LIBERACIÓN
(La desconfianza, enemiga del amor)
Narración de hechos cotidianos oídos al desgaire
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Junio del 2001
“No es suficiente encontrar a la persona adecuada, cada uno debe ser la persona adecuada.”
- Jackson Brown
Se conocieron por casualidad; ella venia caminando por la acera donde él se encontraba de pie, en la fila de espera del bus que lo llevaría a su lugar de trabajo en el centro de la ciudad. Nada más verla, le gustó; la frescura de su rostro, lo cristalino de su mirada, su andar sencillo, mas no por eso exento de gracia, en fin, todo en ella le encantó.
Como él era el último de la fila, le cedió el turno a ella; quien le agradeció el gesto con una ligera sonrisa. Días después, se repitió la escena. Esa vez, cuando él le hiciera cupo en la fila, ella le dio las gracias y le contestó el saludo que él le diera. Al subirse al bus, ella buscó un asiento doble desocupado y se sentó haciéndole sitio; él comprendió y se sentó a su lado.
-Usted es nueva en el barrio; afirmó él, más que preguntarle.
-Sí; fue la lacónica respuesta de ella.
-¿Puedo saber dónde trabaja? Porque, ¿trabaja, verdad?
-Sí. Soy la secretaria del gerente de Plásticos del Norte. Y, usted, ¿dónde trabaja?
-Soy vendedor de la Panamericana de Seguros. ¿Puedo saber su nombre?
-Mi nombre es muy feo y me da pena decirlo; contestó ella.
-No creo que una mujer tan linda como usted, pueda tener un nombre feo y, si así fuera, su belleza lo haría hermoso.
-Me llamo Alma Gracia y, usted, ¿cómo se llama?; dijo ella y su rostro se cubrió de un ligero rubor.
-Yo sí que tengo un nombre, en verdad, bastante feo, me llamo Aristóbulo.
Ambos se rieron y continuaron conversando, hasta cuando ella tuvo que bajarse; en la conversación se hicieron mutuas confidencias; así, él se enteró de que ella vivía con una tía, hermana de su mamá y que había estudiado secretariado en su ciudad natal, donde habían quedado sus padres y sus dos hermanos menores. A su vez, ella supo que él vivía con su madre viuda y su único hermano, menor que él y quien aún estudiaba, terminando el bachillerato. Le contó, también, que él era el sostén del hogar; del cual se había hecho cargo, cuando su padre los abandonara, veinte meses atrás; lo que le había obligado a dejar sus estudios universitarios, los que pensaba reanudar algún día.
Pasaron dos semanas sin que se volvieran a encontrar. Una noche, cuando Aristóbulo regresaba a su casa, vio que Alma Gracia subía al bus en el que él iba. Tan pronto notó su presencia, la llamó y le cedió el puesto.
Así continuaron los encuentros casuales; los cuales eran aprovechados por ambos para conocerse mejor; pues él había notado que no le era indiferente a ella. Poco a poco fueron intimando.
Llegó un momento en el cual él consiguió que ella lo autorizara para ir a buscarla a su trabajo y así regresar juntos al barrio; cuando él se bajaba del bus y la ayudaba a bajar, se dirigían a la casa de ella, en cuya puerta se despedían con un apretón de manos al principio y, después con el paso de los días, con un beso en la mejilla. Hasta que una noche, ella lo invitó a seguir y lo presentó a su tía, como un amigo. Esa noche, su tía le dijo:
-Ese muchacho está enamorado de ti. Se ve que es un caballero y, además, muy simpático.
Ella esbozó una leve sonrisa. Tiempo después, él la invitó un viernes a cine y, después, a cenar y, cuando regresaron al barrio, ya estaban ennoviados.
Ese diciembre, viajaron a la pequeña ciudad donde vivían los padres de ella y él la pidió en matrimonio. Seis meses después se casaron. De la luna de miel regresaron más enamorados aún y establecieron su residencia en la casa de la mamá de él. Parecía que iba a ser un feliz matrimonio, que duraría para toda la vida, tal como lo dijera el sacerdote que había oficiado la boda.
Al año, les nació un hijo varón. La felicidad parecía completa. Sólo faltaba que se fueran a vivir aparte. Al principio, él no quería; puesto que, ya que su mamá y su hermano dependían de él, irse significaría sostener dos hogares; lo cual le quedaría muy pesado de cumplir. Sin embargo, ella siguió insistiendo y puso de relieve el hecho de que ella ayudaba con los gastos; así que él no tuvo otra opción y terminó aceptando.
Ahí empezaron las dificultades. Ella, ya posesionada de su lugar de ama de casa, se tornó autoritaria y posesiva y él, por conservar la paz y la tranquilidad del hogar, se plegaba a los caprichos de ella y, así, fue cediendo terreno, poco a poco.
Primero fueron las idas al estadio de béisbol, los domingos en la tarde, cuando cada quince días él iba a ver los partidos del deporte que más le gustaba. Al principio, ella hacía mala cara cuando él empezaba a vestirse para ir al estadio; hasta que un domingo ella estalló y le dijo que la tenía aburrida con ese cuento, que ella no contaba con él los domingos; que cuando no era el béisbol, era la visita a la mamá. Un día, él resolvió no volver al béisbol. Después fueron las partidas de dominó de los sábados en la tarde, cuando se reunía con sus amigos de siempre y, mientras jugaban, se tomaban unas cervezas. Más tarde, fue el cigarrillo.
Hasta que empezó a restringirle las visitas a la casa materna. Tiempo después, ella quiso controlarle el dinero del sueldo y llegó a sugerir que el hermano de él debería trabajar para ayudar a la mamá y así liberarlo de esa carga.
Llegó un momento en el cual la situación se volvió insostenible y él, armándose de valor, un viernes en la noche, como a eso de las ocho, le dijo que ya no aguantaba más.
-¡Me tienes cansado con tus cantaletas!
-¡Y tú, con tu actitud de manirroto, me tienes hasta la coronilla!
-¿Cuál actitud de manirroto?
-¿No crees que tu mamá te exprime? ¿Qué no hace sino llorar para que tú le entregues cada vez más de tu sueldo?
-Eso, no solamente es una infamia, sino que además es una injusticia. Tú bien sabes que mi mamá sólo me tiene a mí y ella se conforma con lo que yo le doy que, por tu avaricia y tu egoísmo, cada vez es menos.
-Y, ¿por qué el haragán de tu hermano no trabaja?
-Está estudiando.
-Pero bien podría hacerlo de noche y trabajar de día.
-Tú sabes que la medicina sólo se estudia de día y, además, exige total dedicación.
La discusión parecía no tener fin ni serenidad; así que él decidió cortarla y quiso salir a la calle. Ella, entonces, se paró frente a la puerta de salida para cerrarle el paso.
-¿Adónde pretendes ir?
-Por ahí, a dar una vuelta; esta discusión puede terminar mal; tú estás muy ofuscada y no sabes lo que dices.
-¿El nene va a ir donde la mamita a ponerle las quejas?
-No seas tonta y déjame pasar.
-¡Vete a la mierda!, dijo por fin ella y se hizo a un lado.
Él salió y en efecto pensó en ir adonde su mamá, pero luego consideró que no era prudente hacerlo en el estado de ánimo en que se encontraba; por lo que se fue para donde se reunían sus amigos. Cuando lo vieron llegar, todos se alegraron.
-Caramba Aristóbulo, ¿qué pasó? ¿La fiera de tu mujer te dio permiso o fue que se murió?, le dijo el más guasón de ellos.
-No, hombre, no molestes. Sólo tuvimos una fuerte discusión y preferí salirme, antes de que las cosas empeoraran y termináramos ofendiéndonos.
-Venga mi amigo y se toma un trago, dijo otro.
Cuando Aristóbulo quiso darse cuenta del tiempo, ya eran las dos de la mañana. Para ese momento, habían consumido varias botellas de aguardiente.
-Alma Gracia me va a matar, dijo a sus amigos.
-Igual te va regañar ahora que más tarde. Vamos a pedir otra botella.
-No, yo mejor me voy.
-Pero, hombre, si esta es una oportunidad única. ¿Te imaginas cuándo volverá a presentarse otra igual?
Total, los amigos terminaron convenciéndolo. Cuando salieron cantando y haciendo eses, abrazados unos con otros, ya estaba amaneciendo.
Aristóbulo llegó a su casa y quiso entrar, pero encontró que la aldaba interior estaba echada y que todo esfuerzo por abrir la puerta desde afuera sería en vano. Por tanto, usó el timbre; como no le abrieran, continuó insistiendo. Al cabo de unos minutos, se asomó Alma Gracia a la ventana del segundo piso y le arrojó una maleta.
-¡Vete a otra parte, borracho de mierda!
-¿Cómo así? Ésta es mi casa.
-¿Por qué no vas a joder a la casa de tu madre?, dijo ella y cerró la ventana.
Como Aristóbulo volviera a timbrar, ella desconectó la corriente eléctrica. Por lo cual, él no siguió insistiendo y se fue para la casa de su mamá; quien, al verlo llegar tan temprano, borracho y con una maleta a cuestas, se asustó.
-¿Qué pasó, mijo?
-Alma Gracia me botó, mamá.
-¿Por qué, mijo? ¿Usted qué le hizo?
-Nada, mamá. Anoche discutimos.
Entonces le contó parte de la discusión (omitiendo las palabras ofensivas de su mujer) y cómo, después se había salido de la casa y se había encontrado con sus amigos y se habían emborrachado. Para luego rematarle cómo Alma Gracia no lo había dejado entrar a la casa y le había arrojado esa maleta con su ropa.
-Bueno, mijo; ahí está su cuarto de siempre. Acuéstese, duerma un rato y, cuando se ponga bien, se va para su casa y arregla todo con su esposa.
-Sí mamá.
Cuando se despertó, ya eran las cinco de la tarde del sábado. Se bañó, se vistió y se fue para su casa.
-¿No lleva la maleta?, le preguntó su mamá.
-No señora, primero voy a hablar con Alma Gracia.
-Como usted quiera.
Al llegar, encontró a su pequeño hijo de dos años, jugando en la sala con unos carritos.
-¡Papito!, exclamó el niño.
Aristóbulo lo cargó, lo besó y lo dejó nuevamente jugando, para ir a la cocina a buscar a Alma Gracia; la encontró preparando la cena, se acercó y le dio un beso en la mejilla.
-¿Qué hubo, mija?, ¿ya le pasó el mal genio?
-Y a usted, ¿ya le pasó la borrachera?, ¿muy consentido el hijo de mami?
-Mira, dejemos los sarcasmos y conversemos serenamente.
-Pero, ¿cómo vamos a hacerlo, si yo te tengo mamado?
-Mejor hablamos mañana, cuando los ánimos estén más calmados.
-La verdad es que tendrás que prometer reformarte, si quieres que esto continúe.
Aristóbulo subió a su alcoba y se dedicó a ver televisión; más tarde, Alma Gracia, después de acostar al niño, subió la cena y todo transcurrió como si no hubiera pasado nada. Inicialmente, a él le agradó que ella no discutiera, pero luego pensó que eso no era bueno; que algo tramaba ella, desde que estaba tan calmada.
Más tarde, ella lo convidó a hacer el amor y, cuando terminaron, le dijo:
-Si quieres seguir disfrutando de tu vida de hogar, con todos tus derechos, vas a tener que hacer algunos cambios en tu vida.
-¿Cómo así?
-Sí. Tendrás que buscarle trabajo a tu hermano. En la fábrica están necesitando un vigilante nocturno. El trabajo es suave y pagan bien.
-Pero que necedad la tuya con que mi hermano trabaje, si bien sabes que él está estudiando.
-Pues tendrá que sacrificarse. Además, podrá dormir durante parte del turno.
Tanto insistió ella, que él por fin y para darle término a la discusión, le prometió que hablaría con Alberto, su hermano.
El jueves siguiente, primer día de la quincena, Alberto empezó a trabajar en Plásticos del Norte. Su mamá le había aconsejado que lo hiciera, para así ayudar a Aristóbulo con los gastos de la casa.
-Al pobre le queda muy pesado sostener las dos casas, remató la buena señora.
-Si mamá, no se preocupe; además a mí me sirve vivir nuevas experiencias, contestó Alberto.
A los dos meses, cuando Aristóbulo le llevó a su mamá el dinero de la mesada, le anunció que, a partir de la fecha y gracias al sueldo de Alberto, se veía precisado a disminuirle la ayuda que le daba.
-No se preocupe mijo, su hermano y yo nos las arreglaremos muy bien así.
-Gracias mamá.
Dijo Aristóbulo satisfecho, sin saber que ese recorte presupuestal, les significaba a su madre y a su hermano sacrificar una serie de cosas importantes en la casa.
Así, Alma Gracia fue, poco a poco, conduciendo a su marido por donde ella quería. La siguiente vez que él se tomó unos tragos, con motivo del cumpleaños de su jefe, ella lo fastidió tanto, que lo hizo ingresar a los alcohólicos anónimos. Con esto, Aristóbulo entregó lo último que le quedaba de libertad y de dignidad.
Sin embargo, en la convención anual de ventas que se celebró en San Andrés, Aristóbulo se emborrachó y bailó y terminó haciendo el amor con una compañera de otra sucursal, llamada Lilibeth. Esto le abrió una perspectiva diferente y así, cada vez que podía, conseguía que lo enviaran en comisión a otras ciudades, en donde departía con otros compañeros o en ocasiones coincidía con Lilibeth y de todas maneras, esos viajes le servían para librarse, así fuera temporalmente, del yugo de Alma Gracia.
Poco a poco, se fue perdiendo el cariño que le quedaba por su esposa; ya para entonces, el respeto y la consideración se habían ido menguando, hasta desaparecer.
En más de una ocasión, al romper Aristóbulo su promesa de no beber, Alma Gracia lo había botado de la casa y él terminaba con su maleta y sus huesos en la casa de la mamá; para, uno o dos días después, regresar nuevamente al hogar, donde volvían las reconvenciones de ella y las promesas de él de atemperar la situación.
Un año después, se presentó la oportunidad de un traslado a otra ciudad como jefe de ventas, y Aristóbulo presentó su solicitud. Dos meses más tarde, le fueron aprobados el ascenso y el cambio de sucursal. Alma Gracia puso el grito en el cielo.
-Pues vas a tener que olvidarte de ese traslado. Ni sueñes con que te vas a ir a otra parte, a buscar tu perdición.
-Lo siento, pero ya es un hecho. Además, ya nombraron mi reemplazo.
-Eso no es problema, renuncias y sanseacabó. Ya encontraremos otro sitio donde puedas trabajar; respondió Alma Gracia, apretando los dientes.
-Pero, ¿estás loca, mujer? ¿Tú crees que voy a botar tantos años de trabajo y un ascenso, sólo por complacer un capricho tuyo?
-No sé qué irás a hacer, pero tú no te vas. Imagínate allá solo; sin mi control, te perderías.
-Pero, ¿tú qué te has creído? ¿Que eres mi mamá? Lo siento, pero yo no voy a perder esta oportunidad.
-¡Que oportunidad ni qué carajo! No te vas y punto.
-¿Sabes qué? Tú estás loca y tu locura te lleva a decir estupideces y a pensar que puedes hacer conmigo lo que quieras.
-Si te llegas a ir, no te vuelvo a dejar entrar nunca más en esta casa; así que es mejor que te vayas olvidando de mí y de nuestro hijo.
-Definitivamente estás loca.
Dijo Aristóbulo y decidió salir a la calle; puesto que, al igual que otras veces, esa discusión no iba a tener final, a menos que él cediera y él no estaba dispuesto, en esta ocasión, a ceder un ápice.
Por eso salió, antes de que siguieran caldeándose los ánimos, buscó a sus amigos y les contó todo. Cuando terminó, ellos estuvieron de acuerdo en que lo mejor que podía hacer era irse.
-Cálmala diciéndole que después mandas por ella y el niño.
-Ella no se va; ella no quiere nada que no parta de su propia iniciativa, dijo Aristóbulo con un poco de amargura en el acento.
-Parece que lo único que ella quiere es joderte la existencia.
Total, a los ocho días, con las bendiciones de su mamá y las maldiciones de su esposa, Aristóbulo viajó a hacerse cargo de sus nuevas obligaciones laborales. Nada más subir al avión y ya empezaba a sentir aires de libertad.
Ya instalado le escribió a Alma Gracia. La carta le fue devuelta, sin abrir, ocho días después. Varias veces, intentó comunicarse por teléfono; pero, tan pronto ella le reconocía la voz, colgaba. Las otras cartas que le escribió, sufrieron el mismo destino de la primera.
Viendo que ella no quería saber nada de él, salvo lo referente a los giros mensuales, los cuales cobraba puntualmente, Aristóbulo tomó dos decisiones: iniciar los trámites del divorcio y restituirle a su mamá la ayuda monetaria mensual que, por instigaciones de Alma Gracia y por su propia debilidad de carácter, le había ido mermando poco a poco, hasta quitársela por completo.
Cuando Alma Gracia recibió la primera notificación del tribunal le escribió, a la dirección de la empresa, una carta en donde le decía que estaba arrepentida de todo lo mal que se había portado con él; que, por favor, la perdonara; que ella estaba dispuesta a cambiar; que no volvería a presionarlo para nada; que no volvería a interferir en la ayuda que él quisiera suministrarle a su mamá y otra serie de promesas, que lo único que lograron fue convencer a Aristóbulo de que ya no amaba a Alma Gracia y que lo único que deseaba era su libertad. Por eso le contestó, ratificándose en su decisión del divorcio.
Diez meses después, el Tribunal Eclesiástico le concedió la anulación del matrimonio. Antes, un juez civil ya había conseguido la separación de cuerpos y de bienes y había sido fijada la pensión alimentaria que debía pasarle al niño.
Al año siguiente, un Aristóbulo más tranquilo, más sereno, más dueño de sí mismo, asistió al grado de Alberto, quien, además, se había ganado una beca para especializarse en el exterior. Aristóbulo aprovechó la ocasión para convencer a su mamá de que viajara, para quedarse a vivir con él.
-Mamá, soy feliz, soy libre.
F I N