EL TÉTRICO HIPOGEO
(Donde termina la realidad, empieza la fantasía)
En el silencio insondable, la quietud calla y la mente desvaría
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Marzo del 2014
“…y el ominoso pájaro de antaño quería decir graznando: ‘Nunca más’.”
Edgar Allan Poe
Era su viaje de luna de miel; ella, desde cuando fijaron la fecha de la boda, le había expresado su deseo de conocer Toledo y el majestuoso río Tajo.
Él la había complacido y, ahora, estaban parados frente a la monumental catedral, con los corazones henchidos de felicidad, mientras contemplaban tanta belleza, tan soberbio esplendor.
Miraban una y otra vez las faustuosas columnas, las inmensas ojivas, los esplendorosos vitrales; hasta las horrorosas gárgolas, les parecieron hermosas dentro de tan maravilloso conjunto arquitectónico.
-Apresurémonos, porque debemos regresar al hotel para cenar y luego ir al teatro, dijo él sin soltarla del talle.
Entraron y la sensación de arrobamiento aumentó en la joven pareja. Los altares, los vitrales, las imágenes, todo era arte que movía al recogimiento.
Tan embelesados estaban, que no sintieron el paso del tiempo; más aún la semipenumbra que invadía las naves del templo, invitaba a andar despacio, a aguzar la vista para no perder detalle, a detenerse ante cada altar para contemplar con ensimismamiento la belleza del artesonado, la pureza de las formas, la imagen de cada santo refulgiendo en medio de las velas votivas que iluminaban cada retablo, dándole, por momentos, aspecto fantasmal.
Estaban abstraídos ante tanta belleza, cuando oyeron que todas las puertas del templo se cerraban de un solo golpe. A la luz de un candil, él vio que su reloj marcaba las siete de la noche. Quisieron salir y no fue posible, pues tanto la puerta frontal como las laterales estaban cerradas a cal y canto.
Como ella se mostrara asustada, él la sentó en una banca de una de las naves laterales y la abrazó para reconfortarla.
-Tratemos de calmarnos y mañana, cuando abran el templo para la primera misa, podremos salir.
Las horas pasaron y ya el sueño se aproximaba, cuando oyeron, en medio del silencio abrumador que envolvía el lugar, un cántico lejano que, poco a poco, se hacía más audible. Sin embargo no pudieron entenderlo, pues se trataba de un idioma desconocido para ellos. El reloj marcaba la medianoche.
Presurosos, se escondieron detrás de una banca y pudieron observar la escena: cuatro monjes, dos adelante y dos atrás, con la cabeza y el rostro ocultos con capucha, conducían, en medio de ellos atados por la cintura con sendas correas, a otro monje y a una monja cuyos rostros estaban descubiertos y mostraban su singular belleza; el monje cautivo llevaba su mano derecha atada a la mano izquierda de la monja, cuyas lágrimas surcaban su hermoso rostro. Los monjes captores no cesaban su misterioso cántico.
Al llegar frente al altar mayor, la procesión torció a la izquierda. Los recién casados, que habían contemplado atónitos el extraño desfile, lo siguieron ahogando cualquier exclamación o grito que los delatara.
El cortejo bajó a una cripta, en donde había cinco bóvedas esculpidas en la pared del fondo. Los captores soltaron la correa que unía a los prisioneros, metieron a cada uno en una bóveda y con una mezcla y piedras que había en el suelo, procedieron a emparedarlos. Al terminar su macabra labor, los cuatro monjes se devolvieron y se perdieron en la oscuridad.
Los recién casados, ocultos tras una balaustrada y conmovidos por la suerte de los prisioneros e intuyendo el pecado cometido por estos, resolvieron salvarlos y, así, procedieron a remover una piedra en cada tumba para que les entrara aire.
Estaban en esas, cuando oyeron un ruido a sus espaldas: los cuatro monjes los miraban ceñudos. El sobresalto les hizo perder el conocimiento.
Cuando el nuevo día amaneció, solamente quedaba una bóveda vacía en la oquedad del templo.
FIN