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EL PEQUEÑO INFANTE

(Apuntes para una novela)

 

De cómo un niño se convirtió en hombre

 

BARRANQUILLA,  COLOMBIA

 

Marzo del 2006

 

“Uno no sabe todo aquello que de la infancia (cuando ella se retira),

queda en nosotros con su aire de nostalgia.”

François Mauriac

 

En su lecho de muerte el Pequeño Infante rememoró y vio las imágenes -como quien ve una película- de los acontecimientos principales de su vida. Desde cuando conoció el dolor, hasta el momento actual, en el cual se disponía a rendirle cuentas a su Hacedor. Recordó también, el día en que su padre descubrió que ya sabía leer y, por primera vez, lo llamara “El Pequeño Infante.”

*****

Él, de apenas con una edad de dos años y medio, avanzó asido de la mano de su hermana mayor por el corredor que conducía al patio. La primera impresión que le dio el corredor fue de ser largo y sombrío. Sin embargo, años después al evocar esa tarde, caería en cuenta de que no había tal lobreguez ni el corredor era tan extenso y todo había sido producto de su falta del sentido de las proporciones, que aún no había desarrollado.

Empero, nunca pudo descifrar el porqué de esa sensación de melancolía que lo embargara esa tarde, ya que para ese entonces él aún no podía entender la causa del llanto de las mujeres ni el caminar apresurado y silencioso de los hombres, en esa aciaga tarde, cuando al pasar frente a la puerta abierta de una de las habitaciones que daban al corredor, pudo ver lo que después supo eran un ataúd y unos cirios encendidos.

La visión fue momentánea, mas no por eso menos indeleble. En su pequeña mente se acababa de formar la imagen del dolor. El llanto de su madre y la cara de aflicción de su padre eran demasiado evidentes y, a pesar de la prisa con que su hermana mayor lo conducía hacía el patio, él pudo darse cuenta de que algo raro pasaba.

Y eso que estaba sucediendo era malo, máxime cuando todos caminaban tratando de no hacer ruido, todos vestían de negro y todos lloraban.

Con el transcurrir de los años comprendió que esa tarde la familia había estado de duelo, como consecuencia de la muerte de uno de los hijos, su propio hermano de quien no alcanzó a guardar recuerdos y a quien sólo conoció en las fotografías que su madre, llena de nostalgia y los ojos anegados en llanto, repasaba con frecuencia.

A partir de entonces, todo fue luto y desconsuelo en el hogar paterno. La radio enmudeció; las hermanas mayores, que antes cantaban mientras ayudaban a la mamá en los quehaceres de la casa, también silenciaron sus cánticos; los hermanos mayores ya no volvieron a hacer reuniones en la casa; tampoco se volvieron a oír las risas de los niños.

Hasta él -el menor, el consentido, el mimado por todos- era reprendido si llegaba a reír, si llegaba a hacer ruido; su padre se volvió adusto y mantenía el ceño fruncido y la mirada triste; la madre permanecía horas enteras contemplando las fotos del hijo muerto, mientras daba rienda suelta al llanto.

Así pasó el tiempo, los días se volvieron semanas y éstas dieron paso a los meses, que no tardaron en convertirse en años. Hubo un día en que se trasladarían a Cartagena, ocasión que significó una nueva vivencia para él, quien nunca más después olvidaría la tarde cuando su padre los llevó, a él y a los otros dos hermanos menores, a conocer el mar, las murallas y el Castillo de San Felipe de Barajas.

La impresión que le causó ver esa inmensa cantidad de agua, fue algo inolvidable. De inmediato atosigó a su padre con preguntas de toda índole sobre ese piélago  inconmensurable, que parecía no tener fin. Una a una, con paciencia y sapiencia, el padre le absolvió las dudas.

En otra ocasión, unos años después, fue nuevamente con su padre -solamente los dos- a la playa. Luego de contemplar la inmensidad marina y ver los barcos, los botes y las canoas surcar el mar, el padre le dijo:

-Coge un puñado de arena y déjalo escurrir de entre los dedos. Cuando te queden pocos granos de arena, pide un deseo.

            Así lo hizo. Solícito, su padre le preguntó:

-¿Qué pediste?

-Tantos años de vida, como granos me quedaron en la mano.

            Mirando la palma abierta de la mano de su hijo, el padre le dijo:

-Me gusta tu respuesta. Dios así te lo conceda.

            Años antes de ese viaje a Cartagena, una fresca mañana en Barranquilla, al notar que en la pared posterior de la cocina -la que daba al patio, justo al lado del lavadero- sobresalía un ladrillo, se le había ocurrido que éste sería el techo perfecto de una pequeña casita de campo. De inmediato, puso manos a la obra. Con la ceniza de la estufa, una manotada de arena del patio y un poco de agua, hizo la mezcla y con piedrecillas, construyó las paredes. Unos pedazos de totumo, cortados burdamente, sirvieron de ventana y puerta. Luego con una hoja de plátano, tapó la obra y esperó hasta después del almuerzo, a la espera de que la mezcla fraguara. Cuando esto ocurrió sembró pedazos de hierba y pequeñas ramas a guisa de jardín. Luego, orgulloso, llamó a su madre para mostrarle su ingenio. Huelga decir que la madre, lo alzó en brazos y lo cubrió de besos. Cuando su padre llegó del trabajo, al caer la tarde, la madre lo sorprendió con la proeza de su hijo menor.

            Años después, al venderse la casa, para trasladarse a Cartagena, la precoz y pequeña obra de ingeniería quedó incluida en la negociación.

Un buen día, varios años más adelante, aquel niño que vimos sorprendido ante la escena de duelo en el hogar -el día en que conoció el dolor- y luego lo vimos asombrado ante la inmensidad del océano (y, antes de esto, dedicado al desarrollo del ingenio), fue encontrado por su padre, una tarde de sábado cuando éste llegaba del trabajo, con el periódico abierto en la página de las historietas. Cuando el padre, entre sorprendido y divertido, le preguntara qué hacía, mientras pasaba sus dedos por entre la cabellera de su pequeño hijo, él contestó:

-Leyendo, papá.

-Y, acaso, ¿usted sabe leer?

-Sí, señor.

-Y, ¿quién le enseñó?

-Nadie, yo aprendí solo.

-Lea algo de esa página.

            El hijo, mediante silabeos, logró leer algunos diálogos de varias historietas. El padre, complacido, volvió a acariciar la cabellera de su hijo menor.

-Este pequeño infante me resultó ser muy hábil.

Pasada la sorpresa, al colegio fue a dar, pues no se podía desaprovechar ese talento. Allí, aprendió a escribir, a sumar y a restar y, por supuesto, a mejorar sus técnicas de lectura, las cuales eran orientadas por su padre; quien le aconsejaba qué leer, recordándole siempre mantener un talante alegre, pues como dijera el gran músico Chopin, “La gente que no se ríe nunca, no es gente seria.”

Un día, las monjas del colegio le dijeron que si quería que lo prepararan para la Primera Comunión; a lo cual contestó afirmativamente. Así aprendió a conocer mejor a Dios; las oraciones que la mamá le enseñara unos años antes y que él repetía de memoria, ahora tenían más sentido. Cuando la Hermana Clara, su profesora de primer año, le preguntó cuándo quería hacer la Primera Comunión, contestó sin vacilar:

– El Jueves Santo.

– ¿Por qué?

– Porque ese día la hicieron los apóstoles, los primeros discípulos de Jesús.

– Ah sí, ese día Él instituyó el Sacramento de la Eucaristía.

– Sí. Por eso yo quiero hacerla ese día.

            Así fue demostrando una capacidad de raciocinio que habría de mantener hasta el día de su muerte.

            Al año siguiente de haber hecho la Primera Comunión, el párroco, un sacerdote norte santandereano, alto, de fuerte contextura le pidió que fuera acólito; sin dudarlo aceptó, previa condición de que se incluyera a su hermano, el que le precedía en edad. Así empezó a conocer los rudimentos del latín, que después tanto le servirían para conocer mejor el castellano.

El tiempo siguió su marcha, los hechos siguieron sucediéndose de manera inexorable. La rutina envolvía la vida diaria en el hogar del Pequeño Infante quien, a la sazón, ya estaba llegando a la pubertad. El padre seguía laborando en la misma empresa, los hermanos mayores ya habían adquirido responsabilidades en el hogar paterno, al igual que las hermanas mayores. Solamente los tres menores, todos ellos varones, continuaban estudiando.

La felicidad volvía a sonreír en el hogar. Ya se había vuelto a escuchar música en la radio, ya las hermanas habían vuelto a cantar mientras ayudaban a la madre en los quehaceres domésticos, mientras ella misma tarareaba quedamente la melodía de las canciones que sus hijas entonaban. La hermana mayor se casó con el novio de siempre y hubo fiesta en la casa.

Nuestro pequeño héroe ya estaba terminando sus estudios primarios, cuando una tarde, al regresar del colegio encontró el ambiente del hogar un tanto entristecido. Algo no andaba bien; de inmediato lo notó.

Cuando se acercó a donde su padre, para darle el beso de saludo, enseguida vio que algo malo pasaba. Su mirada estaba teñida de tristeza. Enseguida se acercó a su madre y vio que había llorado; por eso, preocupado, preguntó:

-¿Qué pasa? ¿Por qué están tan tristes?

-No es nada, tranquilo, dijo rápidamente la madre.

-No mija, es mejor que todos sepan la verdad. Sucede mijo, que estoy enfermo.

-Papá, ¿qué tiene?

-Ya se lo dije, estoy enfermo, pero no es nada grave, ya se me pasará.

-Entonces, ¿por qué llora mi mamá y usted está triste?

-A usted no se le escapa nada, dijo el padre tratando de sonreír, y agregó:

-Es que nunca me había enfermado y la noticia nos cogió de sorpresa.

-Ah. Pero se va a mejorar, ¿verdad?

-Sí mijo, con el favor de Dios.

            Sin embargo, no fue así. El padre siguió enfermo y, con el paso de las semanas, su estado de salud se agravó. El hijo mayor lo llevó repetidas veces a donde el médico, se le hicieron exámenes, hasta que un día los facultativos que lo atendían ordenaron su hospitalización, con el fin de hacerle una cirugía que ellos consideraban necesaria para la recuperación del paciente.

No obstante, ésta no pudo realizarse, dado lo avanzado del padecimiento. El enfermo se agravaba día tras día, hasta que todo acabó.

El padre del Pequeño Infante murió, sumiendo su hogar en la más honda tristeza.

Y el dolor invadió nuevamente su hogar. Pero ahora de una manera más cruel, punzante y definitiva. Tanto que, muchos años después siendo ya un anciano, al Pequeño Infante -cuando recordaba ese día- se le hacía un nudo en la garganta y los ojos se le aguaban.

La madre volvió a sufrir, pero esta vez para siempre. Ella, hasta el día de su propia muerte lloraría a su esposo, viviría para cultivar su recuerdo y para añorar la felicidad que él le diera, durante los treinta años que durara su matrimonio.

A pesar del dolor que la ausencia definitiva de su esposo le causaba, y que ella no podía ni quería reprimir, supo conducir el hogar y así vio enamorarse a sus otras hijas y a sus hijos, presenció el matrimonio de unas y otros y vio nacer a sus nietos. Para entonces, se habían trasladado a Bogotá.

Los últimos años de su vida los vivió plácidamente; hasta el día en que, así como  vivió, murió.

Una tarde de sábado, cuando el sol todavía apuntaba en el horizonte, se sentó en su mecedora preferida, después de haber tomado una camándula de su mesa de noche; empezó el rosario y luego de concluirlo, se santiguó, cerró los ojos, se llevó la mano derecha al pecho, suspiró, pensó en su esposo muerto y expiró.

Con la misma tranquilidad y dulzura con la que había vivido, entregó su alma al Creador, bendiciendo Su nombre, con una sonrisa plácida en su rostro.

Cuando sus hijos, sus hijas, sus nueras, sus yernos y sus nietos llegaron a visitarla, como era lo usual al caer la tarde del sábado, la encontraron dormida para siempre. Todos la lloraron; para todos fue dolorosa su muerte.

A partir de entonces, ya nada fue igual. Y aun cuando, cada uno de los hijos y cada una de las hijas tenía su propio hogar y, por tanto, sus propias preocupaciones y los consiguientes avatares de la vida, el saber que la madre se había ido -y para siempre- significó la oscuridad en el camino de la vida para cada uno de ellos. Solamente el tiempo e, indudablemente, el mismo transcurrir de los acontecimientos diarios podrían, si no aminorar, al menos hacer más llevadero el dolor.

El Pequeño Infante, a la sazón un hombre ya maduro, casado y con hijos, al recordar la reciedumbre de la madre cuando quedara viuda, trató de imitar su ejemplo y pretendió buscar resignación en la voluntad divina, y paliativo a su dolor en el trasegar de sus ocupaciones laborales y hogareñas. Sin embargo, el dolor era tan grande que pensó, en algún momento, que no sería capaz de resistir la ausencia de su querida madre recién fallecida.

A veces creía que era presa de un mal sueño; en otras ocasiones pensaba que ella estaba de viaje en el hogar de la hermana mayor. Pero la realidad terminaba por imponer su cruel verdad y sólo los consuelos de su esposa y el llanto, le deparaban un pequeño desahogo a la inmensa pena de su orfandad.

En una ocasión, cuando ya habían transcurrido algunos meses desde el aciago día del fallecimiento materno, una tarde sabatina -nuevamente una tarde de sábado- se dieron cita los hermanos y las hermanas, con fin de recoger las pertenencias de la madre muerta, para poder preparar la casa y venderla.

Cuando nuestro amigo se dirigía a la que había sido la alcoba materna, el impacto fue terrible, pues al subir las escaleras, sin saber por qué, imaginó que la madre estaba durmiendo. Al llegar y ver vacía la cama, volvió a la realidad y el dolor atenazó su mente y su corazón y la congoja que sintiera el día del sepelio, revivió con igual intensidad.

Solamente atinó a sentarse en el borde de la cama y, tomándose la cabeza entre las manos, prorrumpió en llanto. Lloró hasta cuando sintió que no le quedaban más lágrimas por derramar. En ese momento decidió que no lloraría más y, mentalmente, se dijo: “Esta ha sido la voluntad de Dios. Además, el mejor homenaje que le puedo hacer al recuerdo de mi madre, es imitar su ejemplo cuando murió mi padre, y ser fuerte; por eso, no lloraré más. No volveré a quejarme por su muerte. Ni tampoco culparé al destino por esta desgracia.”

Con esta decisión en mente, se sentó frente a sus hermanos y hermanas -que departían en la sala- y les hizo saber su decisión. La mayoría, después de discutir un rato, estuvo de acuerdo con él. Sólo uno de los hermanos y una de las hermanas, dijeron algo sobre el hecho de que la vida había concluido para ellos y que ya no existían alicientes que los impulsara a seguir viviendo.

De inmediato, el Pequeño Infante les hizo caer en cuenta de las obligaciones contraídas en la vida.

-¿Acaso sus hijos y su respectivo cónyuge no merecen su atención? ¿Qué hubiera pasado con todos nosotros al morir nuestro padre, si nuestra madre hubiera pensado como lo hacen ustedes ahora? ¿Qué habría sido de nuestras vidas? ¿Cuál sería nuestro presente? ¿Estaríamos juntos, reconfortándonos mutuamente, como lo hacemos ahora? Les voy a contar una anécdota de cuando murió nuestro padre: una mañana, muy de mañana -habría transcurrido un par de semanas del irremediable y doloroso hecho- me levanté y, como era usual en mí, me dirigí al cuarto de nuestros padres; al encontrarlo vacío y recordar lo sucedido, el sentimiento de desolación fue inmenso. Entonces, busqué a nuestra madre, primero en la cocina, luego en el patio. La encontré en el fondo de éste, sentada en los listones que -no sé si acordarán- él había arrumado allí, con el fin de construir un corredor al comienzo del patio. Nuestra madre lloraba; yo, en mi ingenuidad infantil, quise averiguar la causa. Entonces ella, sin dejar de llorar, me dijo: “Ay, mijo, la vida no me va a alcanzar para llorar la muerte de tu padre. Ya las cosas no volverán a ser lo mismo, él fue todo en mi vida. Pero, bueno, basta ya de lamentaciones; entremos y, por favor, no le vas a contar a nadie, que me encontraste llorando, sola, aquí en el patio.” Entonces, se secó las lágrimas, me tomó de la mano y entramos a la casa. Antes de mandarme a bañar, me dio un beso en la frente, me abrazó y me dijo: “Este será nuestro secreto.” Por eso, solamente hasta hoy, se los revelo; porque ella así lo quiso.

El hermano y la hermana rebeldes a la voluntad de Dios, no tuvieron argumentos para rebatirlo y, agachando la cabeza, lloraron.

-Lloren, mi querida hermana y mi querido hermano; lloren, pues sólo el llanto permitirá su desahogo y los hará sentir mejor. La forma más fiel para recordar a nuestra madre y venerar su memoria, sin que su recuerdo sea doloroso, es aceptando su muerte. Esa fue la voluntad divina. Ese fue el ejemplo que ella misma nos dejara al morir nuestro padre.

A partir de ese momento, todos los hermanos y las hermanas, vivieron para venerar la memoria de sus padres muertos y, poco a poco, el dolor se fue mitigando y pasó, de ser una evocación punzante, a ser una remembranza placentera, hasta llegar a  formar un altar en el corazón de cada uno de ellos y, allí, honrar su recuerdo.

Los años pasaron. El Pequeño Infante regresó a su ciudad natal y allá se fue con su esposa y sus hijos varones y su pequeña hija. Los hijos y la hija crecieron en edad y en sabiduría, se fueron casando y, con el paso del tiempo, fueron dándoles nietos que alegraban sus tarde sabatinas.

Cuando quedaron nuevamente solos, él le dijo a su querida esposa, mientras le acariciaba el rostro, ese rostro que lo había enamorado muchos años antes:

-Estamos como al principio, solos tú y yo.

Así vivieron otros muchos años más. Hasta que un día el Pequeño Infante, ya anciano, amaneció con un ligero dolor en el pecho. Cuando el médico lo examinó, diagnosticó una deficiencia cardiaca que, según el facultativo, no era grave. Le ordenó unos medicamentos y algo de reposo. Sin embargo, la dolencia, en realidad estaba avanzada y era irreversible.

Pasaron dos años y la enfermedad había cobrado fuerza y terminó por reducir al Pequeño Infante a la cama. Ya casi no hablaba, pues se fatigaba rápidamente; tampoco podía caminar y sólo movía la cabeza, los ojos y las manos. Terminó por comunicarse con su esposa y sus hijos a través de pequeñas frases; afortunadamente no había perdido ni la vista ni el oído y, así, escuchaba lo que le decían y, además, podía disfrutar de la lectura y de la música, sus eternas pasiones.

Su esposa lo lidiaba con amor y paciencia y ya estaba resignada. Pero si durante el primer año de la enfermedad de su esposo, rogaba diariamente a Dios por la recuperación del enfermo, últimamente había perdido toda esperanza y sólo ponía su fe en el Creador para pedirle que no lo dejara sufrir más.

El último día del año, cuando ya llevaba dos de estar postrado en el lecho, el Pequeño Infante, rodeado de su esposa, sus hijos, su hija, sus nueras, su yerno, sus nietos, sus nietas y sus pequeños bisnietos, bendijo a cada uno y les pidió protección para su anciana esposa, que se quedaría sola, después de setenta años de feliz matrimonio.

Luego, les narró con voz trémula y frases entrecortadas, la escena vivida con su propio padre, casi noventa años antes, cuando él lo llevara a la playa y le hizo tomar un puñado de arena, para luego dejar caer la mayoría de ella antes de pedir un deseo; el cual se tradujo en vivir una larga vida.

-Hoy, cuando estoy próximo a morir, lamento que los años pedidos no hubieran sido años de salud como en la juventud, para poder disfrutarlos con todos ustedes.

Cuando terminó de hablarles, bendijo a cada uno, pidió a los presentes que lo dejaran a solas con su esposa y, mientras le acariciaba el rostro, ese rostro que tanto había amado, le rogó que no sufriera más por él que ya había vivido lo suficiente y que, además, había sido muy feliz con ella. Luego le dio gracias a Dios por toda la felicidad que le había dado durante toda su vida. Luego, pidió perdón, a Dios por sus pecados y, a su esposa, por cualquier error cometido.

Esa noche, cuando toda la ciudad se aprestaba para despedir el año viejo y recibir el nuevo, la familia del Pequeño Infante asistía a su agonía. De pronto, y cuando ya se acercaba la media noche, como por ensalmo cesó el bullicio de la calle, producido por el ulular de las sirenas de los barcos surtos en el cercano puerto, el repicar de las campanas de las iglesias y el pito de las fábricas de la zona industrial. En la alcoba solamente se escuchaban los estertores de la muerte que, afanada, pugnaba por llevarse al moribundo.

En un momento en el cual los entrecortados sollozos de la esposa y de la hija se detuvieron, todos los presentes pudieron escuchar como un canto lejano que, aunque ininteligible, dejaba percibir su armoniosa melodía. Se hizo el silencio, como para que pudieran apreciar mejor la bella polifonía que entraba por la ventana. Sobrecogidos voltearon la vista hacia ésta y el sobresalto fue mayor cuando vieron la trémula luz de un rayo de luna, que se adentraba en la alcoba y se posaba sobre el pecho del Pequeño Infante. Segundos después, una nube veló el rayo de luz, el canto cesó y los estertores del moribundo se extinguieron.

La esposa tomó del tocador un pequeño espejo y lo acercó a la boca del Pequeño Infante. Al notar que no se producía vaho alguno, comprobó que su esposo acababa de entregar su alma al Creador. Entonces sintió un enorme vacío en el pecho y, compungida, prorrumpió en llanto. Sus hijos y su hija la rodearon y, confundidos en un abrazo, mezclaron sus lágrimas con las de la madre viuda.

 

*****

Un año después, cuando la hija estaba buscando en el escritorio paterno un registro civil, encontró una carta, en la cual reconoció de inmediato la temblorosa letra de su padre.

La misiva estaba dirigida a todos: la esposa, los hijos, la hija, las nueras, el yerno, los nietos, las nietas, los bisnietos, los hermanos y hermanas, cuñados y cuñadas y todos aquellos que le habían sobrevivido.

De inmediato, la hija reunió a todos los que pudo y les leyó la más hermosa y conmovedora carta que hubiera escrito su padre. Al terminar la lectura, aun cuando las lágrimas asomaban en los ojos de la mayoría de los presentes, una paz interior rebozaba en sus corazones. La resignación, como aceptación de la voluntad divina, hacía que todos se dieran cuenta que esa era otra de las enseñanzas que les dejara su querido y recordado padre; a quien, en vida, el abuelo llamara el Pequeño Infante…

 

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