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CELOS FELINOS

(La mujer cela, aunque no ame)

 

Una posesión más allá de la muerte

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Octubre del 2003

 

“El celoso ama más; pero el que no lo es, ama mejor.”

Molière 

 

Hacía cuatro años que su joven esposa había muerto, víctima de un infarto fulminante, cuando a su clase de Historia de la Literatura se presentó la nueva alumna. Su mirada, su boca  sensual, su porte y su donosura lo cautivaron.

Dos años después ya eran novios; para ese entonces, ya ella sabía que él había amado mucho a su esposa, que aún la recordaba con nostalgia y que, por eso mismo, no había querido deshacerse de la gata que ella trajera de la casa paterna al casarse; gata que había sido su consentida y en quien ella había volcado todo el cariño que nunca pudo brindarle a un hijo, ya que la naturaleza se lo había negado en los cinco años que duró el matrimonio.

Al tercer año de noviazgo con su ex alumna, y cuando ya ella se había graduado, decidieron casarse.

La ceremonia se celebró en un ambiente sobrio y sencillo y, luego de una discreta recepción, partieron para su luna de miel. Al regreso se instalaron en el apartamento que él había compartido con su primera esposa y que estaba situado en el décimo piso de un edificio del sector residencial de la ciudad.

Ella estaba feliz, amaba a su esposo y sabía que él también la amaba; además, el apartamento era acogedor y ella se encontraba tan radiante, que en ningún momento llegó a pensar que algo pudiera tronchar esa felicidad.

El primer día después de la luna de miel y mientras desayunaban, antes de que él saliera para la universidad, ella quiso hacerle un mimo a la gata, pero ésta se mostró huraña, erizó el pelo del lomo y, luego de emitir un sonido hostil, huyó despavorida. Así volvió a suceder al día siguiente, mientras la gata recibía dócilmente de manos de él trocitos de pan mojados en chocolate; cuando ella quiso acariciarla, la gata respondió con agresividad y escapó corriendo.

– Tan raro -dijo él- esa gata es mansa; recuerdo que mi primera esposa la consentía y ella se dejaba.

– Pues esta es la segunda vez que me rechaza. Más aún, me mira con agresividad. Y no recuerdo en dónde he visto una mirada parecida.

-Deja que te conozca mejor y verás cómo cambia.

Dijo él mientras se inclinaba para darle a su nueva esposa el beso de despedida.

La mañana transcurría sin problemas; ella estaba arreglando el apartamento, cuando se le dio por observar detalladamente una foto de la difunta primera esposa de su marido; al mirarla a los ojos notó algo familiar en ellos.

Enseguida cayó en cuenta de que su mirada se parecía a la de la gata. No obstante desechó la idea por absurda e iba a preparar el almuerzo, cuando oyó ruidos en el balcón y, al asomarse, vio a la gata subida en la estrecha baranda en donde peligrosamente trataba de atrapar una de las mariposas que revoloteaban en las flores del elevado jardín.

Preocupada trató de hacer entrar a la gata y evitarle un daño al animalito. Sin embargo, cuando ella trató de agarrar al felino, éste saltó y se encaramó en la enredadera que cubría la pared exterior del edificio.

Entonces, ella alarmada se subió a la baranda del balcón para agarrar al indócil animal.

En un instante, y sin saber cómo, la gata saltó sobre su pecho, haciéndola precipitarse al vacío.

Cuando cayó al pavimento, la joven señora murió instantáneamente.

Desde la baranda del fatídico balcón, mientras ella caía, la gata ronroneaba de satisfacción.

 

FIN