CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

CARLINA E ISABEL

(El desenfreno y la mala conducta, no son los mejores caminos de la vida;

no obstante, en ocasiones, sean los más agradables.)

 

Es usual que las cosas no tomen el rumbo esperado.

 

VALLEDUPAR, COLOMBIA

 

Diciembre del año 2010

 

“Una ley inexorable en la vida de los sexos, es la acción anafrodisíaca de la costumbre.”

 Gregorio Marañón

 

Carlina e Isabel fueron amigas desde siempre. Desde cuando tenían memoria,  recordaban haber sido amigas, compañeras de juegos, compañeras de clase, compañeras para todo.

Compartieron los juegos infantiles, las muñecas, las indecisiones de la pubertad, la llegada de la adolescencia, los secretos de sus primeros amores.

Siempre recordaban haber vivido en la misma calle de un barrio de clase media en la Bogotá de mediados del siglo XX, dos casas de por medio. Los padres de una y otra eran amigos que se visitaban con frecuencia, se apoyaban mutuamente y eran solidarios entre sí en las ocasiones que lo ameritaban.

Carlina e Isabel hicieron juntas la primaria y, juntas, cursaron los primeros cuatro años del bachillerato. Eran tan amigas, que siempre tuvieron pupitres adyacentes.

A pesar de ser Carlina dos años mayor que Isabel, ésta era sentimentalmente más experimentada. Desde los catorce años tuvo novios con quienes duraba dos o tres meses de amores, para luego aburrirse y cambiar el del momento por otro que, para entonces, le llamara más la atención. Su inestabilidad sentimental la hacía objeto de los regaños de Carlina, quien sólo hasta los diecisiete años tuvo su primer novio, un muchacho de diecinueve años que, a la sazón, cuando Carlina hacía el último año del bachillerato, él cursaba su segundo año de Derecho.

Para esa época, las hermanas de la Presentación, en cuyo colegio estudiaban las dos amigas, y el padre de Isabel era docente, resolvieron trasladar a éste al Colegio de Cali, para que se hiciera cargo de la clase de Historia Universal, la cual había venido regentando en el Colegio de Bogotá, desde hacía casi veinte años.

Y así se separaron las hasta ahora inseparables amigas. Al despedirse se juraron escribirse, no olvidarse la una de la otra.

Pocas semanas después de su llegada a Cali, Isabel escribió a su amiga del alma para contarle todas las peripecias del viaje, la instalación en la nueva casa, la entrada al Colegio, las nuevas compañeras, etc., sin olvidar, por supuesto, hablarle de su nuevo novio. Carlina le contestó casi que de inmediato y la correspondencia continuó, así, durante, más o menos, seis meses. Al cabo de los cuales, un buen día Isabel no respondió la carta de Carlina quien, extrañada y preocupada, pensando en quebrantos de salud de su amiga, le escribió nuevamente. La respuesta tardó en llegar un par de semanas. En ella, Isabel se disculpaba por la demora en escribir y, con evasivas, le daba a entender que el escribir la aburría. Por eso, las cartas se fueron distanciando en el tiempo, hasta que cesaron por completo. La causa de este silencio epistolar estaba en el nuevo romance de Isabel.

En el apartamento vecino al de ella, vivía un joven que le había sorbido el seso y hasta los estudios los había descuidado por culpa de esos amoríos. Tanto que, aprovechando que su mamá y su papá trabajaban y su hermana se iba temprano para la universidad y regresaba tarde, Isabel y su nuevo novio tenían para ellos solos el apartamento y allí estaban viviendo un tórrido romance. Claro que esto lo vino a saber su amiga, solamente muchos años después.

Mientras tanto, a Carlina no le afectó de a mucho el silencio de Isabel, pues ella a su vez, comenzaba a vivir la época más feliz de su hasta ahora corta existencia. Recién cumplidos sus diecisiete años, conoció en una fiesta a un joven a quien, desde comienzos de año, veía con frecuencia en las mañanas al tomar el bus que habría de llevarla hasta cerca de su colegio. Este joven procuraba quedar sentado frente a frente con ella, para poder solazarse mirándola. Cuando Carlina volvía la vista, lo encontraba con la mirada fija en ella, para enseguida hacerse el desentendido y voltear a mirar hacia otro lado. Este juego, se repetía muchas veces durante el trayecto diario. En ocasiones, había semanas en las cuales el encuentro era diario, otras en que no coincidían en el paradero del bus. Pero cuando esto ocurría, el cruce de miradas se repetía.

Por eso, el día en que fueron presentados en la fiesta de una amiga común, Germán bendijo a Dios por permitirle esa ocasión tan propicia y así se lo hizo saber a Carlina, cuando ella aceptó bailar con él un hermoso bolero  que empezaba a sonar y que él -con voz melodiosa y enamorada- le entonó muy quedo en el oído. A partir, de allí, bailaron toda la noche. Él no sacó a ninguna otra joven, ni ella aceptó bailar con nadie más.

El amor brotó rápidamente entre ambos y llegó para quedarse. Mientras bailaban, se fueron contando mutuamente lo concerniente a sus hasta entonces breves y  felices vidas.

Ella nunca había tenido novio; solamente algunos muchachos que la habían cortejado, pero a quienes nunca les puso atención y terminaban por dejar de insistir.

Por su parte, Germán había tenido dos o tres novias que habían pasado por su vida, sin dejar huellas ni recuerdos.

Carlina le contó que vivía con su papá y su mamá y sus dos hermanas pequeñas. También le dijo que hacía el último año de bachillerato en el Colegio de la Presentación y que quería estudiar Medicina.

Él, a su vez, le contó que era huérfano de padre, que vivía con su mamá y su hermano y dos hermanas mayores; que estudiaba Derecho y que ya iba en segundo año.

A las pocas semanas volvieron a coincidir en una reunión, en casa de una prima de Carlina. Desde que se inició el baile, hasta el final, Germán no bailó con nadie más que con Carlina; quien ayudaba a su prima en los menesteres de atender a los invitados; por eso, debía desplazarse hasta la cocina en busca de entremeses y refrescos. En una ocasión, cuando ya la reunión estaba bastante avanzada, en una ida de Carlina a la cocina, Germán fue allí minutos después y, tomándola en sus brazos, la besó.

La primera reacción de ella fue de sorpresa; ocasión que él aprovechó para abrazarla y decirle:

-Qué pena, pero no pude contenerme, me gustas mucho y este beso lo he ansiado desde hace mucho tiempo; desde cuando, en ocasiones, te veía en el bus. Si te ofendí, perdóname.

Como ella no supiera qué decir, él aprovechó su confusión y volvió a besarla. Esta vez, con un poco más de pasión. Carlina que nunca había sido besada en la boca y, mucho menos con tal frenesí, no sabía qué hacer. Sin embargo, como Germán la apretara contra sí, se zafó de sus brazos.

-¿Qué pasó?, dijo él.

-No me gusta que me abrace y me bese de esa manera.

-Así, ¿cómo?

-Como si quisiera devorarme. Yo nunca he besado, pero sí he visto en las películas besos de esos y sé cómo terminan.

-Perdóname, te lo ruego. No fue mi intención ofenderte ni violentar tus sentimientos. Te juro que no volverá a pasar.

-Eso espero. Y, por lo pronto, regrese a la sala, que yo tengo que ayudar a mi prima a atender a los invitados.

-¿Me perdonas?

-Sí, pero váyase.

Más tarde, cuando Carlina terminó de repartir una tanda de bebidas, mientras su prima hacía otro tanto con los entremeses, Germán la invitó a bailar y Carlina aceptó. Bailaron y él consiguió que ella olvidara el incidente. Más aún, más tarde la escena del beso en la cocina se repitió. Para entonces, él sabía que no podía excederse en su efusión y ella había aprendido a disfrutar de los besos de Germán.

Cuando, pasada la media noche, la fiesta llegaba al final, Germán y Carlina ya se consideraban novios y, en verdad, ambos se sentían muy felices de serlo.

Los años pasaron. Germán se graduó de abogado, consiguió trabajo en el bufete de uno de sus profesores y empezó a litigar en el área del Derecho Civil. Para entonces, había conseguido unas horas de cátedra en su alma mater. Cuando ya había logrado establecer un buen nombre en los estrados judiciales, montó su propia oficina. Al conseguir, con el correr de los años, que sus servicios fueran muy solicitados y así haber asegurado ingresos constantes, pidió la mano de Carlina y se casaron.

En el tiempo prudencial y normal, tuvieron dos hijos: un niño y una niña -Gonzalo y Lucía- que consolidaron la felicidad de Germán y Carlina que cada día se amaban más.

Un día entre semana -habían pasado cerca de veinte años desde cuando Isabel se fuera para Cali- Carlina estaba en el supermercado cercano a su casa haciendo compras, cuando oyó que la llamaban por su nombre. Alzó la vista y vio a una elegante señora, joven aún, que con el brazo en alto la saludaba.

-¡Carlina! ¿No te acuerdas de mí?

            Carlina se acercó a la susodicha señora y algo en la mente le decía que no era una desconocida quien la interpelaba. Sin embargo, no recordaba de quién podría tratarse. Al ver la duda pintada en el rostro de Carlina, la elegante y apuesta señora, le dijo:

-Carlina, soy yo, Isabel.

-¿Cómo? Pero si estás lo más de elegante y de guapa con ese vestido de última moda. ¿Cuándo llegaste? ¿Dónde vives? ¿Qué haces?

-Vamos con calma. Llegué hace un par de semanas con mi esposo Augusto y mi hija María Isabel. Vivimos en un apartamento del quinto piso del edificio que queda enfrente a este supermercado y, por último, me dedico a ser feliz. Y tú, ¿cuéntame qué es de tu vida?

            Carlina le contó de su vida y le dijo que, de manera coincidencial, ella y su familia vivían en el mismo edificio, pero en el primer piso.

            El viernes de esa semana, hacia las ocho de la noche, Carlina y Germán fueron a visitar a Isabel y a Augusto. Las dos amigas hicieron las presentaciones y, rápidamente, se formó una camaradería, como si todos cuatro se conocieran de toda la vida. El compañerismo volvió a nacer entre Carlina e Isabel y pronto les fue contagiado a Germán y a Augusto.

            La velada transcurrió alegre y cordial. Augusto les contó que era ingeniero electrónico, que trabajaba con la empresa estatal de comunicaciones y que, desde antes de su traslado a Bogotá, tenía a su cargo la dirección de la instalación y mantenimiento de las torres transmisoras en todo el centro del país, por lo cual debía viajar con frecuencia y por períodos de duración inconstante, lo que no lo entusiasmaba mucho y, por eso, estaba contemplando otras opciones de trabajo, si no lo trasladaban pronto a otra área de la empresa.

            Por su parte, Germán les habló a sus amistades, de su trabajo de abogado, de sus clases en la universidad y de la felicidad en su matrimonio.

            Cuando ya había pasado la media noche, Germán y Carlina se despidieron de sus amigos y bajaron a su apartamento.

            Como Carlina ni Isabel trabajaban, se visitaban casi que a diario. Pronto se pusieron al día en todo lo que habían hecho con sus vidas durante esos veinte años. Así, Carlina se enteró que su amiga se había casado hacía apenas tres años y que adoraba a su pequeña hija.

            A medida que pasaban los días y los encuentros entre las dos amigas se hacían cada vez más frecuentes, las confidencias volvieron a florecer entre las dos. Un día, Isabel le dijo a Carlina mientras saboreaban, en casa de ésta, un delicioso café recién hecho:

-Imagínate que ayer me volví a encontrar con uno de mis antiguos novios y me invitó a cenar y a bailar y, como Augusto está de comisión en el Tolima, acepté y estuvimos divirtiéndonos hasta la madrugada, recordando nuestros ajetreos amorosos de antaño. Mañana viernes, repetiremos la faena.

-¿Cómo así, Isabel?, y ¿el respeto con tu marido?

-Ay, Carlina; tú no cambias; igual de rigurosa que siempre. ¿No te acuerdas que el día que nos reencontramos, te dije que mi prioridad era mi propia felicidad? Pues, como Augusto se la pasa viajando, pues yo no me voy a enclaustrar en el apartamento. Además, qué sé yo lo que él hace mientras está ausente.

-Esas suposiciones no te dan argumentos para serle infiel a tu marido que, desde lejos se ve que es un buen hombre.

-Tan bueno, que a veces, me parece soso.

-Pero fue el que elegiste como marido y le juraste fidelidad y amor.

-No me vengas con tus fastidios monacales. Tú has debido meterte a monja.

-No, no son monsergas de monja. No se necesita llevar hábitos conventuales para ser honesta.

-¿Sabes qué? Me voy, porque hoy me siento tan feliz después de haber hecho el amor con mi antiguo novio, que no quiero empañar esta dicha con tus regaños y, sobre todo, que te vayas a disgustar conmigo y me retires tu amistad, que es una de las pocas cosas sanas que aún conservo en la vida. Adiós, nos vemos otro día.

            Carlina se quedó haciéndose cruces, mientras veía salir a su amiga, contoneándose como una adolescente coqueta e irresponsable. Cuando Germán llegó a almorzar, ella le contó lo que Isabel le revelara.

-Esa mujer es una mala influencia para ti.

-No seas tonto; yo a Isabel la conozco desde cuando éramos unas niñas pequeñitas y siempre ha sido así, alocada, irresponsable, coqueta, liviana. Recuerdo que en la adolescencia, cuando estudiábamos el bachillerato, ella cambiaba de novio como cambiar de camisa. Y yo, al principio, la regañaba por eso; pero después me aburrí de ver que ella no cambiaría y, en cambio, yo me desgastaba tratando de hacerla entrar en razón.

-Sí, pero ahora es una mujer casada que le debe respeto a su marido y a su hija.

-Estoy de acuerdo contigo; pero ese debido respeto no es el punto, pues no tiene discusión; lo que no convengo contigo es que pienses que Isabel pueda influenciar en mi conducta. Primero, yo no soy así y, segundo, ya estoy muy crecidita como para que alguien me haga cambiar de conducta. Y, por si fuera poco, yo te amo y respeto (como espero que tú lo hagas conmigo) y, por nada ni nadie, voy a caer en engaños hacia ti.

-Pero, no olvides el dicho, “tanto va el cántaro al agua, hasta que por fin se rompe”, o este otro, “dime con quién andas y te diré quién eres.”

-Volvemos al mismo punto: Isabel podrá hacer con su vida lo que quiera, que a mí no me va a hacer cambiar de conducta.

-Bueno, está bien. Pero, de todas maneras, sería mejor que la frecuentaras menos.

-Correcto, lo haré por complacerte; aunque va a ser difícil zafarme de ella.

-Simplemente, cuando te convide a alguna parte, invéntate alguna excusa y cuando quiera hablarte de su vida licenciosa, cámbiale el tema.

-Sí, así lo haré. Pero te digo que exageras cuando hablas de “su vida licenciosa”, porque hasta donde sé, no es que ande con uno y con otro. Sólo me habló de su antiguo novio.

-Caramba, se me hizo tarde; en media hora tengo una audiencia en el Juzgado 5º.

            Y besando a Carlina en la boca, como lo hacía desde cuando eran novios, Germán se despidió de ella.

            Una tarde, Carlina se presentó en el apartamento de Isabel hacia las cuatro y la encontró radiante y hermosa como nunca. Carlina no pudo  más que admirar el porte y la donosura de su amiga de la infancia, de su reencontrada amiga de siempre. Y dentro de su aun inconcebible ingenuidad, le dijo:

-Amiga, estás radiante. Augusto, ¿llegó?

-Definitivamente Carlina, tú seguirás siendo la novicia de siempre; a ti no se ha despegado el hábito de las monjas. ¿Tú todavía estás convencida de que yo me arreglaría así para reunirme con Augusto, a quien ya tengo domado? No, mi querida amiga, ahora me voy a reconquistar a un hombre a quien perdí hace un par de años.

            Tratar de pintar el asombro y la cara de sorpresa de Carlina sería imposible. Tanto la turbaron las palabras de su amiga, que se las hizo repetir. Cuando no le quedaron dudas, sólo atinó a decir:

-Me voy; tú eres imposible. No has cambiado, sigues siendo la misma de hace  veinte años; igual de intrascendental, vacía, hueca, con la mente y el corazón llenos de cucarachas. ¿Sabes qué?, Germán tenía razón, tú eres una mala influencia para toda aquella persona que confíe en ti. Me voy; cuando madures, búscame, que yo sabré aconsejarte.

-Entonces, ¿ese es el concepto que le merezco a tu marido?

            Así pasaron las semanas, sin que Carlina e Isabel volvieran a encontrarse. Cuando Germán le preguntaba por su amiga de la infancia, Carlina le respondía invariablemente:

-Desde el día cuando la puse en su sitio, no he vuelto a verla.

            Hasta que un día, cuando su marido le repitió la consabida pregunta, ella estalló:

-Pero bueno, ¿acaso no vivías diciéndome que terminara esa amistad tan nociva?

            Germán, un tanto sorprendido por la explosiva respuesta, pero más por la actitud extrañamente irascible de su esposa, sólo atinó a decirle:

-Está bien, mujer; no era para que te molestaras. Solamente te he preguntado por ella, porque noto que la echas de menos. Además, acabo de encontrarme con Augusto y me ha preguntado, muy extrañado, por qué no hemos vuelto a visitarlos. Le dije que habíamos estado muy ocupados, preparando el cumpleaños de nuestra hija; pero que esta noche íbamos al apartamento de ellos a tomarnos unos tragos. Fue lo primero que se me ocurrió para evitar que hiciera más indagaciones sobre tan extraño alejamiento, después de la inicial camaradería. Además, me dijo que necesitaba pedirnos un favor.

-¿De qué se tratará?

-Ni idea, dijo Germán y agregó, -Esta noche lo sabremos.

            En efecto, esa noche de viernes, Germán y Carlina subieron hasta el apartamento de Augusto e Isabel, llevando él una botella de whisky y ella una bolsa de pasabocas.

            Como a Isabel no le convenía de a mucho entrar en detalles sobre el distanciamiento con su amiga, obvió toda pregunta al respecto. A la segunda o tercera copa de trago, ya la conversación fluía animada sobre hechos triviales y uno que otro tema familiar sobre la crianza de los hijos. Entonces, Germán le preguntó a Augusto sobre el favor que iba a pedirles.

-Ah, sí. Dijo el interpelado. -Ocurre que Isabel quiere que mandemos pintar el apartamento, pero temo que el olor a pintura le haga daño a la niña. Además, no me agrada mucho dejar solas con extraños a Isabel y a la niña.

-No te preocupes, Augusto. Ni Carlina ni yo tenemos inconveniente alguno en hospedarlas un tiempo. A propósito, ¿cuántos días van a durar esos señores pintándoles el apartamento?

-Ellos dicen que cinco o siete días. Es decir, semana y media. Esos son los días que voy a estar en comisión en el Vaupés. Yo viajo el próximo miércoles.

            Las dos parejas de amigos siguieron charlando animadamente durante un par de horas, mientras consumían la botella de licor. Cuando Augusto quiso sacar otra botella, Carlina le dijo a Germán:

-Mi amor, yo creo que debemos irnos; pues mañana temprano tengo que llevar a la niña donde la modista.

-Sí; yo creo que es suficiente por hoy. Isabel, nos avisas con tiempo para que Carlina les prepare con tiempo una alcoba.

-Sí, claro.

            El jueves siguiente, bien temprano, llegaron las huéspedes. Carlina les había preparado una habitación frente a la alcoba matrimonial. En los días previos, Isabel había visitado de manera cotidiana a su vieja amiga. Ninguna de las dos había tocado el tema que provocara el alejamiento reciente entre ellas. Los subsiguientes días de esa semana todo ocurrió dentro de la mejor cordialidad; las dos amigas intercambiaban recetas de cocina y algunos trucos caseros sobre el mantenimiento de las prendas de tejidos finos. Aunque Carlina mantenía firmes las riendas de la casa, en ocasiones permitía que su amiga tomara algunas decisiones e impartiera las órdenes necesarias a la empleada del servicio.

            El sábado en la mañana llegó de visita Ramiro, un sobrino adolescente de Germán, hijo de su hermana mayor que vivía en Girardot. Por la tarde, Carlina y su esposo tuvieron que ir donde un hermano de éste, a saludarlo en su cumpleaños. Hacia las once de la noche estaban ya de regreso. Su sorpresa fue mayúscula cuando al abrir la puerta de la calle, encontraron a Isabel y a Ramiro, bailando muy apretados. De un solo golpe de vista, Germán captó la escena: una segunda botella de aguardiente a medio acabar, los vasos aun conteniendo licor, los cigarrillos consumiéndose en el cenicero; en fin, todo -unido a los antecedentes de liviandad de Isabel- apuntaba hacia un plan demasiado comprometedor. Por eso, Germán exclamó:

-¿Qué significa esto? Ramiro, apague ese equipo de inmediato y todo el mundo a dormir.

-Germán, por favor, déjanos un rato más, mientras terminamos la botella de aguardiente, dijo Isabel en tono meloso.

-No señora. Ya es tarde y además, no es sano ni juicioso este espectáculo.

-Tío, por favor, media hora más.

-Ni un minuto más. ¿Es que no entienden que eso que están haciendo es bochornoso?

            Isabel, haciendo una mueca de disgusto, mezclada con algo de desdén, dijo:

-Está bien. Ramiro, apaga el equipo de sonido, mientras yo recojo los vasos, limpio el cenicero y guardo la botella de aguardiente.

-Nada de eso; dejen todo así que yo me encargo de arreglar ese desorden y ustedes váyanse a dormir.

-Germán, yo no pensé que fueras tan chocho. Pareces un anciano de ochenta años.

-Como quieras; pero este relajo se acaba aquí en este instante.

            Cuando Germán terminó de arreglar la sala, apagó el equipo de sonido, cerró con llave la puerta de la calle, prendió la alarma de seguridad y subió a acostarse.

            Antes de entrar a su alcoba, pasó por las alcobas de sus hijos y vio que, en el cuarto de Gonzalo, ya estaba acostado su sobrino Ramiro. Se acercó y tocándolo en el hombro, le dijo:

-Mañana hablamos con calma.

-Sí señor, contestó Ramiro, haciéndose tal vez el adormilado.

            Llegó a su alcoba y, como había sido usual en ellos, dejó entornada la puerta; se puso la piyama y se acostó. Al notar que su esposa dormía, él también trató de conciliar el sueño. Sin embargo, los últimos sucesos lo pusieron a cavilar. Sopesaba el hecho de la actitud irresoluta de Isabel, la aparente ingenuidad de Ramiro y todas las restantes circunstancias que pudieran desencadenar un acto irresponsable de Isabel y las consecuencias que esto pudiera acarrear a su amistad con Augusto. Estaba meditando sobre esta situación, cuando alcanzó a ver a trasluz una sombra que abría la puerta del cuarto de Isabel y se introducía sigilosamente. Éste no podía ser otro que Ramiro. Entonces, despertó a Carlina y le comentó lo que acababa de ver. De un salto, ella se levantó, se puso una bata y unas chancletas y se dirigió al cuarto que ocupaban Isabel y su hija pequeña. Detrás de ella, iba Germán. En el entretanto podrían haber transcurrido cinco minutos. Abrieron la puerta y encontraron a Ramiro y a Isabel besándose apasionadamente, mientras se desvestían mutuamente. En su cuna, la niña sentada observaba la escena.

-¿Qué es esta falta de respeto?, tronó Germán.

            Isabel, que para ese momento se encontraba ya semidesnuda, sólo atinó a decir:

-Perdón, no sé qué nos pasó.

-Yo sí sé que pasó. Tú no eres más que una mujer casquivana e irresponsable, que no sabe contener sus impulsos hormonales. Y tú, Ramiro, no pareces el hijo de tus padres. Pues ese proceder irrespetuoso rebasa toda norma y los llenaría de ira y vergüenza. Ahora mismo te vas para tu cuarto y a ti, Isabel, te voy a dejar encerrada con llave; pues veo que es la única forma de mantenerte alejada de tu insano proceder.

            Y diciendo y haciendo, cerró con llave el cuarto de la liviana mujer y convidó a su esposa a dormir. Sin embargo, esto no fue posible de inmediato; pues, primero debían decidir qué hacer con Isabel. En cuanto a Ramiro, no habría problema, ya que ese domingo se iría para donde una de sus tías. También estaba el hecho de hacer las cosas sin necesidad de enterar a Augusto de la realidad de los acontecimientos. Al final resolvieron que, al despertar, tomarían la decisión más apropiada, buscando evitar dañar el matrimonio de esa perdida.

            A la mañana siguiente, bien temprano -no eran aún las siete- Germán le dijo a Carlina que fuera a despertar a Isabel, pues era perentorio hablar con ella y poner las cosas en su sitio.

            Media hora después Isabel, ya bañada y vestida, se asomó a la sala donde Germán y Carlina la esperaban. Con el rostro adusto, Germán le dijo:

-Isabel, lo que pasó anoche no tiene ninguna presentación. Pues, no solamente traicionaste nuestra confianza, sino -lo que es peor- le fuiste infiel a tu marido y expusiste a tu pequeña hija, cuando estuvo observando tu inmoral acción. Tú seguramente estarás pensando que yo, con autorización de quién te llamo la atención y, antes de que empeores la situación con alguna impertinencia, te digo que, el hecho de ser el dueño de casa, sumado al de que tú eres la huésped, me dan todo el derecho y la obligación de recriminar  tu acción de anoche. A Ramiro, pienso llevarlo esta misma tarde donde mi otra hermana. Dinos, con absoluta franqueza, qué puedes agregar a esto.

-Germán y Carlina, yo estoy muy avergonzada por lo que sucedió anoche; en realidad, no sé qué me pasó; debieron de ser los tragos que me tomé; de pronto fue la perturbadora juventud de Ramiro o, tal vez, la soledad de ambos o, a lo mejor, todo lo anterior. Lo único cierto es que me he despertado esta mañana con una sensación de culpa tan grande, como no la sentía desde el día en que perdí mi virginidad y le mentí a mi mamá sobre lo que había hecho esa tarde. Les ruego que me perdonen.

            Carlina comprendió, al notar sinceridad en las palabras de su amiga, que en verdad estaba arrepentida de su mala acción y que se le notaba la vergüenza en el rostro; en ese momento sintió pena por su amiga de la infancia y de la adolescencia. Y recordó esa tarde de colegio, cuando Isabel, muy perturbada, le contó su primera experiencia sexual y cómo le había mentido a su mamá la tarde anterior, diciéndole que había estado ensayando en el coro del colegio, para luego agregar que, en la noche, había demorado en conciliar el sueño, pues el complejo de culpa no la dejaba estar tranquila. Por eso, le dijo, poniéndole una mano en el hombro:

-Tranquila, Isabel; si en verdad estás arrepentida y nos juras que esto no volverá a suceder, olvidaremos todo. Yo sé que Germán piensa lo mismo. Más aún, ahora nos preocupa más guardar el secreto para que Augusto nunca sepa nada de lo sucedido anoche, ya que a nosotros nos daría vergüenza con él, al no poder protegerte de ti misma.

-Así es. -Dijo, lacónico, Germán. Y luego agregó. -Carlina, apurémonos que se nos está haciendo tarde para la misa.

            Y dirigiéndose a Isabel, dijo,- Quedas sola en la casa, pues los niños y Ramiro van a misa con nosotros.

            La semana transcurrió dentro de la mayor normalidad, pues ese domingo en la tarde tal como estaba previsto, después del almuerzo, Ramiro se fue para donde la otra hermana de Germán. El miércoles de la siguiente semana llegó Augusto. Para entonces, ya los obreros habían terminado su labor e Isabel y la niña pudieron regresar a su apartamento.

            El viernes en la noche, Augusto e Isabel recibieron a Germán y a Carlina a quienes habían invitado para cenar, en agradecimiento por la hospitalidad que estos les habían dado a Isabel y a la niña. La cena y la posterior tertulia que sostuvieron las dos parejas, transcurrieron dentro de la mayor cordialidad y hasta bailaron un rato, inicialmente cada señor con su esposa; pero más adelante, Augusto invitó a bailar a Carlina e Isabel hizo lo mismo con Germán. Así bailaron varias piezas musicales. Durante una de ellas, Isabel le dijo a Germán, mientras se le apretaba más de lo debido, rozándole el tórax con los pezones:

-No te imaginas lo agradecida que estoy contigo por tu prudencia y tu generosidad y sé que tú estás esperando que te corresponda. La semana entrante Augusto vuelve a viajar; si quieres, podemos encontrarnos en un sitio muy acogedor que yo conozco y allí podrás saber cómo sé retribuir los favores que me hacen.

-Isabel, tú bien sabes que eres una mujer muy hermosa, a la cual muchos hombres deben desear; pero tu marido es mi amigo y mi esposa ha sido no sólo tu confidente, sino también tu amiga de toda la vida. Además yo amo a Carlina desde el primer día en que la besé y sé que yo he sido el único amor de su vida. Por todo eso, te agradezco tu generosidad y haz de cuenta que ya me pagaste el favor, si es que yo te he hecho alguno.

-Eso quiere decir ¿qué desprecias mi ofrecimiento? ¿Tan poca cosa te parezco que me crees indigna de ser tu amante, así sea por una sola vez?

-No, Isabel, ya te lo dije; eres tan hermosa que cualquier hombre haría cualquier cosa por hacerte suya; pero no se trata de eso, de sólo deseo, de lo únicamente carnal; se trata de amor y te repito, yo amo a Carlina y sería incapaz de traicionarla; menos con la que ella considera su mejor amiga.

-Pero, ¿tú crees que la insípida de Carlina se puede mover en la cama, mejor de cómo lo hago yo? Además, esa noche en tu casa, cuando me sorprendieron con Ramiro, me di cuenta de que no apartaste la mirada de mis senos y de mi cuerpo semidesnudo.

-Perdona, Isabel; pero esta conversación está cayendo muy bajo. Menos mal, esa salsa ya terminó. Olvidemos todo lo que nos dijimos.

            Se tomaron unos pocos tragos más y, cuando sonó otra pieza bailable, Germán se apresuró a sacar a bailar a su esposa; evitando así seguir la peligrosa conversación que Isabel pretendía tener con él. Media hora después, se acababa la reunión.

            Pasaron algunos meses, dos o tres, y todo había vuelto a la cotidianidad. Augusto viajaba con alguna frecuencia, Germán distribuía sus horas hábiles entre el bufete, los juzgados y la universidad. Los fines de semana, si Augusto estaba en la ciudad, las dos parejas se tomaban unos tragos; eso sí, cuando hablaban de bailar, Germán se quejaba de que le dolía una pierna y hasta ahí llegaban los deseos de danzar.

            Habría pasado un año, cuando una noche de viernes, al salir Germán de clases, como a las ocho de la noche, y ya iba a subirse al auto para ir a su casa, vio venir a Isabel vestida con una minifalda apretada y un saco que medio la protegía del frío.

-¡Que coincidencia tan agradable!, dijo ella al ver la cara de estupor de su vecino y amigo.

-¿Qué estás haciendo por aquí?, fue lo único que se le ocurrió decir a Germán.

-Si te dijera que te estaba esperando, ¿me creerías?

-Definitivamente, tú no tienes remedio; ¡estás loca o perdiste el sentido del pudor!

-Lo que perdí fue la paciencia. Si no me haces tuya esta noche, le diré a Augusto y a Carlina que tú no dejas de acosarme. Que me llamas casi todos los días desde tu oficina a proponerme que hagamos el amor; a decirme que no aguantas más el deseo de poseerme; que nos fuguemos y nos olvidemos de todo el mundo. Incluso le diré a Carlina que has querido chantajearme, diciéndome que si no me acuesto contigo, le cuentas a Augusto lo de esa noche con tu sobrino. En fin, podría extenderme más, contándote todo el arsenal de argumentos que puedo esgrimir en tu contra, si te sigues negando a mis deseos. ¿Quieres saber una cosa? Te me convertiste en una obsesión. A lo mejor, resultas ser un mal polvo y después de satisfecha mi curiosidad, te deje ir. Pero eso sí; si me satisfaces en la cama, prepárate, porque lo que te espera, es candela viva.

-Isabel, no sé si admirar tu descaro o compadecer tus bajezas.

-¡Me importa un carajo tu opinión al respecto! Lo único que me interesa de ti, en este momento, es tu sexo. Así que no perdamos más el tiempo y vamos a donde te dije esa noche. Por Augusto no te preocupes, que está viajando y, a Carlina, pues le cuentas cualquier mentira que se te ocurra. Además, a lo mejor, no nos demoramos mucho.

-Vamos a hacer un trato, dejémoslo para otra ocasión; esta noche me siento un poco decaído, me duele la cabeza y tuve un mal día, pues perdí un caso muy valioso. En este estado depresivo en que me encuentro, soy la peor compañía imaginable; sobre todo para lo que tú deseas de mí.

            A regañadientes, Isabel aceptó las evasivas de Germán y paró el primer taxi que pasó. Ni siquiera aceptó que Germán la llevara. “No pretenderás que me quede así como me has dejado. Voy a buscar a un amigo que sí sabe de lo que soy capaz de hacer en la cama.” Dijo, cuando estiraba la mano para parar el taxi en el que se subió sin despedirse.

Germán se quedó pensativo. Más aún, aprovechando que venía un profesor, colega y amigo, lo invitó a tomarse una cerveza en el bar de la esquina. A las primeras de cambio, le resumió su dilema.

-Pues, hombre, Germán, yo no me haría de rogar. Si la mujer es tan linda como dices, si tiene ese cuerpo tan hermoso y tan deseable, yo de una, me la llevaría a la cama y le quitaría todos esos resabios que debe tener.

-Pero es la mejor amiga de mi esposa y su esposo es amigo mío.

-Pues de malas tu señora y el esposo de esa hembra. Porque, amigo mío, esa es una de esas oportunidades que sólo se dan una vez en la vida. Si ahora te niegas -suponiendo que esa mujerona no cumple su amenaza- mañana te vas a arrepentir de haber dejado pasar ese bocado.

-¿Sabes una cosa, Julián? No he debido contarte nada. En vez de aclararme las cosas, me has confundido peor. Me voy.

            Diciendo esto, Germán se paró, se dirigió a la barra, pagó las cervezas y con la mano en alto, se despidió de su amigo y colega.

            Ese fin de semana, fue un calvario para Germán. El sábado en la tarde, Isabel se presentó en su apartamento, vistiendo de la manera más seductora que alguien pueda imaginarse: una minifalda amplia que dejaba al descubierto sus hermosas piernas hasta casi la mitad del muslo, una blusa descotada que parecía que iba a perder los botones al primer suspiro y que de hecho ya mostraba el nacimiento de los senos, el pelo recogido en una moña que dejaba al descubierto su cuello de cisne y unos zapatos que mostraban los talones y realzaban el torneado de sus pantorrillas. Para colmo de males, se sentó frente a Germán que pretendía leer un libro y, al descruzar las piernas, le mostró que no llevaba ropa interior.

            Con el pretexto de ir a comprar unas cervezas a la tienda de la esquina, Germán se levantó y salió del apartamento; al cual regresó como dos horas después, diciendo que se había encontrado con un amigo a quien no veía desde la universidad y que se le fue el tiempo sin darse cuenta.

            Para entonces Isabel, al ver que no le había salido bien su juego de seducción, se había subido a su apartamento, diciéndole a Carlina que iba a llamar a algún amigo que la invitara a salir o, si no, se ponía ver películas en la televisión, puesto que Augusto estaba viajando.

            El lunes siguiente, en horas de la tarde en su oficina, Germán tomó la decisión. Cambiarían de casa. Muy claro tenía el hecho de que Isabel no desistiría de arrastrarlo al adulterio y él no quería engañar a Carlina. Ese mediodía, mientras almorzaban, había estado observando a su esposa y la vio tan casta, tan pura, tan digna, que se juró a sí mismo, que jamás la engañaría. De inmediato, le dijo a su secretaria que llamara a algunas agencias de bienes raíces y averiguara sobre las posibilidades de permutar su apartamento por una vivienda bien situada, lejana del sitio actual de su residencia. Cuando la secretaria le preguntó -abusando de su confianza- el porqué de esa súbita decisión, él sólo atinó a decirle que “algún día le contaría.”

            Dos semanas después, ya Germán había firmado escrituras, permutando su moderno apartamento por una casa de mediados de siglo, situada en Teusaquillo. Sólo entonces, le contó a Carlina lo de la transacción. Alarmada, ésta le preguntó:

-¿Por qué hiciste esto, sin contar conmigo y sin siquiera ponerme sobre aviso?

-Algún día te lo contaré. Fue su lacónica respuesta, la cual le arrancó una leve sonrisa, cuando se acordó que fue la misma que le diera a su secretaria, días antes.

-Y, ¿por qué te ríes?

-Porque, cuando tomé esta determinación, a mi secretaria le sorprendió y me preguntó por qué lo hacía y le respondí lo mismo que te acabo de contestar a ti.

-Espero que estemos haciendo lo correcto. Y, para donde nos vamos, ¿si es un sitio agradable?

-El sector es más espléndido que este. Claro está que este apartamento es más moderno que la casa que acabamos de adquirir. Pero yo pienso que una cosa compensa la otra. Además, queda más cerca del colegio de Lucía y de la casa de tus padres y hasta de la universidad de Gonzalo.

-Bueno, si ya es un hecho cumplido, pues qué le vamos a hacer. ¿Cuándo no mudamos?

-El próximo fin de semana, cuando terminen de hacer algunos arreglos que consideré necesarios para tu mayor comodidad.

-Gracias, mi amor. Dijo Carlina y le dio un cariñoso beso en la boca a su esposo.

-Ah, me olvidaba de decirte algo: no les comentes nada todavía a Isabel y a Augusto.

-¿Por qué?

-Algún día te lo contaré.

-Bueno, la verdad es que no entiendo el misterio.

-No te preocupes; no hay ningún misterio; es solamente que no quiero despedidas llorosas ni melodramas baratos.

-Pues sigo sin entender.

– Algún día te lo contaré.

-Y dale con la misma respuesta misteriosa.

-¿Sabes una cosa? Aprovechemos el tiempo y empecemos a empacar.

-Será como tú digas.

            El siguiente fin de semana, sábado hacia las diez de la mañana, llegó el camión de la mudanza y subieron todos los bártulos que la pareja había logrado acumular en tantos y tan felices años de matrimonio y hacia medio día, partieron para su nueva vivienda.

            El lunes, al terminar su última clase, Germán encontró en la salida de la universidad a una Isabel furibunda, que parecía que quisiera fulminarlo con la mirada.

-Eres un miserable cobarde. Ni siquiera tuviste el valor de decirme que ibas a huir. No sólo me quitaste la posibilidad de hacerte feliz, sino que también me robaste la única amiga que he tenido en la vida. Además, ¿crees que me sería difícil saber dónde vives ahora? Me bastaría con contratar a un detective que te siguiera después de clases y,  luego de saber dónde vives, también podría averiguar dónde queda tu oficina y, así,  podría hacerte la vida imposible. Pero, he llegado a la conclusión de que no vales tanto esfuerzo. Yo sólo quería que nos divirtiéramos un poco. Sacarte de la rutina en que tu monja te ha tenido; pero no quisiste. Tú te lo pierdes. Adiós. Ah, y como me divertiría si alguna vez, Carlina se decidiera a ponerte los cuernos. Pero qué va; esa es tan tonta como tú. En verdad, están hechos, el uno para el otro.

            Diciendo esto, dio media vuelta y se alejó, contoneándose de manera provocativa, como si quisiera dejar en la retina de Germán la imagen de algo que pudo hacer suyo y despreció por tonto, por pacato, por imbécil. No obstante, Germán percibió un alivio tremendo en el fondo de su corazón cuando la vio partir. Sintió que se descargaba de un peso horrendo que le estaba oprimiendo el pecho. Tuvo la sensación de que volvía a respirar.

            El tiempo pasó. Gonzalo, el hijo mayor ya había terminado sus estudios universitarios en ingeniería; Lucía avanzaba por el noveno semestre de bacteriología. Germán había sido nombrado decano de la facultad de Derecho y había dejado el litigio, para dedicarse por completo a la academia.

            Una noche de viernes -siempre en viernes- estaban viendo, desde la comodidad de su lecho, el noticiero de la noche, cuando la presentadora dio el alarmante anuncio: “¡Atención! Última hora. ¡Acaba de estallar un cilindro de gas propano en un apartamento del barrio La Esmeralda! La tragedia ocurrió en el quinto piso de la torre “B” del conjunto residencial. Hasta este momento se desconoce si hay víctimas mortales. ¡Seguiremos informando!

-¡Ese es el edificio donde vivíamos! Dijo consternada Carlina y agregó, -Y ese es el piso de Augusto e Isabel.

-Sí. -Fue todo lo que se le ocurrió decir a Germán.

-Llamemos para saber si ellos están bien. Si los tres estaban en el apartamento o habían salido.

-Bueno, llama.

            Dijo Germán, sin mucho ánimo; pues le atenazó la preocupación de tener que volver a saber de alguien a quien ya había olvidado y había logrado sacar de sus pesadillas. Ya que, en ese momento, recordó que hasta hacía un par de años, todavía soñaba con Isabel. A veces, poseyéndola; en ocasiones, huyendo de ella, y no faltaban las noches en las que soñaba que, después de hacerla suya, ella lo denunciaba ante Augusto y Carlina y, ambos lo perseguían para matarlo. Recordó que una noche despertó sudando -pese a las gélidas noches bogotanas- porque en el sueño -o mejor, la pesadilla- Isabel, al verse rechazada una vez más, le atravesaba el pecho con un puñal.

            Mientras él recordaba sus pesadillas -las que ya había logrado superar- Carlina seguía insistiendo en el teléfono.

-Nadie contesta. Repica y repica y no hay respuesta. ¿Qué pasaría?

-Espera, la interrumpió Germán. -Van a ampliar la noticia.

            En efecto, la presentadora del noticiero ya estaba hablando al respecto: “¡Atención! Últimas noticias sobre el siniestro del barrio La Esmeralda. Estamos en contacto con nuestro corresponsal desde el lugar de la tragedia. Porque sí, amables televidentes; hubo una tragedia. Adelante, corresponsal Burgos.”

            “Sí. Aquí, desde el lugar de los hechos, trasmite su noticiero ABC. Hay dos personas muertas y una herida. El dueño del apartamento 503 (aquí se sobresaltaron Germán y Carlina: «Ese es el apartamento de ellos», dijo Germán. «Sí», le respondió Carlina), al llegar luego de una correría de trabajo -según pudimos averiguar, se trata de un ingeniero de la Empresa de telecomunicaciones- encontró la puerta de su alcoba cerrada con llave y alcanzó a escuchar unos gemidos delatores en su interior. En seguida, golpeó con fuerza y rabia la puerta, exigiendo que se le abriera de inmediato. Los gemidos cesaron y él se quedó esperando un rato, mientras suponía que le iban a franquear la entrada a la habitación.

            “Cuando, al ver que los segundos pasaban y la puerta continuaba cerrada, se devolvió un poco, para tomar impulso y, de un puntapié, abrirla. En ese momento, sintió ruido a su espalda y al mirar, alcanzó a ver la figura de su esposa, semidesnuda, entrar por el balcón a la cocina y, en un acto demencial, cortar con un cuchillo la manguera del cilindro de gas y lanzarle un fósforo encendido. La explosión fue instantánea. El cuerpo de la esposa salió proyectado hacia el pasillo donde él se encontraba; simultáneamente, la puerta de la alcoba se desprendía del marco en una implosión pasmosa y el dueño de casa alcanzó a ver cómo, el cuerpo del amante de su esposa, salía proyectado hacia el exterior a través del balcón.           

            “Sobra decir que la esposa del dueño de casa y su amante murieron de inmediato. El ingeniero sufrió algunas quemaduras leves y se recupera satisfactoriamente. La hija del matrimonio (una agraciada jovencita que termina su bachillerato este año), se salvó porque estaba en una baile con unas compañeras del colegio.”

            A medida que el corresponsal narraba la tragedia, desde el mismo lugar de los hechos, a Carlina se le fueron humedeciendo los ojos. Cuando terminó la narración, ya lloraba abiertamente. Entre sollozos, dijo compungida:

-Pobre Isabel. Su locura la mató.

-Sí, murió en su ley.

-No seas inhumano. Esa es una expresión como para referirse a un delincuente y ella sólo era una pecadora.

-Sí, por eso dije que murió en su ley; en lo dictados de la lascivia y el desenfreno. Ella no podía tener sus hormonas en paz. Por eso murió así. Tal vez nunca pensó que Augusto regresara esta noche. O de pronto, él algo sospechaba y le mintió sobre la fecha de regreso, para sorprenderla tal como lo hizo. Lo que él no logró calcular, fue la vesánica reacción de ella. No obstante, que descanse por fin en paz. Pobrecita María Isabel.

 

FIN