DOS MADRES
“No las sometáis a ninguna humillación.” San Juan
Fuiste la estrella que alumbró el sendero de mi vida,
fuiste el abrigo con el que del frío me salvé,
fuiste el bálsamo que curó cualquiera herida
y cuando estuve triste en tus brazos me arrullé.
Porque me regalaste no sólo la existencia
ni únicamente me enseñaste a caminar;
fuiste la luz que iluminara mi conciencia
y me mostraras cómo alivia el aprender a perdonar.
Fuiste, madre, el lucero esplendoroso
que iluminó mi existencia, día tras día;
la insomne guardián de mi vivir, siempre azaroso,
y el ángel tutelar de la triste vida mía.
Y no contenta con haberme dado tanto en esta vida,
amaste también a la que es mi compañera;
la que, de tu mano, me ayudó a recuperar la fe perdida
y me hizo olvidar, una a una, toda efímera quimera.
Y llegó a ser tu alumna tan aventajada,
que aprendió además a sobrellevar mis infortunios;
por eso, madre, tú y quien es hoy mi esposa amada,
son como el cielo azul en el más hermoso de los plenilunios.
Maracaibo, 10 de agosto del año 2012