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MI ABUELO Y YO

(Remembranzas de una tertulia)

 

Para que el vivir sea un bien, hay que saber vivir

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Abril  del 2001

 

“La vida es agradable, la muerte es tranquila; lo malo es la transición.”

 Issac Asimov

 

En una ocasión, estando recordando anécdotas con un grupo de amigos, uno de los presentes contó una historia, y lo hizo con tal lujo de detalles, que varios  de los presentes consideramos que se trataba de algo vivido por él mismo. Sin embargo, por decencia y respeto, ninguno de los contertulios hizo comentario alguno.

No obstante, al recordar esa narración, quise reconstruirla y contarla de la manera más fidedigna posible; tanto que la he dejado, tal como si fuera ese amigo de antaño quien estuviera hablando.

*****

Mi abuelo y mi abuela se casaron muy jóvenes; él tenía 21 años y ella 19; sólo tuvieron un hijo, mi padre; quien también se casó joven, de sólo 20 años, con mi madre que apenas contaba 18. Yo nací a los seis meses de su matrimonio, pues el embarazo de mi madre ocasionó que ellos se casaran.

Para la época de mi nacimiento, mi abuelo acababa de cumplir 43 años y mi abuela 41; eran los abuelos más jóvenes de su círculo social y la pareja más feliz de los contornos.

Se amaban tanto o más que el primer día de su noviazgo y más aún que en la noche de bodas; sin embargo, cuando yo tenía cinco años, le detectaron a mi abuela un cáncer en los huesos de la pelvis, el cual hizo metástasis con el abdomen y en menos de cinco meses murió, sumiendo a mi abuelo en el dolor y la tristeza.

Desde entonces ya no fue el mismo; no volvió al bar donde, todos los viernes, se reunía con sus amigos a tomar cerveza y a hablar de política, religión y filosofía.

Cuando dos años después de enviudar, se jubiló, se encerró en sí mismo y lo único que hacía era leer y escuchar música; cuando los fines de semana, lo visitábamos mi papá, mi mamá y yo, lo encontrábamos escribiendo; al preguntarle qué escribía, siempre me respondía:

– Tonterías, mijito.

Pasaron cerca de tres años; fue entonces cuando llegaron a la ciudad donde vivíamos, Berta la única hermana de mi abuela y  Anita su hija. Berta estaba cercana a los 45 años de edad y Anita rondaba los 20; ambas eran muy atractivas y tenían un ligero parecido fisonómico con mi abuela; quien, aún en los días de su enfermedad, conservaba unos rasgos muy hermosos. Contemplando sus fotos de cuando estaba joven, se veía que había sido una mujer muy bella.

A veces yo le preguntaba a mi abuelo qué era lo que más lo había hecho enamorar de mi abuela y él siempre contestaba, esbozando una dulce sonrisa:

– Toda ella era un encanto.

Los meses pasaban y mis tías no se decidían a regresar a su ciudad natal; parecía que estuvieran resueltas a quedarse a vivir con mi abuelo; a quien, últimamente, se le veía como menos reservado, algo contento tal vez. Mi mamá, siempre que podía, criticaba el hecho de que la tía y la prima de mi papá siguieran viviendo en la casa de mi abuelo y, cada vez que se presentaba la ocasión, exclamaba:

– Nada bueno puede salir de esa convivencia  que, a mí, me parece malsana.

– No seas mal pensada, mujer.

Era siempre la respuesta de mi padre. Sin embargo, el tiempo terminaría por darle la razón a mi madre. Pero eso fue mucho después.

Cuando cumplí once años, mi abuelo me regaló una caña de pescar y, a partir de entonces, todos los domingos mi abuelo me recogía a las 5:30 de la mañana y, después de ir a misa de 6:00, nos íbamos al río que bordeaba la ciudad, con mi flamante caña de pescar y una canasta que preparaba mi tía abuela y que contenía nuestro desayuno y nuestro almuerzo.

Después de pedalear media hora, montados en sendas bicicletas, mi abuelo y yo llegábamos a nuestro sitio predilecto: un remanso del río, en donde un inmenso sauce, que prodigaba sombra todo el día, le hacía formar a aquél un paraje espléndido para la meditación y el solaz.

Tendíamos una manta, colocábamos la canasta, nos sentábamos y desayunábamos, para luego preparar los aparejos; después mi abuelo tiraba el sedal con el anzuelo y, mientras yo sostenía la caña, él se recostaba a un lado del sauce y sentado encima de la manta, se dedicaba a leer y a escuchar, en una pequeña radio portátil de la que no se desprendía, la emisora cultural que sólo transmitía música brillante. Cuando, al cabo de una o dos horas, picaba algún pez, mi abuelo ya estaba dormido; yo lo dejaba dormir y me las arreglaba para aparejar nuevamente el anzuelo con la carnada para luego lanzarlos al río. Rara vez caía un segundo pez.

Hacia medio día, mi abuelo se despertaba y, pensando que yo no me había dado cuenta de que había estado durmiendo, se levantaba y disponía el almuerzo; después de almorzar, recogíamos todo y, montados en bicicleta, regresábamos a la ciudad.

Yo me quedaba el resto de la tarde viendo televisión con Anita, la prima de mi papá, mientras que mi abuelo y la tía Berta se subían al segundo piso, dizque a hablar.

Sólo años después, cuando se desató la tragedia, vine yo a saber qué hacían ellos en el cuarto de mi abuelo las tardes de domingo y, solamente entonces, yo les conté a mis padres; pues antes, cuando mi mamá me preguntaba:

– ¿Qué hiciste donde tu abuelo?

 – Ver televisión, era siempre mi respuesta.

– ¿Sólo eso?

– ¡Sí!

– Y, ¿tu abuelo?

– Dormir.

– Y, ¿tu tía Berta?

-Ir de un lado para otro. A ratos se pone a ver televisión con Anita y conmigo o, si no, se queda conversando con mi abuelo.

Así transcurrió el tiempo, como alrededor de tres años; yo hacía los medianos años del bachillerato, cuando una tarde, al llegar del colegio, encontré a mi papá en casa, a tan temprana hora. Cuando pregunté por qué, mi mamá me respondió:

– Es por tu abuelo.

-¿Qué le pasó a mi abuelo?, pregunté angustiado.

– A él, nada; o bueno, no directamente.

-¿Cómo así? No entiendo.

– Después te explico. Tú no entenderías todavía.

Al ver a mi papá sentado en una silla del comedor, con la cabeza entre las manos, me le acerqué y, angustiado, le pregunté:

– Papá, ¿qué pasó? ¿Qué tiene mi abuelo?

– Ya tu mamá te lo dijo; tu abuelo está bien; al menos de salud.

– No entiendo.

– Cálmate hijo; después te cuento.

Sin embargo, intrigado por la situación y preocupado por mi abuelo, entré a la cocina, seguro de que Anatilde, la empleada del servicio doméstico, me aclararía las cosas.

– Lo que pasó, niño, fue que su tía Berta encontró a su abuelito de usted con la joven Anita, en la cama haciendo cosas.

– ¿Qué cosas?

– Cosas.

-Y, ¿qué pasó?

– Pues, que su tía Berta trató de matar a su abuelito de usted y a la joven Anita.

– ¿Cómo así?

– Así como lo oye, niño. Su abuelito está ahora en el hospital, ya fuera de peligro; la joven Anita está muy delicada y su tía Berta está presa.

– Papá, yo quiero ver a mi abuelo, dije al salir corriendo de la cocina.

– Cálmate, hijo; más tarde hay visitas en el hospital y podremos verlo. Además, él debe estar haciendo unas declaraciones a la policía.

– Pero, ¿él está bien?

– ¡Sí!

Cuando esa noche mi abuelo regresó a su casa, tuvo que escuchar el regaño que mi papá y, sobre todo, mi mamá, le dieran. Escondido detrás de la puerta de la sala, pude oírlo todo.

– ¿Cómo es posible que un viejo como usted esté todavía en esas cosas? -Decía mi papá.

– Yo tenía razón; desde el primer momento me olí el tocino; pero nadie quiso prestarme atención. -Apuntaba mi mamá.

Y seguía la cantaleta de uno y otra. Como a la media hora, escuché que mi abuelo estallaba:

– Bueno, ¡basta ya! ¿Qué podía hacer yo, si ambas se metieron en mi cama? Además, yo no soy de hierro y todavía me siento con bríos y tengo mis necesidades.

Poco a poco se fueron calmando los ánimos; al final, mi mamá dijo:

– Pero, Don Ángel, lo hubiera hecho con una sola y no con las dos; ¿no ve que, así, fue más inmoral?

– Ay mijita, ¡quién va a pensar en la moralidad, cuando una hermosa joven de veinticinco años se le mete a uno en la cama!

Por la rendija de la puerta pude observar que mi mamá estaba de mal genio, mi papá medio apenado y mi abuelo lucía tranquilo. Entonces, mi papá dijo:

– Papá lo único cierto es que Anita, si se recupera, tendrá que irse y mi tía Berta, si sale libre, también se irá.

– ¡Ah!, yo a esa fiera de Berta no quiero volver a verla En cuanto a Anita, yo creo que puede quedarse… Me da tanta pena con ella, pobrecita…

– No señor, ni lo sueñe. -Dijo, tajante, mi mamá.

Al final, nos despedimos muy cordialmente de mi abuelo; yo le di, como era mi costumbre, un beso en la frente y le pedí la bendición. Ya en el carro, de regreso a casa, les conté lo de las encerradas del abuelo y la tía Berta los domingos en la tarde, cuando él y yo regresábamos de pescar.

– ¿Y por qué nunca dijiste nada? Preguntó mi papá, algo enojado.

– Porque nunca pensé que fuera algo malo.

– No le abras los ojos al niño, dijo mi mamá.

– Mamá, yo ya sé que hacían mi abuelo y la tía Berta en el cuarto.

-¿Cómo así?

– Un día, un compañero del salón nos  estuvo explicando esas cosas.

-Ay carajo, fue el comentario de mi padre.

Pasó el tiempo; cuando mi abuelo cumplió sesenta años, yo me graduaba de bachiller y entré a la universidad; para entonces, él me regaló su automóvil.

– Tómelo, mijo, que usted lo necesita más que yo.

– Gracias, abuelo; le dije conmovido y le di un beso en la frente.

– Lo único que le pido es que, cuando yo tenga que cobrar la pensión, me lleve al banco.

– Claro, abuelo.

Así pasaron los meses. Una tarde, día de cobro de la pensión de mi abuelo, estábamos los dos en el banco; él sentado en una silla, detrás de una inmensa mata ornamental y yo haciendo la interminable fila, cuando entraron dos hombres armados, dispuestos a asaltar el banco.

Cuando encañonaron a los cajeros y replegaron al personal contra la pared, mi abuelo, que estaba cerca de la puerta, casi oculto por la mata, se puso en pie y con disimulo salió a la calle y llamó a la policía.

Minutos después los ladrones salían del banco, cada uno con dos bolsas repletas de billetes; entonces llegaron varios carros de la policía y, al verlos, los ladrones buscaron una salida por el callejón opuesto a la calle por dónde venían las patrullas.

Como a uno de ellos le estorbaran las bolsas de dinero, arrojó una a los pies de mi abuelo y aligerado del peso dobló la esquina y se perdió por el callejón por donde ya había huido el primero de los asaltantes. Una patrulla los siguió; pero cuando llegaron a la mitad del callejón no pudieron continuar la marcha, pues aquél se angostaba en ese sitio y no permitía el paso de la patrulla. Los policías se bajaron; pero ya era tarde, pues los asaltantes habían desaparecido. Mientras tanto, mi abuelo sentado en una banca en la esquina del callejón por donde huyeran los ladrones, ocultaba detrás de sus piernas y debajo de la banca la bolsa con el dinero.

– En ese momento, mijo -me diría después- yo estaba librando una batalla entre mi conciencia de hombre honrado y mis necesidades económicas.

La policía, después de la investigación de rigor, se había ido y, mientras tanto, mi abuelo seguía sentado en la banca, debatiéndose en lo más hondo de su escrupulosidad.

Para entonces, yo ya lo había encontrado y estaba sentado a su lado. La tarde había caído y las primeras luces artificiales se encendían en el parque situado enfrente del banco cuando, como cumpliendo una cita se presentaron los asaltantes, exigiendo de mi abuelo la devolución del dinero.

– ¿Cuál dinero?, dijo mi abuelo.

– No se haga el huevón, viejito; porque de una patada en las pelotas, lo mando al otro toldo.

Dijo uno de ellos, tomando por los hombros a mi abuelo y sacudiéndolo con fuerza.

– Cuidado joven, a mí no me zarandea el primer pendejo que pasa.

Y diciendo esto le propinó un tremendo rodillazo en los testículos, que hizo que el hampón se doblara; circunstancia ésta que mi abuelo aprovechara para darle un buen puñetazo en el mentón y derribarlo al suelo. Mientras tanto, el otro malandrín que hasta ese momento me había mantenido a raya con su pistola, me soltó y se acercó a mi abuelo y lo encañonó con el arma y ya se disponía a disparar, cuando el guarda del banco se le adelantó y lo derribó de un balazo en la frente; cuando el otro asaltante quiso levantarse y sacar su arma, también recibió su balazo en el pecho. Ambos quedaron tirados en el andén. Llamada la policía, mi abuelo les contó toda la verdad. Esa noche salimos en los noticieros de televisión y mi abuelo fue el héroe del día, el paradigma de la honradez, el modelo del buen ciudadano para toda la nación. Al día siguiente fue condecorado por el alcalde y recompensado por el banco.

Mi abuelo murió hace tres años, después de haber cumplido sesenta y seis. Murió como vivió, con tranquilidad; sin quejarse ni reprocharle nada a nadie. A pesar de los dolores que la enfermedad le producía, nunca se quejó.

Antes de morir me bendijo y me regaló, “por si le sirven de algo, mijo”, me dijo sonriendo, sus libros y su música.

 

F I N