AMARILLISMO ELECTRÓNICO
(La sensatez, cada vez más, es rara avis)
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Mayo del año 2001
«Los malos periodistas son quienes reparten cizaña en la vida moderna,» Picasso
Cuando una noticia, por importante que sea, es repetida hasta la saciedad, pasa justamente eso: la opinión pública, para quien se supone va dirigida, se sacia, se satura o, peor aún, se siente hastiada. Pero si la noticia es macabra, esa saciedad, esa saturación, ese hastío, pueden producir indigestión mental.
Un noticiero de televisión no puede abusar de su audiencia, repitiendo en sus cuatro emisiones la misma noticia y, lo que es peor, adornándola con los más macabros ribetes del sensacionalismo, so pretexto de aumentar su nivel de sintonía.
Eso sucedió con la noticia sobre la ejecución del terrorista estadounidense Timothy Mc Veigh: los noticieros de las dos grandes cadenas privadas de la televisión colombiana, dejaron ahíta a la opinión nacional. Y no contentos con ello, en los programas de opinión, volvieron a sacar a colación el tema.
Por favor, la muerte de un individuo, no importa quien haya sido ni lo que haya hecho o haya dejado de hacer en vida, puede ser motivo del sensacionalismo periodístico; la mesura, la sensatez, la cordura, nos indican que no podemos regodearnos con la muerte; la cual, en ningún momento se puede convertir en un espectáculo.
Todavía peor, se puede lograr que la maleable opinión pública, desvirtúe al personaje en cuestión, de tal manera, que el delincuente fácilmente se convierta en mártir, en paradigma para individuos que carezcan de la suficiente madurez mental, que les permita discernir la bondad que pueda poseer el criminal -en razón de ser humano- sin caer en la trampa -inocente o ladinamente dejada caer por el periodista- de absolverlo de la culpa de la cual se ha hecho reo de la Justicia.
La polémica jurídica sobre las bondades o perjuicios que la pena de muerte puede acarrear, se habría podido realizar sin tanta alharaca televisual. Más aún, su hipotética aprobación en nuestro país, se puede discutir sin necesidad de mostrarnos antes, toda la parafernalia de la ejecución; ya que esta última, en cambio de hacer rechazable el delito cometido por el criminal ajusticiado, rodea a éste de un halo que bordea casi el martirologio y convierte el ajusticiamiento en algo repudiable; cuando justamente lo que se pretende con éste es crear los mecanismos de disuasión necesarios en el ánimo de posibles futuros delincuentes; independientemente de si se logra o no.
Entonces, el corolario es evidente: no se puede abusar de la noticia; no se puede pretender aumentar la sintonía basándose en sensacionalismos; no se debe correr el riesgo de volver subjetivamente bueno, lo que de manera objetiva es malo.