COMPLOT
(Cuando el sobrevivir depende del cuello del rival)
Una historia de aventura y acción, vislumbrada en ratos de ocio
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Octubre del 2001
“La mismísima esencia de la aventura es la incertidumbre.”
Oscar Wilde
El pequeño bimotor, perteneciente al Gobierno, comenzó a remontar la cordillera minutos después de haberse elevado desde el aeropuerto militar de la capital de Mozambo. Su destino era la Gran Isla, situada a 73 kilómetros de la costa oriental del país, cuyo territorio, al igual que el de la Gran Isla era en un alto porcentaje selva densa y espesa, en su mayor parte inexplorada, pero que se la consideraba rica en yacimientos de oro, uranio, platino y otros minerales apetecidos en el mercado mundial. Estos yacimientos eran compartidos por el país vecino, Kenambique, cuya capital homónima estaba localizada, a espaldas de la cordillera sobre el litoral marítimo, situada al norte de la Gran Isla. Kenambique estaba dirigido, en ese entonces, por un gobierno parlamentario de inclinación socialista.
Los dos motores del avión ronroneaban al tratar de elevarse sobre los altos picos de la cordillera que flanqueaba por el oriente el perímetro de la ciudad.
Sus pasajeros eran los recién nombrados seis miembros de la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología, dependiente directamente de la Presidencia de la República, a la sazón en manos de un coronel del ejército, quien había dado hacía diez meses un golpe militar, el cuarto que sufría el país en los tres últimos años.
La misión del equipo de científicos era la de instalar en la Gran Isla, las terminales de la red telemática, basada en comunicación satelital, con la cual el Gobierno quería automatizar las comunicaciones, aprovechando un préstamo y el apoyo tecnológico de los Estados Unidos, quienes tenían los ojos puestos en los ricos yacimientos minerales.
La base en la cual se instalaría el centro de comunicaciones, sería propiedad del gobierno de Mozambo, según mutuo acuerdo con el jefe de estado de Kenambique.
El grupo estaba compuesto por un norteamericano, Mr. Bill O’Hara, ingeniero electrónico; dos franceses, Monsieur Jean Montgolfier, físico y Madeimoselle Annette Peltier, ingeniera electricista; un inglés, Mr. Henry Swinburne, políglota; una peruana, la Señorita Juanita Barrios, ingeniera de sistemas especializada en telecomunicaciones y un colombiano, el Señor Alcides Martínez, también ingeniero de sistemas especializado en ingeniería de software.
Al poco rato de haber despegado el avión, la mayoría del equipo dormía; sólo los dos suramericanos estaban despiertos y conversaban animadamente acerca del proyecto en el cual estaban embarcados.
Después de más de una hora de vuelo, durante el cual solamente se había visto cielo y selva, el pequeño bimotor comenzó a descender y se divisó la costa y los pequeños y pobres caseríos diseminados en toda su extensión. En el caserío que en ese momento sobrevolaban, se podía observar que casi todas las viviendas estaban construidas en adobe y techadas con láminas de zinc, cubiertas a trechos por hojas de palma seca. Las pocas casas que se divisaban desde el avión, se encontraban asentadas en desorden, sin formar calles y por entre ellas corrían niños desnudos, perros y cerdos, revolcándose a ratos entre lodazales y charcos de agua sucia. El mar arrastraba desechos y mugre dejados por los lugareños.
Dejada atrás la costa, atravesaron el canal marítimo que separaba el continente de la Gran Isla, la cual avistaron diez minutos después. El paisaje cambió, como por ensalmo; las aguas eran cristalinas y serenas, con muy poco oleaje y en ellas estaba fondeado un gran barco, en el cual se observaba algún movimiento de gente. Las playas estaban limpias de basura y cubiertas de una arena fina, de color casi blanco; las palmas y los dátiles bordeaban todo el contorno que se alcanzaba a divisar desde el avión.
Más adelante apareció un aeropuerto improvisado en un claro de la selva; el avión descendió y rodó por una pista de gravilla, cubierta de cascajo; después de carretear un rato, detuvo sus motores y el copiloto, un teniente de la fuerza aérea, abrió la portezuela.
La bocanada de aire caliente y húmedo que se filtró en el interior, despertó a los pasajeros que habían dormido la mayor parte del viaje.
Se desperezaron y, tomando sus pertenencias, bajaron del avión y atravesaron el campo hasta una caseta que hacía las veces de terminal aéreo. Luego de tomar un refresco, casi caliente, abordaron el vehículo que habría de llevarlos al campamento desde el cual dirigirían la instalación de la base telemática. Detrás iba el vehículo en el cual transportaban el equipo computacional necesario, donado en su totalidad por el gobierno de los Estados Unidos.
Atravesaron una pequeña selva, recorriendo una carretera destapada, aunque de terreno liso, con muy pocos baches, hasta que llegaron a otro claro en donde se alzaba el campamento; el cual estaba, obviamente, militarizado.
*****
Lo primero que hicieron fue distribuir las carpas del campamento, con el fin de determinar cuál haría de oficina, cuál de laboratorio, cuál de cocina y cuál de descanso; ya que como supieron por el comandante de la guarnición, un capitán del ejército, su vivienda, a excepción de la de Henry O’Hara, quedaría situada en el barco que debieron haber visto fondeado en la bahía. Todas las mañanas, a las 07:00 horas, una lancha los dejaría en la playa; donde los recogería un jeep, que los traería al campamento. A las 18:00 horas recorrerían el camino inverso, hasta el barco.
La ingeniera Barrios, quien había sufrido en carne propia la persecución militar, cuando estudiaba en la Universidad estatal de su país, miró con desconfianza la nutrida presencia de soldados en el campamento y así se lo hizo saber a su colega, Alcides Martínez; éste tratando de tranquilizarla le dijo sonriendo, que no se preocupara; que ellos, es decir el equipo de científicos, estaban protegidos por el alto gobierno y por los mismos Estados Unidos; ya que él creía que Mr. O’Hara formaba parte de la CIA.
El resto de la tarde, pues ya eran casi las cuatro, lo utilizaron en acomodar los equipos que habían traído del continente. Juanita, la peruana, intranquila aún, los apresuró para que pudieran llegar al barco antes de que obscureciera.
Deshaciendo el camino, volvieron a la costa, en donde los esperaba una lancha que los llevó a bordo del barco; en donde les fueron asignados sendos camarotes, los que resultaron ser muy confortables; pues en ellos había de todo: baño dotado de los necesarios implementos de aseo, agua corriente, aire acondicionado, televisión, radio, nevera y una cama muelle.
Instalado ya cada uno de ellos, bajaron al comedor, por invitación del comandante del barco, capitán de navío de la marina, llamado Patrick Kusumba, y disfrutaron de una opípara cena y de una agradable conversación en inglés, francés y castellano; ya que el capitán resultó ser un políglota consumado; quien, además, les contó divertidas anécdotas sobre su vida en el mar. Terminada la cena, tomaron un exquisito café y luego, aquellos que fumaban, saborearon un delicioso puro ofrecido por Monsieur Montgolfier.
Cuando vieron que ya eran las once de la noche y en vista de que al día siguiente había que madrugar, pues los esperaba una ardua jornada, se despidieron y cada uno se fue a su camarote a descansar.
*****
Al día siguiente, el horario fue cumplido estrictamente: levantada a las 5:00 horas, aseo general y, ya vestidos, desayuno a las 6:00 de la mañana. A las 7:00 la lancha los llevó a la playa, donde ya se encontraba el jeep esperándolos, para conducirlos al campamento; en donde cumplieron una jornada agotadora hasta las 6:00 de la tarde, con un descanso de una hora al mediodía, para almorzar. En la noche, regresaron al barco y se repitió la cena con el capitán.
Así duraron nueve días, al término de los cuales finalizaron su labor de instalación y prueba de la estación telemática; después de lo cual, avisaron al comandante del campamento, que ya se encontraban listos para que el avión los condujera de regreso al continente, una vez recogieran del barco sus pertenencias.
En ese instante, el comandante dio una orden sorpresiva, para que un pelotón de cinco soldados, al mando de un sargento, los apresara, esposándolos y conduciéndolos a una barraca cercada con una empalizada de más de dos metros de alto. La excepción a esta orden, la constituyó Mr. O’Hara, quien se mantuvo siempre al lado del comandante.
De nada valieron las airadas protestas del grupo; la orden fue cumplida al pie de la letra y los científicos fueron a dar con sus huesos a la barraca.
Desde allí observaron cómo, O’Hara y un uniformado, manipulaban en los equipos instalados por ellos. Más adelante vieron como abrían una compuerta disimulada en el suelo y, de ahí, emergía un gigantesco proyectil que apuntaron hacia donde se encontraba Kenambique, la capital.
Desde ese momento nadie más, excepto el sargento, volvió a hablar con los prisioneros. Aunque sólo les dirigía la palabra para darles órdenes sobre callarse o comer.
Los soldados hablaban entre sí, en una lengua desconocida para los científicos. Mientras tanto, O’Hara y el militar, seguían manipulando en la estación.
En ese estado, duraron cuatro días; al cabo de los cuales los sacaron de la empalizada y los embarcaron en un jeep que los llevaría hacia el interior de la isla.
Mr. Swinburne, alcanzó a escuchar cuando el capitán le daba la orden al sargento de ejecutarlos en medio de la selva y enterrar allí mismo sus cadáveres.
Como quiera que los prisioneros estuvieran esposados, el sargento solamente llevó dos soldados con él, para cumplir la orden de darles muerte.
La situación, por decir lo menos, era grave. Entonces Juanita tejió un plan y lo compartió con sus compañeros de infortunio, quienes lo aceptaron.
El jeep seguía rodando por una carretera en mal estado; en cada tumbo que daba, la falda de Juanita subía peligrosamente unos centímetros y los soldados que cuidaban a los prisioneros, pues el sargento conducía el vehículo, se distraían cada vez más, mirando sus torneadas piernas color canela; hasta que llegó un momento en que Juanita, aprovechando una pronunciada curva de la carretera y la distracción de los soldados, se echó encima de uno de ellos y, mientras ella y Mr. Swinburne lo golpeaban, Monsieur Montgolfier y el Sr. Martínez se encargaban del otro.
Cuando el sargento quiso reaccionar, ya era tarde; pues Madeimoselle Peltier, que viajaba a su lado en la cabina, se le había echado encima, mientras que el Sr. Martínez lo encañonaba con un arma.
Desarmados los carceleros, nuestros amigos dominaron la situación, se quitaron las esposas, colocándoselas a sus antiguos carceleros. El problema consistía, ahora, en determinar qué hacer con los uniformados; pues, en tanto que los hombres opinaban que debían ejecutarlos, las damas consideraban que no podían convertirse en asesinos.
– Son ellos o nosotros, alegaba Swinburne.
– Pero podemos dejarlos esposados y atados a un árbol, decía Juanita.
– Es lo mismo: el hambre y la sed los matarán y el sufrimiento será peor, remató Martínez.
Por fin se decidieron por dejarlos esposados uno contra otro, alrededor de un árbol. Lo cual les daría tiempo suficiente a ellos para huir. Así lo hicieron, llevándose las llaves de las esposas. La idea era ir en sentido contrario del campamento y lograr alcanzar la costa.
*****
Después de recorrer en el jeep militar, caminos en buen estado, nuestros amigos lograron llegar a la costa, al cabo de varias horas. El sol se ocultaba en el horizonte.
Ahora había que conseguir una lancha que los llevara a la capital. Por lo que, luego de haber escondido el jeep en la espesura, decidieron explorar la playa, aprovechando la claridad del crepúsculo. Después de casi media hora, avistaron un caserío y, en una pequeña rada, varias embarcaciones atracadas en un corto muelle.
Por el momento, no había sino que esperar; sabían que esa noche todavía habría luna menguante, lo cual favorecería su operación; ya que, no teniendo ninguna lámpara con ellos, la poca claridad los favorecería.
Como el hambre y la sed los acosaran, decidieron bajar unos cuantos dátiles y cocos, cuya carne y agua se distribuyeron para mitigar un poco la fatiga.
Cuando, pasadas varias horas, vieron que las luces del pequeño poblado se apagaban, bajaron al muelle; una rápida ojeada les permitió ver que había una lancha de motor y, dentro de una caseta, unos bidones de combustible.
La suerte estaba de parte de ellos. Tomaron un bidón adicional de gasolina, después de llenar el tanque de la lancha; además, se aprovisionaron de unos remos, con el fin de alejarse silenciosamente de la playa.
Cuando se consideraron suficientemente lejos de la costa isleña, encendieron el motor de la lancha, decididos a dirigirse al barco donde habían pernoctado noches antes, con el fin de recuperar sus documentos y su dinero.
Así lo hicieron; para lo cual se acercaron a prudente distancia del barco y Martínez se lanzó al agua y, tras nadar aproximadamente medio kilómetro, subió a bordo por la escalera de emergencia. Para entonces, ya era media noche y la oscuridad era casi total.
Sigilosamente, eludiendo la vigilancia del único marinero que prestaba guardia en el puente, llegó hasta los camarotes que les habían sido destinados dos semanas atrás y, luego de forzar la puerta del camarote que él ocupara, entró y tomó alimentos y bebidas de la nevera, ropa seca, su pasaporte y su dinero; igual operación realizó en los camarotes que habían sido de sus compañeros de infortunio, en donde tomó los documentos y el dinero de cada uno de ellos. Después introdujo todo en una bolsa plástica, la cual selló con el fuego de su encendedor; descendió del barco y, a nado, se alejó hacia la lancha, donde lo esperaban sus amigos.
Ya a bordo, se cambió de ropa y se dirigieron hacia donde pensaban se encontraba la capital; la cual avistaron unas horas después.
Recelosos, pues no sabían dónde habían llegado, buscaron un sitio desierto en la playa, donde atracar la lancha. Alcanzada una costa desierta, caminaron algunos kilómetros, hasta que llegaron a una aldea de pescadores, cuando ya empezaba a clarear el nuevo día.
Swinburne se dirigió a un grupo de aldeanos que aprestaban sus aperos de pesca, mientras Martínez lo cubría con una de las pistolas quitadas a sus antiguos carceleros, la cual escondía en el bolsillo de su chamarra de lino.
Rápidamente, el políglota estableció que se encontraban cerca de la capital y contrataron el único vehículo motorizado de la aldea, para que los llevara hacia allá.
*****
Cuando arribaron a la capital, era mediodía. El conductor los guió hasta la embajada de Francia. Después de hacer varias antesalas, lograron entrevistarse con el embajador en persona y lo pusieron al tanto de lo ocurrido en el campamento militar.
Preocupado, el embajador pidió comunicación con París e informó al secretario de Relaciones sobre la situación y, este último, le dijo que esperara instrucciones.
Cuando ya casi moría la tarde, llegó llamada de París, para informar que la estación instalada en la costa suroriental de la Gran Isla, controlaba un proyectil con cabeza nuclear, el cual apuntaba hacia la capital de Kenambique y cuya misión era la de coaccionar a su gobierno para que firmara un tratado con Mozambo, que permitiera a éste explotar las minas de uranio situadas en territorio del primero. Se trataba de un vil chantaje, contra el cual el gobierno norteamericano no estaba interesado en intervenir.
Por tanto, la única solución consistía en destruir el proyectil y la estación que lo controlaba y, como nuestros amigos eran los únicos que conocían el complejo mortal, ellos eran los llamados a destruirlo. Para lo cual, se estableció un comando que les diera el apoyo militar necesario. Esa misma noche debían partir, por vía marítima, hacia la costa cercana al campamento.
Martínez propuso que, después de neutralizar el puesto militar de Mozambo en la Gran Isla, utilizaran la estación para disuadir al gobierno de su chantaje; o, mejor aún, dar un golpe de estado y colocar en el gobierno al capitán Kusumba, comandante del barco en el cual habían estado una semana antes. Al fin y al cabo, el capitán había mostrado ser un individuo muy ecuánime y con un grado de cultura muy alto. Además, él había dejado entrever en sus conversaciones, que no era muy amigo del coronel Kovozo, jefe de gobierno de Mozambo.
Al principio, la idea no tuvo muy buena acogida; pero poco a poco, les fue pareciendo viable. El embajador pidió instrucciones a París y allí les dieron carta blanca para actuar; eso sí, con la observación de que todo debía quedar camuflado, como si se tratara de un plan del capitán Kusumba. En el supuesto de que éste aceptara.
Con estas instrucciones, el grupo inició, esa noche, su misión. Siendo las 20:00 horas, la lancha partió del muelle naval de Kenambique hacia el campamento, con el grupo de científicos a bordo, acompañado del personal militar de apoyo.
*****
Mientras tanto, ¿qué había ocurrido en el campamento, después de la huida de nuestros amigos?
La tarde del día cuando O’Hara y el militar que lo acompañaba, terminaron de acoplar el sistema de la estación al proyectil y se diera la orden de ejecución del grupo de científicos, el comandante del campamento informó al presidente de que todo estaba a punto y que aguardaba instrucciones. El presidente le respondió que él, personalmente, le avisaría cuando debía activar el arma, en caso de que hubiera necesidad de hacerlo; ya que se esperaba que la sola amenaza bastara para presionar al gobierno de Kenambique sobre la conveniencia de pactar con el gobierno de Mozambo.
En la noche, el comandante y O’Hara, celebraron el éxito de la misión y se acostaron tarde.
Al día siguiente, al ver que el sargento y su gente no se presentaron a la formación matinal, se ordenó su búsqueda; sólo hasta medio día fue encontrado con sus hombres, atados todos al árbol donde los dejara el grupo de científicos.
Ya en el campamento, informaron al comandante sobre la huida de los prisioneros y, aquél, dio la voz de alarma y se ordenó su búsqueda y su ejecución inmediata. La operación fue infructuosa; ya que, para esos momentos, nuestros amigos se encontraban en la capital.
Cuando en la aldea se descubrió la desaparición de la lancha y, por consiguiente, se les creía a salvo de cualquier persecución, en realidad el grupo de asalto ya había desembarcado a dos kilómetros del campamento militar de Mozambo y se hallaban ocultos en la espesura de la selva, esperando que anocheciera, para poder asaltarlo.
En efecto, cuando fueron las 7:00 de la noche, el grupo emprendió la marcha, utilizando el camino por el cual sus verdugos los habían conducido hacia la fallida ejecución.
Pasadas las 21:00 horas, avistaron el campamento. Sólo había que esperar que la guarnición estuviera durmiendo para atacar. En efecto, media hora después, las luces de los dormitorios se apagaron y pudieron observar que sólo quedaban tres centinelas; los cuales fueron silenciados rápidamente.
El plan debía continuar con la ejecución de todo el personal del campamento y la posterior toma y control de la estación; sin embargo, cuando el grupo de asalto quiso llegar a la cabaña del comandante, éste que se encontraba todavía despierto, reaccionó a tiempo y alcanzó a atrincherarse detrás de su escritorio y, desde allí, dio la batalla; antes de recibir el balazo mortal, alcanzó a matar a tres de los siete miembros del grupo de apoyo.
Dominada la situación, lo primero que hizo el grupo fue aprestar el complejo nuclear de la Gran Isla, para luego apuntarlo hacia la capital de Mozambo; exactamente hacia el centro de la ciudad, donde se encontraba emplazado el palacio de Gobierno.
Faltaba, ahora, realizar la segunda fase del plan; a saber, convencer al capitán Kusumba sobre las bondades y beneficios de deponer de la presidencia al coronel Kovozo.
******
Una vez el capitán Kusumba se hubo enterado del plan mediante el cual su archienemigo, el coronel Kovozo, sería depuesto del gobierno de Mozambo, lo aceptó; incluida la ayuda del grupo de científicos y del comando de asalto venido de Kenambique, quienes le ofrecieron respaldo irrestricto.
Fueron cruzados los necesarios mensajes cifrados con los altos mandos de la Marina y de la Fuerza Aérea, con quienes el capitán Kusumba mantenía estrechos lazos de amistad y se consiguió su adhesión al plan. Faltaba ahora disuadir al Ejército que, en su mayoría, se mantenía porfiadamente fiel al coronel Kovozo. Se logró establecer que si se lograba capturar a los coroneles Neil y Ozaga, comandantes respectivos de los batallones de Artillería e Infantería, se podría conseguir que el grueso del Ejército capitulara.
Para lograr esto, el capitán Kusumba viajó en avión hasta la capital de Mozambo y consiguió, tras la promesa de ascenso y promoción, la adhesión de los tenientes coroneles Batín y Kabuzu, subcomandantes de Artillería e Infantería, respectivamente.
Sólo restaba la captura de Kovozo; para lo cual se consiguió la ayuda de un comando israelí, cuyos miembros, haciéndose pasar por una misión comercial que deseaba firmar un convenio para la venta de armamento especial a Mozambo, lograría introducirse al palacio de Gobierno y lograr llegar a la presencia del dictador.
Esa noche llegó, procedente de París, un avión de Air France, trayendo a bordo la supuesta misión comercial israelí.
A primera hora del día siguiente llegó la misión a palacio y se presentaron ante la Secretaría de Relaciones Exteriores; mostradas las credenciales, fueron introducidos a la presencia de Kovozo. Llevaban más de una hora discutiendo los términos del supuesto convenio, cuando el capitán Kusumba pidió audiencia para tratar con el presidente asuntos relacionados con la Gran Isla; simultáneamente, batallones artillados y tropas de asalto, se tomaban las posiciones defensivas del palacio de Gobierno y hacían prisioneros a sus compañeros de armas, pertenecientes al batallón de la Guardia Presidencial.
Como le fuera negada la audiencia al capitán Kusumba, éste irrumpió abruptamente en la sala de conferencias donde se encontraba Kovozo e intimidándolo con una pistola, lo tomó prisionero; esto ocurrió rápida y fácilmente pues, antes de que el dictador pudiera esgrimir un arma, los miembros de la supuesta misión comercial israelí lo inmovilizaron y lo pusieron a órdenes del pelotón de infantes de marina que entrara detrás del capitán Kusumba.
De inmediato éste tomó los micrófonos de la Radio Nacional y transmitió su mensaje al pueblo, en el cual anunciaba su ascenso a la presidencia y, además, informaba que se firmaría un tratado de paz con la vecina república de Kenambique y que se buscaría, entre ambas naciones, la creación de un consorcio que explotara mancomunadamente los yacimientos de oro, uranio y platino que, entre ambas, compartían; este tratado, agregó, fortalecería los lazos de unión de las dos naciones, robustecería sus economías y les permitiría, a sus dirigentes, mejorar la calidad de vida de sus habitantes.
Una vez se fortaleciera la economía, en Mozambo, tal como ya lo era en Kenambique, la educación sería gratuita y obligatoria y los servicios de salud serían cubiertos por el Estado.
A continuación anunció su gabinete de gobierno, al cual llamó a muchos prohombres del país, que se encontraban en el exilio. Por último, el nuevo presidente de facto, anunció que muy pronto se llamaría a elecciones, para formar el nuevo congreso, el cual se hallaba clausurado desde hacía más de tres años y que, después, se harían elecciones para presidente; pues su propósito era el llevar a Mozambo a los cauces legales de la democracia.
Sobra decir que las multitudes salieron a las calles de la capital y de otras poblaciones del país a vitorear a su nuevo presidente.
Días después, nuestros amigos, los miembros supérstites de la Comisión de Ciencia y Tecnología, pues Bill O’Hara murió en la toma del campamento de la Gran Isla, volaban a sus respectivos países, después de haber recibido los agradecimientos del presidente y el pago de sus honorarios.
F I N