aun cuando, en verdad, su muerte trunca la cadena familiar de mujeres propensas a la maternidad en soltería.

-Es que el amor, por sí mismo, no es malsano; ni lo es perpetuamente, ni siempre desde el comienzo. Pero cuando se juntan las condiciones de tiempo, amor e intolerancia, la situación se torna enfermiza y, entonces, el amar se vuelve patológico y mata a quien lo experimenta con ardor, sin pararse a poner mientes a las consecuencias de una entrega rápida e irresponsable.

-Pero, entonces, esa pobre niña fue una víctima de las circunstancias.

-Sí, fue una víctima; pero no de las circunstancias, sino de la falta de una buena orientación en el hogar y de una gentil y amorosa comprensión en el colegio. Tal vez, en presencia de estas condiciones, el eslabón genético que usted mencionó hace poco, se habría podido romper, sin necesidad de llegar a extremos dolorosos y fatídicos.

-¿Sabe qué? Voy a alcanzar el cortejo y acompañaré en su dolor a esas dos hermosas dolientes y, a esa pobre víctima a su última morada.

-¡Cuidado! No tanto por las prohibiciones civiles y eclesiásticas, sino porque, usted que aún está soltero y además es apuesto y algo joven, podría prendarse de la madre de la difunta, quien todavía merece lo suyo y podría fácilmente caer rendida en sus brazos y no debe olvidar que, el amor puede llegar a ser algo patológico.

-Si mi presencia ha de causar consuelo a esa desgraciada madre y a la desventurada  abuela, bien valdría la pena correr el riesgo. Adiós.

 

F I N