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ANTE LA TUMBA DE UNA MADRE

“En las grises tardes, me sumo en un letargo y te recuerdo, madre mía.” GRG

      I

Cuando muere una madre el cielo llora,

porque sufre como suyo el inmenso dolor

que siente el hijo que ha perdido ese fulgor

con que el sol solía embellecer su aurora.

Por eso, cada ángel en el Cielo implora

pidiendo por su descanso al Dios Creador,

para que la reciba en sus brazos con amor

así como a Jesús Lo acogió Nuestra Señora.

Cuando Él bajara de la cruz escarnecida

en que nuestros pecados  Lo inmolaron

y por nuestra salvación diera Su vida.

Porque cuando muere una  madre, honda herida

se clava en el corazón de quienes bien la amaron 

y con lágrimas de dolor lloran su partida.

II

Quienes ya perdimos a quien el ser nos diera,

sabemos lo que es llevar en el  alma hondo quebranto,

al sentir que ya nunca más gozaremos de su encanto

ni el mundo volverá a ser lo que antes fuera.

Porque quien nos hizo ver la luz primera

y alegró nuestra niñez con dulce canto

ya no está; y nuestro corazón se oprime en  llanto

por quien nos quiso como nunca nadie nos quisiera.

Tener la madre viva es el más grande don del Cielo

que nunca nadie sabrá lo suficiente agradecer;

porque piensa que nunca va a necesitar consuelo

ya que sabe que ella satisface su hondo anhelo

de cariño; porque si alguien lo sabrá querer

es la madre: ese ser que nos ama sin ningún recelo.

Valledupar, 12 de noviembre de 1999