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EL AMOR LLEGA CUANDO MENOS SE ESPERA

(Amar, no es una competencia; es una concordancia)

 

El Hada Fortuna sólo responde cuando no se la atosiga

 

MARACAIBO, VENEZUELA

 

Marzo del año 2012

 

“El amor verdadero hace milagros porque, él mismo es ya el mayor milagro.”

Amado Nervo

 

Cuando llegó a esa calleja, eran más de las 11 y media de una tibia noche de viernes. Entró al café cuando vio el afiche en el que se anunciaba, en menos de media hora, el espectacular baile de la pareja compuesta por Fedora y Barbarito, dos danzarines de mambo, que enloquecían a los asistentes cada noche de presentación, según rezaba el anuncio.

Desde el mismo instante en que la vio bailando, se enamoró de ella. Su porte, su elegancia en el baile, sus contorneadas piernas, su esbelto talle, su generoso busto, su hermoso cuello, sus carnosos labios, sus profundos y expresivos ojos negros, su respingada nariz,  sus pequeñas orejas que parecían cinceladas, en fin, todo en ella le encantó. Claro está, que lo que lo más le cautivó fue su mirada, cargada de nostalgia, preñada de tristeza… Cuando ella terminó de danzar un cadencioso mambo, con quien -sabría él después- era su esposo, al compás de las notas tocadas por el conjunto de planta del café concierto, no pudo contener la emoción y, al igual que el resto de los presentes, aplaudió de pie y con frenesí delirante.

A partir de esa noche, se volvió asiduo cliente del café concierto situado en una calleja del barrio de Getsemaní, en la Cartagena amurallada y colonial.

*****

Allí, en Cartagena, él había pasado su infancia y su pubertad, desde cuando su padre fuera trasladado desde Barranquilla. Cuando terminó el bachillerato, su padre lo envió a Bogotá a estudiar Contaduría Pública, para que siguiera sus pasos; ya que su progenitor había sido, desde siempre, contabilista en la única empresa donde había laborado. Cuatro años después, cuando él terminaba su octavo semestre, sus padres lo sorprendieron con el traslado definitivo a Bogotá, en razón de la jubilación del viejo.

Al terminar sus estudios universitarios, empezó a trabajar en el Departamento de Contabilidad de una floreciente empresa en la capital. Vivía con sus padres en el apartamento que adquirieran con el producto de la venta de la casa de Cartagena.

Cuando llevaba cinco años de asistente de contabilidad, fue ascendido al cargo de Contador General, al pensionarse el titular del mismo. Al año siguiente, sus padres murieron en un trágico accidente ferroviario en España, adonde habían ido de vacaciones, con el fin de conocer la primavera y sólo encontraron la muerte. Pasado el dolor, volvió a su vida habitual.

Tres años después, entró a trabajar a la empresa una hermosa joven, a quien decidió cortejar. Tras un noviazgo fugaz de apenas tres meses, se casaron, sin importar la diferencia de edades: él ya tenía treinta años y ella acababa de cumplir veinte.

Los primeros dos años fueron de felicidad; pues vivían el uno para el otro. Pareciera que en esos primeros dos años de matrimonio quisieran recrear lo que no hicieron durante el noviazgo, ya que todas las noches, iban al cine o salían a comer, al teatro o a bailar; total, como si todo lo que no se prodigaron antes de casarse, necesitaran hacerlo lo más pronto posible.

Al iniciar el tercer año de casados, él le propuso tener un hijo. Ese fue el primero entre una serie de disgustos y peleas de ocurrencia diaria. Ella decía que estaba muy joven para amarrarse a un hijo que, además, le dañaría su esbelta figura y, seguramente, así él no la querría igual. Poco importaron las protestas de su marido, ella de manera inflexible se negó a suspender las prácticas anticonceptivas que utilizaran desde el segundo mes, después de que se ennoviaran, e hicieran el amor por vez primera.

Ni los ruegos, ni los disgustos, ni la indiferencia, lograron hacerle quebrantar su decisión de no tener hijos por ahora. Entonces, él empezó a alejarse de ella; ya no salían con la misma frecuencia; peor aún, ya nunca salían. Hacer el amor, se volvió eventual para ellos. Así, la mutua querencia comenzó a enfriarse y, dado que él trabajaba en jornada continua y también por la enorme distancia que lo separaba del trabajo, ya no se esmeraba por llegar temprano en las noches, como lo hacía antes, cuando a las siete y media, a más tardar, ya estaba en casa y la encontraba lista para salir a disfrutar lo que quedaba de la noche. No, ahora llegaba a las nueve, a las diez de la noche. Las salidas sabatinas a cenar y a bailar, se fueron extinguiendo poco a poco, hasta cesar por completo.

Una tarde de jueves -cuando ya hacía tres años que las relaciones, de desapacibles se habían vuelto tirantes y de tensas habían pasado a convertirse en una indolencia abismal- él tuvo que devolverse de la oficina después de la hora del almuerzo, en razón de haber olvidado unos documentos que debía presentar al gerente financiero, para que los revisara, antes de llevarlos a la Junta Directiva.

Cuando, cerca de las tres y media de la tarde, abrió la puerta del apartamento, lo primero que escuchó fueron las risas, un tanto destempladas, que salían de la alcoba matrimonial. Intrigado, giró la manija de la puerta, la que cedió sin problema.

Si las risas destempladas lo habían sorprendido, la escena que vio lo paralizó: su esposa, medio cubierta con una sábana, dejando al descubierto un seno, acariciaba el pecho a un joven de su misma edad, a quien le producían cosquillas las caricias de su amante.

Sin decir una palabra, tomó de la mesa de noche la carpeta que había venido a buscar y salió. A las seis y media regresó y, sin dirigirle la palabra a su esposa, metió en una maleta sus pertenencias más urgentes y salió, tan silenciosamente como había llegado. Poco le importaron las palabras de ella, pidiéndole que la escuchara, que por favor la perdonara, que eso no volvería suceder…

Salió, se subió al automóvil y se dirigió al aeropuerto, con el tiempo justo para abordar el último vuelo hacia Cartagena. Mientras cruzaba el país, recordó su apresurada renuncia, las explicaciones al gerente financiero, la petición para que le aprobara la liquidación del sueldo parcial por lo transcurrido del mes, sus prestaciones sociales y el giro del cheque correspondiente y la reservación del pasaje en la aerolínea.

*****

Ese, su pasado de los últimos veinte años, lo rememoró esa noche, cuando conoció a la bailarina de los ojos negros, profundos, nostálgicos y tristes, mientras esperaba que el sueño lo dominara en la pensión donde vivía desde cuándo -seis meses antes- regresara a Cartagena.

La noche siguiente volvió al café concierto; como llegó más temprano que el día anterior, pudo apreciar desde el principio el espectáculo: un conjunto compuesto por un piano, un bongó, una trompeta, un contrabajo, un saxofón y el cantante que tocaba las maracas. Todas las interpretaciones correspondieron a mambos de la época de Dámaso Pérez Prado y, aunque se echaba de menos la presencia del gran director, en verdad la música que tocaban se dejaba oír y muchas parejas aprovechaban para bailar. Eran tres tandas de a tres mambos cada una, alternadas por las correspondientes a un trío de guitarras que interpretaba boleros de la época de Los Panchos. También el trío lo hacía bien, aunque sin la finura del original.

Hacia media noche, vino el número principal: la bailarina de los ojos negros, profundos, nostálgicos y tristes, y su avejentado parejo. Cuando la vio salir al escenario, mientras los asistentes de pie enmudecían, él sintió que la emoción le atenazaba el pecho, la respiración se le entrecortaba y la turbación le hacía latir el corazón más de prisa.

Cuando el conjunto hizo sonar el primer acorde de “El mambo número cien”, todos los presentes tomaron asiento y él con ellos. La danza fluía y la pareja de bailarines hacían los pases de rigor con un acompasamiento admirable. El rojo traje de ella, que  lucía aberturas, dejaba entrever las piernas poniéndole un toque erótico al espectáculo. En algún momento a él le pareció que ella le devolvía la mirada abrasadora con la que él la envolvía. Y como quiera que él, por haber llegado entre los primeros, hubiera logrado obtener una buena mesa próxima al escenario, pudo observarle con dedicación cada detalle, no sólo del baile sino también de su hermosísima silueta. Eso le permitió fijar en su mente su figura, la cual pudo evocar en su alcoba esa noche y las sucesivas de la semana siguiente, hasta el viernes cuando ella volvería a bailar.

De ahí en adelante, todos los viernes y sábados -pues entre semana sólo actuaban  el conjunto de mambos y el trío- él fue asiduo cliente del café concierto situado en una calleja del barrio de Getsemaní, en la Cartagena amurallada y colonial.

*****

El tiempo pasó; un viernes, más o menos a los dos meses de estar asistiendo a las veladas, decidió, al terminar la pareja su baile, invitarlos a una copa con el fin de felicitarlos por el espléndido show que presentaban. Cuando él vio que solamente ella venía de los camerinos hacia su mesa, la alegría casi lo delata, pues aún sonreía de placer al verla llegar sola, cuando ella le tendía la mano derecha a guisa de saludo. Él se apresuró a besársela y luego le corrió la silla y se la acomodó cuando ella se sentó.

-No es usual que aceptemos invitaciones de los clientes, le dijo ella. Y enseguida  agregó:

-Esta vez he hecho una excepción, porque desde hace varias semanas lo veo ocupar la misma mesa cada viernes y sábado; así como también aplaudir frenéticamente cada una de nuestras actuaciones. Vine sola, porque mi esposo, después de cada baile, queda extenuado. Más aún, siempre, luego de que él reposa un rato, nos vamos para nuestra casa, que está cerca de aquí.

Mientras ella hablaba, él no le quitó un instante la vista de sus ojos. Hasta que ella le dijo:

-Perdone la pregunta, ¿le pasa algo? ¿Por qué me mira así? Como si estuviera alelado.

-Más bien, perdóneme usted, dijo él, pero al mirarla más de cerca, compruebo mejor su radiante belleza. Espero no ofenderla con mi apreciación; pero, en verdad, en toda mi vida no había conocido una mujer más hermosa que usted. Y antes de que me despida con cajas destempladas, déjeme agradecerle que haya aceptado mi invitación.

-No se preocupe, le respondió ella, yo ya lo había observado cada noche en que bailo con mi esposo y me había dado cuenta de la admiración que le inspira nuestra presentación. Claro está que yo pensaba que se debía al baile y no a la bailarina.

-A ambos o, mejor, a los tres; porque su esposo, pese a su edad, es un magnífico bailarín.

-Él es un veterano bailador; fue mi instructor y mi guía. A él le debo lo que soy; no sólo como bailarina, sino como mujer y como persona.

-Bueno, mi intención era brindar con ambos por el espectáculo tan precioso que ofrecen; pero ahora que usted ha venido sola, le presento mis excusas por adelantado, ya que no puedo dejar de admirar su belleza y de cómo me ha cautivado. En realidad, desde el día cuando la conocí, no me he perdido una sola de sus presentaciones. Y tanto me ha gustado que la mayoría de las veces hago abstracción del baile y de su esposo, para concentrar toda mi atención en usted, en sus hermosos ojos, su lindo rostro, su esbelto talle, y no sigo, porque podría llegar a ser impertinente y, lo último que deseo, es espantarla.

-No se preocupe que usted no es el primero en admirarme, pero yo siempre he sabido mantener a raya a los donjuanes que no faltan.

-Nuevamente le pido perdón; pero no me malinterprete; mi intención no es la de filtrear con usted; mi actitud es únicamente de admiración. Porque tenga la seguridad de que yo sería el hombre más feliz del mundo, si me permitiera ser su amigo. Sin embargo, y aunque su rechazo me haga más desdichado de lo que era antes de conocerla, sabré entender su posición.

-Veo que usted es un individuo fácil de palabra y eso solamente se da en las personas cultas y educadas, a quienes es difícil rechazar. Sobre todo de parte mía, porque aunque sólo soy una bailarina de música popular, me gusta culturizarme y eso únicamente se consigue leyendo y frecuentando personas cultas y educadas como usted.

-Eso quiere decir, ¿que acepta mi amistad y me va a brindar la suya?

-Sí.

-Entonces, pidamos algo de licor para brindar por este sol radiante que ha vuelto a iluminar mi triste vida.

-Es la segunda vez que alude, en el mismo minuto, a su fatalidad en la vida. ¿Por qué?

-Porque, en realidad, la felicidad me ha sido esquiva. Las pocas veces que he creído encontrarla, al poco tiempo se esfuma, dejándome sumido en la tristeza. Ojalá, algún día tenga la oportunidad de contarle mis infortunios; no para que me compadezca, sino para que me comprenda y, quizás, llegue a quererme un poquito.

-Por favor, no nos adelantemos a los acontecimientos; mejor dejemos que el tiempo vaya dejando conocernos y así, poco a poco, él decida qué debemos hacer y qué nos está prohibido.

-Será como usted diga.

A continuación, él llamó al mesero y encargó un vermut para ella y un whisky para él. Brindaron, conversaron otro poco y se despidieron con un apretón de manos y un beso que él depositó en su desnuda diestra. Cuando alzó la vista, ella sonreía.

-Hasta mañana, dijo ella.

-Hasta mañana, le respondió él.

Al día siguiente, sábado, él llegó el primero y se situó en la mesa de siempre. Esperó pacientemente hasta que fuera medianoche y la hermosa bailarina y su esposo hicieran su aparición y bailaran -majestuosamente como siempre- el mambo “Lupita”. Como era ya costumbre, el público aplaudió frenéticamente. Él volvió a cursar su invitación a la pareja, para degustar un trago que les permitiera despedir la semana y esperar con optimismo la siguiente.

Nuevamente, ella se presentó sola. Cuando la vio venir se congratuló, porque parecía que la diosa fortuna, por fin, le sonreiría. Luego de acomodarle su silla para que se sentara, después del beso en la mano, ordenó las bebidas.

-Antes de felicitarla por su baile de esta noche, que cada día me gusta más, déjeme agradecerle haber aceptado nuevamente mi invitación y, si le he de ser sincero, también debo agradecer a Dios por permitirle venir sola, sin su esposo; pues así puedo hablarle sin tanta timidez.

-Primero saquemos a Dios de este paseo, pues no creo que Él vaya a intervenir en asuntos en donde un hombre -no sé si libre o comprometido- pretende enamorar a una mujer casada. En segundo lugar, he aceptado venir, porque me gusta su charla, la seguridad con la que dice las cosas, aparte de que sabe decirlas de una manera muy hermosa. Fíjese, nada más, como logró involucrar a Dios en sus, tal vez, malsanas intenciones. Y, por último, lo de su timidez, no se lo creo.

-Todo eso que dijo, me hace enamorar más y más de usted; porque no se anda por las ramas para decir lo que piensa.

-¿Sí se está oyendo lo que dice? Ya está hablando de amor y anoche sólo hablaba de amistad.

-Es que al verla nuevamente tan cerca, me parece que la conociera desde siempre. Además, no lo puedo negar, su presencia me perturba.

-Otra vez tengo que pedirle cordura y paciencia. Mire, me habla de sentimientos y ni siquiera sabemos nuestros nombres.

-Pues yo me llamo Esteban y sé que usted es la hermosísima Fedora.

-Ya lo ve, mi querido Esteban; Fedora es mi nombre artístico. El verdadero es Anastasia. Y no se vaya a reír, porque soy capaz de levantarme de la mesa y no volver a dirigirle la palabra.

-¿Cómo puede pensar que me vaya a reír de su nombre? Así éste fuera Pancracia, su belleza lo haría el más hermoso y el más sonoro entre todos. Y esto no quiere decir que Anastasia sea un nombre feo. Es nombre de princesas y, en este caso, lo lleva la reina más linda de toda la historia del mundo.

-Si sigue hablando así, me va a hacer ruborizar o me va a hacer envanecer; cosa que detesto en grado máximo. La sencillez, es para mí, la más grande de todas las virtudes.

-Para mí también.

Siguieron conversando sobre lo difícil que era abrirse paso en la vida; de cómo la envidia, el egoísmo y la codicia, llevaban a la gente a una situación de lucha inmisericorde, en la cual, casi siempre, ganan los más bribones y no los mejores y, al respecto, cada uno citó variados ejemplos. Al final, viendo que ella ya estaba consultando el reloj, le preguntó si era posible verla entre semana y en otro lugar diferente al café concierto.

-¿No será muy apresurado hacerlo?, dijo ella, mientras esbozaba una cándida sonrisa.

-Hace unos minutos le dije que me parecía conocerla desde siempre; entonces, hagamos cuenta de que es así en verdad y obviemos el paso del tiempo que, con seguridad, no va a añadir ni a quitar nada de lo que siento por usted, querida Anastasia. Salvo que hará más ferviente y ardoroso este amor que ya estoy sintiendo por usted.

-Hace un rato, me dijo que era tímido. Le insisto en que sus últimas palabras desmienten lo primero.

-No olvide, mi querida Anastasia, que el amor es capaz de vencer las barreras más escarpadas e inhóspitas que se le presenten a los enamorados.

-Usted debe ser poeta.

-Por usted, hasta escultor me volvería. Pero, no ha respondido a mi deseo de volver a encontrarnos fuera de la vista de curiosos.

-Eso suena casi a un encuentro muy íntimo, casi clandestino.

-Lo cual me haría el hombre más feliz del universo en todos los tiempos.

-Anote el número del teléfono de mi casa. Llámeme el lunes hacia las cuatro de la tarde, cuando mi esposo y yo hemos terminado nuestro ensayo diario y, así, podremos hablar con más calma. Pero, le advierto, solamente hablar y por teléfono.

-Ya empiezo a columbrar la esquiva dicha, que parece sonreírme.

-Esto es sólo una promesa de conversación telefónica.

-Para mí, es suficiente por ahora.

-Hasta el lunes, Esteban.

-Hasta el lunes, Anastasia.

-Por favor, dígame Fedora.

-Mientras logro poder decirle mi amor, le seguiré diciendo Anastasia; máxime cuando presiento que el único que le dice así, soy yo.

-Como quiera. Adiós.

Se levantó tan rápido que él no alcanzó a ayudarle a correr la silla, ni a darle un beso de despedida. No obstante, él alcanzó a ver algo que parecía rubor en sus mejillas.

Así, feliz porque creyó ver algo de esperanza en las palabras de Anastasia, Esteban se fue para la pensión donde vivía.

La última vez que vio el reloj, antes de dormirse, eran las tres y cuarto de la madrugada. El sueño, merced a los pensamientos sobre Anastasia, le estaba siendo esquivo.

El domingo fue a la playa; algo que no hacía desde su pubertad, cuando aún vivían sus padres. Después, en la noche, pasó por el sector de Getsemaní, para ver si encontraba algún rastro de su amada; pero el café concierto estaba cerrado, y las calles habitadas del barrio lucían desiertas.

*****

El lunes, cuando fue a la peluquería y tomó el periódico local para leerlo, lo primero que lo sorprendió fue el aviso en la parte inferior derecha de la primera página: “Ha muerto Don José Del Carmen Bustillo, conocido en el mundo artístico como ‘Barbarito’. Su esposa y compañera de baile, la Señora Anastasia Domínguez, invita a la velación en la funeraria Central y a las exequias que se celebrarán mañana martes, a las tres de la tarde, en la Iglesia de la Santísima Trinidad del barrio de Getsemaní. Gracias por su asistencia.”

En una página interior, la de las notas necrológicas, informaban que el deceso del veterano bailarín había sido causado por un infarto fulminante, mientras dormía. También hacían alusión a la pesadumbre que embargaba a la viuda, y referían cómo él, hacía diez  años, la había recogido cuando la violencia la dejó huérfana a la edad de quince.  Contaban que no sólo le enseñó al arte de Terpsícore, sino que además, la hizo su esposa, y la protegió y la mimó, más que como un esposo, como un padre.

Esteban no salía del asombro. Primero, la charla telefónica pactada con Anastasia no se podría llevar a cabo. Segundo, acababa de enterarse de que José había sido el compañero de baile y como un padre para Anastasio, más que un esposo. Eso explicaba la libertad que había tenido para conversar con él la semana pasada. Luego, pensó, cuando pase el luto, podré cortejarla sin problemas, pues ya es una mujer libre; si es que alguna vez no lo fue.

Con estos pensamientos en mente, se devolvió para la pensión, se vistió decentemente y se encaminó para la funeraria. Cuando llegó, estaban organizando la sala de velación. Allí pudo distinguir a los músicos del conjunto de mambo, a los miembros del trío, al dueño del café concierto, al barman y a unas señoras que, pensó él, serían las esposas de los artistas y del personal del establecimiento musical, dado lo cerca que cada una de ellas se encontraba de algunos de los ya citados. Otro grupo de señoras y señores que se encontraban aparte, a la entrada de la funeraria, tal vez serían los vecinos del difunto y su viuda.

Entonces, se dio cuenta de que Anastasia no estaba. Ya preocupado, iba a preguntar a uno de los músicos, cuando vio cómo, los que él suponía eran los vecinos y vecinas, le abrían paso, mientras le daban palmaditas de consideración en la espalda. No más verla venir en ese traje negro, que parecía haber sido diseñado sólo para ella, no pudo contener el ramalazo de pasión que azotó su corazón.

Cuando la tuvo enfrente, la abrazó como si fueran amigos de toda la vida, le besó la mejilla derecha y le expresó, con palabras estudiadas de antemano, sus más sinceras condolencias. Ella se dejó estrechar en los brazos de él, como si estos fueran la única fuente de consuelo y le devolvió con suavidad el amoroso beso que él le diera.

Luego, como es lo usual en la costa caribe, las señoras se sentaron cerca al féretro y los señores afuera de la sala de velación, en bancas y sillas dispuestas para tal efecto.

Al día siguiente, martes, el párroco de la Iglesia de la Trinidad celebró la misa y, al final, los amigos y vecinos se turnaron para conducir el ataúd hasta el cementerio de Manga.

Desde el mismo instante en que el catafalco fue introducido en la fosa, él no se separó de ella. La acompañó a la salida del cementerio, la condujo en taxi hasta su casa y, para evitar suspicacias en las vecinas, con un apretón de manos se despidió en la puerta, quedando en llamarla esa noche para conversar con ella y confortarla.

Durante todas las cuatro o cinco semanas siguientes, le telefoneó cada día, en la mañana, en la tarde y al anochecer; siempre para consolarla, animarla, darle voces de aliento y siempre para brindarle toda la ayuda que ella necesitara. Al despedirse, luego de media hora de conversación, él se despedía con la misma o parecida fórmula.

-No dude en llamarme si llega a encontrarse en algún aprieto de cualquier índole; no olvide jamás que soy su incondicional y desinteresado amigo.

A esta frase, que no por rutinaria era menos sincera, ella siempre le respondía:

-Gracias. Lo tendré en cuenta.

A los dos meses del fallecimiento de José, ella volvió al café concierto. Sin embargo, el propietario administrador le dijo que ella sola no podría hacer el mismo show que hacía con su esposo. Que lo lamentaba, pero que no había trabajo para ella, porque ya había conseguido otra pareja de baile, no tan buena como lo habían sido ellos, pero que le permitía continuar con el show. Que, además, no le adeudaba un peso, pues los costos del sepelio habían corrido por su cuenta y éstos habían excedido lo que les debía  cuando falleció José.

Desilusionada, regresó a su casa, para encontrarse con la noticia de que sólo disponía de ocho días para entregar el inmueble, pues éste era alquilado y al morir José, sus compañeros de trabajo habían pagado dos meses de arriendo por adelantado y no habían vuelto a aparecer por allí.

Desesperada y no queriendo abusar de sus vecinos, llamó a Esteban. Cuando en la pensión le avisaron que tenía una llamada en la administración y sabiendo que solamente a ella le había suministrado ese número, voló al teléfono a contestar.

-Aló, ¿Anastasia?

-Sí, Esteban, soy yo. Necesito hablar con usted.

-Dígame en qué puedo servirle.

-¿Dónde podemos encontrarnos?

-¿Quiere que vaya a su casa?

-¡No! Si quiere, voy a su pensión.

-Bueno, anote la dirección.

Media hora después, Esteban que se había apostado en la puerta de la pensión, la vio llegar en un taxi. Presuroso, la ayudó a bajar y la invitó a subir a su habitación. En pocas palabras, Anastasia lo puso al tanto de su grave situación. De inmediato, él le ofreció que compartieran la habitación. Ante la mirada de asombro de ella, se apresuró a aclararle:

-No se preocupe, que usted dormiría en la cama y yo en el sofá. Puede estar tranquila que yo soy un caballero y jamás me aprovecharé de su necesidad y no se ofusque, que mientras vivamos esta situación, yo acallaré mis sentimientos. En cuanto al valor del hospedaje, previendo esta situación, por el tono de su voz cuando me llamó, ya  arreglé con la dueña.

Ella le tomó las manos, le dio las gracias y le preguntó cuándo podía traer sus pertenencias.

-Si quiere, vamos ahora mismo por ellas.

-¡No! Todos en el barrio dirían que ya me olvidé de José y que le puse reemplazo, cuando aún su cuerpo no se ha desintegrado. Yo voy y traigo mis pocos trebejos.

-Bien, aquí la espero. 

Una hora después, cuando ya el sol empezaba a ocultarse, llegó Anastasia en un pequeño camión en donde traía sus escasos bártulos. Esteban subió las dos maletas, y los tres baúles fueron acomodados en un pequeño cuarto de san Alejo que la dueña le arrendara a bajo precio.

Anastasia acomodó su ropa en el armario, junto con la de Esteban y luego bajaron a cenar. En la pensión, donde ninguno de los comensales conocía a Anastasia, muchos pensaron que era la recién llegada esposa de Esteban.

Así empezó a discurrir la vida de estas dos personas que, aunque dormían en la misma alcoba y sabían de sus mutuos sentimientos, sin embargo no hacían vida marital, no obstante todos los de la pensión así lo creyeran.

Pasó un año y la situación seguía igual; lo único nuevo era que los ahorros de Esteban se agotaban; pues al fin y al cabo, había transcurrido un poco más de año y medio desde cuando él renunciara a su cargo en Bogotá y regresara a Cartagena y, desde entonces, no había vuelto a devengar un solo peso.

La solución estaba en viajar a Bogotá, vender la casa que heredara de sus padres y que estaría disfrutando, sin merecerlo, la que fuera su esposa. Para ese entonces, ya Anastasia estaba enterada del pasado de Esteban; aun cuando él ignoraba la mayor parte del de ella; salvo lo que quiso contarle y lo que el periódico local publicara el día del fallecimiento de José; es decir, lo relativo a la protección que éste le brindara a ella, cuando aún era una jovencita inexperta, casi una niña. Esa discreción de él, había sido otra muestra de su madurez y de su caballerosidad. Esta actitud de Esteban hacía crecer el respeto de ella hacia él; a ratos, analizaba su vida y notaba que ya lo quería.

Esteban viajó a Bogotá, se presentó donde su ex mujer, a la que encontró viviendo con el amante que le conociera cuando descubrió su engaño. Rápidamente y sin ninguna alteración la conminó a desalojar la casa, pues la iba a vender. Le dio ocho días para desocupar y, mientras tanto, buscó comprador. A las dos semanas, ya estaba corriendo escrituras al nuevo dueño y, al día siguiente, regresó a Cartagena con la mitad de los millones que le reportó la venta de la casa; pues la otra mitad se la entregó a su ex mujer, tal como convinieran el día en que le habló de la venta.

*****

Cuando Esteban llegó a la pensión con su cuenta bancaria reforzada con casi doscientos millones de pesos, le ofreció matrimonio civil a Anastasia. Ella aceptó. La boda se celebró ocho días después y se fueron para Panamá a disfrutar de su luna de miel.

Esteban se sentía el hombre más feliz del mundo. Por fin hacía suya a la mujer a la que adoraba desde el mismo día en que la conoció. Ella había aprendido a quererlo al conocer su nobleza de alma. Para ella, Esteban era casi como otro José: un hombre mayor que la amaba, la protegía, la mimaba, le evitaba disgustos, en fin la malcriaba.

Cuando regresaron de la luna de miel en Panamá, alquilaron un apartamento en el barrio de Manga y se dedicaron a vivir cómodamente, él amándola, consintiéndola; ella aceptando sus caricias y dejándose querer; pues ella muy bien sabía que no lo amaba como él la amaba, aunque tal vez algún día lograra hacerlo.

El amor de Esteban por Anastasia era tan grande que no le permitía ver que no era correspondido de la misma manera. Ella lo respetaba, no se fijaba en otros hombres, pese a que no faltaban quienes le hicieran requiebros: los nuevos vecinos jóvenes de la calle donde vivían, el socio con el que Esteban estaba invirtiendo parte de su capital y uno que otro individuo que conocieran en las reuniones a las que asistían, en razón de los negocios en que Esteban y su socio participaban o estaban deseosos de invertir.

Pero, como dice el adagio, “tanto va el cántaro al agua, hasta que por fin se rompe”, llegó la ocasión en la cual Anastasia pusiera atención a los requiebros amorosos del hijo mayor del segundo socio de Esteban, al pensar que se trataba de una simple conversación social, sin mayores consecuencias.

Todo empezó la noche en que este nuevo socio hizo una reunión en su casa, con el fin de celebrar la unión comercial. La esposa de este industrial acaparó a Esteban, ya que ella había vivido su juventud en Bogotá y quiso recordar sitios y acontecimientos. El hijo de los anfitriones se dio cuenta de la oportunidad de oro que se le presentaba de poder departir con esa hermosa mujer de ojos de mirar profundo y cuerpo de diosa y no desaprovechó la ocasión. Con una copa de champán en cada mano, se acercó obsecuente donde se encontraba Anastasia observando algunas de las obras de arte que el dueño de casa exhibía en uno de los corredores del primer piso.

El hielo lo rompió con una sonrisa francota y el ofrecimiento de la copa de champaña. Ella sonrió y la aceptó. Pronto estaban hablando animadamente, sobre todo cuando ella supo que él era el hijo del nuevo socio de su marido. La conversación derivó hacia el arte, en el cual el joven era versado y, al cabo de unos minutos, ya estaban en franca camaradería; al fin y al cabo, eran contemporáneos.

Cuando llegó la medianoche, Esteban y Anastasia, el otro socio de Esteban y su esposa  se retiraron. El nuevo socio, su esposa y su hijo, los despidieron con muestras de afecto; sobre todo el hijo, quien se prendó de la belleza de Anastasia que, a sus casi veintisiete años, seguía conservando la lozanía de una mujer más joven; su belleza no menguaba, pareciera que el amor que Esteban le prodigaba, sus mimos, su adoración, la hacían cada día más hermosa. Mientras que a su esposo los golpes de la vida, lo habían avejentado rápidamente, pese a sus apenas cuarenta años. No obstante la compañía de su joven esposa lo hiciera sentir el hombre más feliz del mundo; sobre todo si se piensa que él ignoraba la falta de correspondencia a su amor por parte de Anastasia y, más aún, el pequeño flirt que Adrián, el hijo del nuevo socio,  pretendía iniciar con su esposa.

Al día siguiente, cuando Esteban había salido a reunirse con sus socios, con el fin de discutir una inversión, Anastasia se sorprendió cuando sonó el teléfono hacia las cuatro de la tarde. Esteban rara vez llamaba cuando estaba por fuera de la casa. Sin embargo, se acercó al aparato y contestó:

-Aló. A sus órdenes.

-¿Anastasia?

-Sí. ¿Quién llama?

-Pero, ¿cómo es posible que en sólo doce horas se haya olvidado de mi voz?

-Perdón, pero no logro distinguir la voz del presuntuoso que cree que su voz es única y, por eso, inolvidable.

-Anastasia hermosa, soy yo, Adrián.

-Ah. Perdone, pero no le reconocí la voz.

-Ya me di cuenta. Pero no importa; con tal de volver a oír su hermosa voz, uno arrostra cualquier desaire u ofensa.

-Y, ¿cómo consiguió mi número telefónico?

-Cuando uno se enamora de una bella mujer, es capaz de vencer las barreras más escarpadas e inhóspitas que se le presenten.

-Yo ya oí esas mismas palabras. El hombre que me las dijo, logró que yo pensara en un mejor futuro lleno de amor y de esperanzas; sin embargo, eso no ha llegado.

-Porque el afortunado que logró inspirarse para hacerle entrever el amor y la esperanza, no supo seguir escarpando montañas ni salvar obstáculos.

-Se equivoca. Quien me dijo eso, es Esteban, cuando mi primer esposo aún vivía. Pero las circunstancias de la vida precipitaron los acontecimientos y las esperanzas se disiparon y el amor no llegó como yo esperaba, a pesar de ser Esteban el mejor hombre que yo haya conocido.

-Sus palabras me entristecen, porque me dejan entrever que usted no es feliz en su matrimonio. Pero, a la vez, me alegran; porque me permiten alimentar esperanzas sobre mi condición de salvador, para rescatarla de la monotonía y hacerla sentir el verdadero amor.

-No siga, por favor. Esta conversación es peligrosa. Más aún, para mí como mujer casada, está vedada. Lo único que deseo saber ahora, es cómo consiguió mi número telefónico. Pues le hice la pregunta y usted se fue por las ramas.

-Si para usted es tan insignificante mi admiración, si la adoración que ya siento la considera algo trivial, yo me encargaré de vencer esa frialdad. Por ahora, voy a satisfacer su curiosidad: como quería comunicarme con usted y anoche no me dio su teléfono, esta mañana temprano, mientras mi padre se afeitaba, busqué en su agenda y encontré el número de su esposo. Porque no olvide, estoy enamorándome de usted y no descansaré hasta hacerla mía y conseguir que me ame, como yo terminaré por amarla.

-¿Sabe una cosa? Voy a colgar y, por favor, no vuelva a llamarme. Adiós y para siempre.

Diciendo esto, Anastasia colgó el auricular. Sin embargo, se sentía turbada, porque Adrián le había gustado; pero Esteban no merecía que lo traicionara, ni siquiera con el pensamiento; por eso, para evitar tentaciones, era mejor cortar de raíz cualquier posibilidad de ofenderlo; sobre todo porque él ya conocía  la traición y no merecía volver a ser engañado. Así que ella se sacrificaría y no permitiría que nada ni nadie la llevara a serle infiel a un hombre tan bueno y tan noble como su esposo.

Estaba en esas cavilaciones juiciosas y sensatas, cuando el teléfono volvió a repicar. El timbre la sobresaltó y, pensando que era otra vez Adrián, lo dejó repicar. Cuando quien llamaba se cansó de no obtener respuesta, el aparato enmudeció. Empero, al cabo de cinco minutos volvió a sonar. Nuevamente lo dejó sonar hasta que por sí mismo calló. Como quiera que la secuencia se repitió, cinco veces más, resolvió desconectarlo.

Esa noche, cuando Esteban llegó hacia las nueve de la noche, con señas de haber ingerido algunas copas, ella le preguntó qué negocio nuevo había cerrado. Él le contó que, junto con sus socios, había hecho una buena inversión en finca raíz. Que había tratado de comunicarse con ella hacia las cinco de la tarde, para decirle si quería ir a celebrar con sus socios y las esposas de ellos. Pero como el teléfono repicó y repicó y nadie contestaba, él no insistió más.

-Se dañaría, dijo ella.

-Vamos a revisarlo, le sugirió él.

Cuando se acercó al aparato, éste estaba mudo. Revisó la conexión y encontró que había sido desenchufado. Así se lo hizo saber a ella, que de inmediato aventuró una explicación:

-Sería Lilia que, al limpiar, lo desconectó sin culpa.

Él se agachó, tomó el enchufe y lo insertó en la fuente. Hecho esto, comprobó que hubiera línea.

Media hora después, Esteban dormía plácidamente cuando el teléfono sonó.

-Aló, ¿quién es?

-Mi amor, Anastasia, soy yo.

Anastasia no esperó a oír más y colgó. Cuando, dos minutos después, volvió a sonar, lo desconectó. Cuando llegó el nuevo día, mientras Esteban estaba en el baño, ella restableció el servicio.

A media mañana, volvió Adrián a importunarla con una nueva llamada. Ella decidió encararlo.

-Le pido que, por favor, no vuelva a llamarme. No; no le pido el favor, le exijo que deje de molestarme. Porque, de lo contrario, tendré que decirle a Esteban, para que él intervenga.

-Acaso, ¿no se da cuenta de que si su marido me hace algún reclamo, tendré que decirle que usted no lo ama; que la primera vez que hablamos, usted misma me alentó a cortejarla, cuando me habló de sus esperanzas truncas, de la falta de amor en usted hacia él?

-O sea que usted, además de fatuo, ¿es ruin?

-Vea, Anastasia, yo con tal de hacerla mía, soy capaz hasta de matar.

-Pues tendrá que empezar por matarme a mí; porque yo, con tal de detener su osadía y sus pretensiones, haré hasta lo imposible.

-Vamos a hacer una cosa. Dejemos por hoy sus protestas de honor y encontrémonos mañana, en algún lugar discreto, y conversamos y vemos cómo limamos estas asperezas que sólo consiguen que nos ofendamos.

-Aquí la única ofendida soy yo, pues usted pretende, basado en una confidencia que en mala hora le hice, maltratar mi honra, mancillar mi honor. Y, cuando ve que no puede alcanzar su malsano propósito, entonces pretende chantajearme. Así que olvídese de citas a escondidas que sólo conseguirían perderme. Adiós y, ya lo sabe, no vuelva a llamarme, porque todo será inútil.

-¿Y qué pasaría si consigo la dirección de su casa y, cuando esté sola, llego a visitarla?

-Pues que tendría que hablar con su papá y su mamá, para que lo metan en cintura.

-Es que, acaso, ¿yo soy un niño al que sus padres aún gobiernan?

-Entonces, seré yo quien tome la decisión y lo denuncie a la policía, por acosador.

-Ya veremos. Por lo pronto, adiós.

Anastasia pasó toda la mañana pensando en cómo salir del problema en que, por boqui suelta, se había metido. Y por más que le daba vueltas, no le encontraba solución. Seguía en la misma noria, cuando Esteban llegó a almorzar. Él, de inmediato, se dio cuenta de que algo la preocupaba. Solícito, le preguntó:

-¿Qué tienes mi amor? Veo que algo te preocupa.

– No es nada; solamente un poco de dolor de cabeza, que me ha martirizado toda la mañana. Ya tomé un analgésico y no me sirvió.

-¿Qué podrá ser? ¿Dormiste mal?

-Sí, eso fue; pasé mala noche.

-Si quieres, salimos esta tarde, podemos ir al cine.

-Sí, me parece buena idea. Pero, me preocupa tu trabajo.

-Déjame hacer una llamada, para trasladar una cita de las cinco de hoy, para mañana a la misma hora.

Así que, después de almuerzo, descansaron un poco y luego se fueron a cine. Sin embargo, la película no lograba distraerla de su preocupación; algunas escenas la entretenían, para luego volver a martillar su cerebro. Al final de la obra, la protagonista envenena a su enemiga, suministrándole pequeñas dosis de un tóxico que la consume poco a poco. La escena la distrajo -a pesar de que a la homicida la capturan- y la tranquilizó algo; así que, cuando salieron de la sala de cine, iba un poco más calmada.

Sin embargo, al día siguiente cuando a media tarde Esteban salió para cumplir la cita postergada el día anterior, la aprensión volvió a hacer mella en Anastasia. Le preocupaba la actitud testaruda de Adrián, al pretender lo que ella no estaba dispuesta a conceder: que por un rato de placer -prohibido además- traicionara a Esteban, a quien tal vez no amara como él la amaba y era digno de ser amado y, por encima de todo, no merecía una felonía.

Más aún, el día que conoció a Adrián, éste le agradó, no solamente su porte, sino también su agradable conversación; pero la actitud truhanesca que él adoptara, cuando ella lo rechazó, la desilusionó totalmente y después la atemorizó; no porque él pudiera avasallarla, sino por la duda que sembraría en el corazón de su esposo, el cual ya sabía lo que era el puñal de la perfidia y, aunque ella lograra jurarle fidelidad, la incertidumbre siempre se apostaría en medio de ellos, manchando la tranquilidad de ambos y la felicidad de él y, bueno, también la de ella; porque aunque el amor no tuviera la misma intensidad en ella como en él, Anastasia sabía que la adoración, la protección y los mimos que Esteban le prodigaba, eran razones suficientes para ser feliz..

Después de haber estado cavilando en todo esto durante un buen rato, tomó una decisión: esperaría la llamada de Adrián y le rogaría, si fuera necesario, que por su propia madre, respetara su virtud y no la acosara más y se olvidara de ella; que el mundo estaba lleno de lindas y buenas mujeres y cualquiera de ellas podría complacerlo y hacerlo feliz.

Serían cerca de las seis de la tarde, cuando el teléfono repiqueteó. A pesar de haber estado esperando la llamada, su timbre la asustó, pues aún no estaba segura de ser lo suficientemente convincente para persuadir a Adrián de que, de una buena vez,  la dejara en paz.

-Aló, a la orden.

-Bella Anastasia, soy yo, su ardoroso admirador, que sueña ya con ser su amante.

-Por favor, Adrián, le pido que me escuche atentamente sin interrumpirme, porque lo que tengo que decirle es muy importante para mi felicidad.

A continuación, le fue desgranando uno a uno los argumentos que había desarrollado en la tarde, con el fin de que la dejara quieta y se olvidara de ella. Adrián la dejó hablar. Cuando ella paró, tal vez para tomar aire, él le dijo:

-¿Ya terminó? Porque nada de lo que dijo me convence. Pero, para que vea que yo soy amplio, la invito a que nos encontremos solos los dos, en un sitio apartado, donde podamos conversar; si quiere, puede repetir todas las proposiciones que acaba de explicarme y le prometo, que si logra persuadirme, me alejaré para siempre de su vista y de su vida.

Anastasia se quedó un momento pensando en lo que acababa de oír y, entonces, habló, sin saber si estaba metiéndose en la boca del lobo o, por el contrario, saldría del problema en que solamente ella se había metido; porque, sin darse cuenta, le había dado alas, no a una bella mariposa, sino a un insecto de lo más perjudicial, a un bicho molesto y dañino. Cuando hubo ordenado sus pensamientos, habló tratando de dar a su voz una presencia de ánimo que ya la había abandonado, pues la propuesta de este individuo -a quien ya le había cogido ojeriza- no le parecía muy sincera.

-¿Me promete que si logro convencerlo, me deja en paz?

-Usted lo ha dicho, si logra convencerme.

-Bueno, démosle fin a esta charla en la que ya no hay nada más que hablar. Entonces, dígame dónde y cuándo nos veremos. Eso sí le advierto, que no se trate de un sitio desierto, ni un cuarto de hotel; porque antes preferiría arrostrar las consecuencias de su violenta y rara forma de enamorar a las mujeres. Incluso, así eso signifique acabar con mi felicidad y exponerme al odio y al desprecio de Esteban.

-No se preocupe, será a la luz del sol y en medio de mucha gente. ¿Le parece bien el parque del Centenario, mañana a las 3 de la tarde?

-Me parece bien. Adiós.

– Hasta mañana.

A Anastasia, después de colgar el auricular, le pareció dudosa la calma y la conformidad de Adrián, al avenirse a lo que ella le dijera; sobre todo, después de haberse portado de una manera tan intransigente y tan mezquina en las conversaciones anteriores. Pero, pensando que no había más posibilidades y que la situación parecía tomar un mejor cariz para ella, se tranquilizó y, cosa rara en ella últimamente, se santiguó y rezó una corta oración, pidiendo a la Virgen María la ayudara a proteger su virtud de mujer casada.

El resto de la tarde se entretuvo leyendo mientras regresaba Esteban. Cuando él llegó, ella se sentía un poco más tranquila; por eso, lo recibió más cariñosa que en los días anteriores, lo que logró que él se mostrara más mimoso que de costumbre.

Al día siguiente, después de que su esposo saliera a su habitual cita de negocios, ella esperó que fueran las dos y media y se fue a cumplir su compromiso con el destino.

*****

Cuando llegó al parque del Centenario, consultó el reloj y aún faltaban diez minutos para las tres; se sentó en una banca frente al sendero central, por donde había más gente circulando. A las tres en punto, llegó Adrián. Su saludo tenía una impertinencia propia de él.

-¿Tan ansiosa estaba que madrugó?

Ella le iba a responder que no fuera presuntuoso, que ella deseaba salir rápido de todo este embrollo; pero prefirió callar, para no herir el orgullo de ese individuo vil, que no pensaba si no en sí mismo. Por eso prefirió decirle, sin poder ocultar un dejo sarcástico:

-Buenas tardes, ¿cómo se encuentra?

-Mejor, al verla aquí, cumpliendo la cita.

-Bueno, vamos al grano. Salgamos rápido de esto, pues tengo que regresar a mi hogar, junto a mi esposo.

-¿Junto a un esposo al que no ama?

-Eso no es asunto suyo. Pero no estamos aquí para discutir mi vida hogareña, sino para hacerlo desistir de una idea descabellada, que sólo desgracia traería.

-Ya veremos. La escucho.

Ella cerró los ojos un instante, mientras ponía en orden sus pensamientos; pues, aunque había utilizado cada momento libre para hilvanar lo que le diría a Adrián, en este momento no sabía por dónde empezar. Pidió nuevamente a la Virgen su ayuda y, ya rehecha en sus argumentos, volvió a esgrimirlos. Cuando, al cabo de casi quince minutos, terminó de mostrar su proposición, luchaba por evitar que las lágrimas brotaran, pues el nudo que se le había formado en la garganta, casi no la deja terminar la última parrafada. Por eso, con las manos se tapó los ojos y esperó a que él hablara. Como Adrián permaneciera en silencio más de lo normal, ella bajó las manos y lo miró. Él la miraba como fascinado, no pestañeaba, la boca entreabierta con un gesto casi bobalicón, como si mirara una alucinación. Pero, rápidamente se rehízo y retomó su actitud pedante que esgrimiera cuando llegara y tomándola de los hombros, pretendió besarla a la fuerza.

Anastasia que no estaba preparada para una reacción como esa, no alcanzó a evitar el primer roce de los labios de él con los de ella; pero, de inmediato reaccionó y no solamente se zafó de sus manos, sino que además alcanzó a atizarle un fuerte bofetón.

En los precisos instantes en que Anastasia abofeteara a Adrián, Esteban y sus dos socios entraban al sendero en que ocurría la escandalosa escena, y alcanzaron a ver el final de la misma.

Sorprendidos se acercaron a la pareja -a cuyos integrantes ya habían identificado- con el fin de averiguar el porqué de la reacción de ella.

El primero en hablar fue Esteban.

-¿Qué pasa aquí?

La sorpresa de Anastasia al escuchar la voz de su esposo, a quien no se imaginaba por esos lados, la dejó muda. Por su parte, el padre de Adrián sólo atinó a preguntar:

-Sí, ¿por qué, estimada dama, usted abofetea a mi hijo?

-Pregúntele a él el porqué, dijo Anastasia sacando valor de su mismo terror.

Esteban, al ver que el padre de Adrián solamente miraba, en forma alterna, a su hijo y a Anastasia, fijando la vista en Adrián, preguntó:

-Diga joven, ¿a qué se refiere mi esposa cuando dice que usted nos explique esta lamentable escena?

Adrián, que tan hábil se había mostrado para acosar a Anastasia, ahora no encontraba palabras para dar respuesta a Esteban y, cabizbajo, sólo atinó a salir corriendo.

Su padre lo siguió, luego de decirle a Esteban:

-Mañana hablamos.

-Claro que sí.

Entre tanto, Anastasia se retorcía las manos, pensando en cómo haría para explicarle a su esposo por qué no le había comentado sobre el acoso de Adrián, cuando se viera precisada a contarle toda la verdad. La angustia hacía presa de ella cada momento con más intensidad, hasta que no pudo más y dio rienda suelta al llanto.

Esteban, al verla llorar, se acercó y la abrazó. Se despidió de su otro socio y condujo a su esposa hacia el auto que tenía estacionado en la esquina nororiental del parque. La ayudó a subir, cerró la puerta del pasajero, dio la vuelta, subió, prendió el carro y condujo hasta su casa. Durante todo el trayecto hasta Manga, no dijo absolutamente nada, mientras que Anastasia no dejaba de llorar. Con la misma actitud silenciosa, llegaron a la casa. Tan pronto entraron, ella se fue para la alcoba; él la siguió y se sentó en el borde de la cama, donde ella se había acostado. En vista del silencio de ella, él dijo:

-Cuando quieras contarme lo sucedido, estaré dispuesto a escucharte; mientras tanto, descansa y no te preocupes que, cualquiera sea tu explicación, yo sabré entenderte.

Las palabras de él, tan compresivas, cargadas de amor, hicieron que ella se llenara más de congoja y aumentara su tristeza y, no pudiendo contenerse, volvió a prorrumpir en llanto; él, solícito, se acostó a su lado, la abrazó, le besó la mejilla y le dijo:

-¿Tan grave es la situación que te agobia de esa manera?

-Por favor, no me trates con tanta ternura, que no la merezco, dijo ella sin dejar de llorar.

-Cálmate y cuando te sosiegues, me lo dices y hablaremos tranquilamente y, por favor, no olvides que te amo intensamente.

Para evitar que ella siguiera angustiándose, Esteban resolvió salir de la alcoba y se dirigió a su pequeño estudio y se puso a examinar cifras y papeles para embotarse y no pensar más en qué sería aquello que mortificaba a su bella y adorada esposa. Allá, en su fuero interno, ya él la había disculpado y en ningún momento pensó que hubiera de por medio una traición.

Cuando anocheció y él decidió acostarse, encontró a Anastasia profundamente dormida. Despacio y sin hacer ruido, se acostó y, como era lo usual desde cuando se casaran, la abrazó, la besó, la mimó; aún a sabiendas de que ella no sabría de esas muestras de amor; pero a él lo que más le importaba era querer al amor de su vida; lo demás, no tenía trascendencia.

Al día siguiente, cuando él salió del baño, ya ella le tenía listo el desayuno. Se dieron los buenos días, como siempre, con un beso en la boca; a él, ese beso le supo a gloria; a ella le produjo el sabor amargo de la traición, al recordar que, por su estupidez, esos labios que, desde que se casó solamente los había saboreado su esposo, el miserable ese que había pretendido forzarla, había alcanzado a rozarlos con un beso pecaminoso, profano.

Sin embargo, al ver la cara de felicidad de él, tomó la decisión de contarle toda la verdad. Por eso, cuando terminaron de desayunar, le habló con el corazón y no le ocultó nada de lo ocurrido en esa desastrosa semana, desde el día en que conoció a Adrián; ni siquiera -y eso fue lo más vergonzoso- la confidencia sobre la pobreza del amor de ella frente al inmenso amor que Esteban le profesaba. Cuando terminó de hacer su valiente confesión, él la tomó de las manos y, mirándola fijamente a los ojos, le dijo:

-Mi amor, el que ese loco muchacho se haya prendado de ti, no es su culpa y tuya menos. Eso pasa por ser tú la mujer más hermosa del universo y por tener el marido más tonto del mundo que, por estar preocupado en los negocios, te deja sola, exponiéndote a las bajas pasiones de individuos que no conocen el respeto. Además, ese muchacho loco viaja fuera del país en estos días y en cuanto a lo de tu pobre amor por mí, yo siempre lo he sabido; pero eso no es obstáculo para que yo siga rendido a tus pies. Por tanto, olvidemos ese penoso incidente y volvamos a vivir como cuando nos casamos. A partir de hoy, para donde yo vaya, tú vas conmigo, a menos que pienses que ese plan te aburre.

-Esteban, déjame empezar a responderte por el final de lo que me has dicho. Salir contigo a todas partes, jamás será motivo de aburrimiento para mí; tu conversación, tus atenciones, tu dedicación, me encantan. En cuanto a la ida de ese individuo fuera del país, me da igual; ya que su presencia me molestaba porque temía su chantaje con respecto a la desigualdad entre nuestros amores, pero al saber que tú lo intuías, ya me tiene sin cuidado que se vaya o se quede. Por último, lo paradójico de todo esto es que nos ha acercado tanto, que en estos momentos siento que nunca he querido, ni volveré a querer como te amo a ti, mi amado esposo.

Cuando Anastasia hizo una pausa en su declaración de amor, Esteban aprovechó ese instante para tomarla en sus brazos y besarla como la primera vez, con hambre, con pasión, con deseo, con ese loco arrebato de quien logra, por fin, conquistar a la mujer a quien ha anhelado con desesperación, por lo inalcanzable. Ella se dejó tomar y de inmediato respondió, como nunca lo había hecho, al amoroso beso que su esposo le daba.

*****

Los años han seguido su curso natural; cada trescientas sesenta y cinco vueltas y un cuarto de la tierra alrededor del sol, los humanos hacemos propósitos de mejorar; algunos lo logran, porque persisten en sus objetivos, otros no. Entre los primeros, están nuestros dos amigos a quienes ya conocemos; tanto, que hasta sabemos de sus virtudes y sus defectos, de sus bondades y de sus flaquezas; pero tan humanos, como las personas con las que tratamos día tras día; inclusive como aquellas de las cuales sólo conocemos una faceta, la de mostrar; pero que ocultan sus debilidades y sus temores.

Sin embargo, de Esteban y de Anastasia pudimos conocer hasta sus más recónditos pensamientos; pues de él supimos que amó a Anastasia desde el primer instante y la deseó, aun sabiéndola ajena y, de ella conocimos su coquetería que no siempre le funcionó bien; porque así como la usó con un caballero como Esteban, que no abusó de su posición, ni siquiera cuando las circunstancias le favorecían, con Adrián le trajo sinsabores que habrían podido dar al traste con su matrimonio.

Afortunadamente para ella, el amor de su esposo era tan grande, que le sirvió,  incluso, para descubrir que ella también lo amaba.

Hace unos días, vi pasar a Esteban y a Anastasia, acompañados de dos hermosas criaturas: un niño como de seis años y una preciosa niña como de cuatro, cuyos ojos tenían la misma cautivante languidez de los de la feliz y aún hermosa madre, Anastasia,  la de la mirada, cargada de nostalgia, preñada de tristeza…

 

FIN