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EL  DESPERTAR

(El amor es una vela encendida)

 

La historia de una persuasión inocente

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Marzo del 2001

 

“Cuando uno es joven los pensamientos se vuelven amor, con la edad el amor se vuelve pensamiento.”

 Albert Einstein

 

Magali y Matilde eran las únicas hijas de Marina, la viuda del Sargento de Policía, Pedro Sánchez, muerto en una refriega con delincuentes en las calles de Bogotá, en una lluviosa y fría noche de finales de noviembre de 1947. Pedro, al morir, les había dejado la casa en que habitaban, la indemnización por muerte en el servicio y la pensión de más de veinte años de antigüedad en la Institución.

Cuatro años después, por la época de esta historia, Marina se había convertido en la amante del coronel que comandaba la estación a la cual había pertenecido su esposo y que estaba situada a escasas cuatro cuadras de distancia de la casa de la familia Sánchez. Por su relación con el coronel, los muchachos del barrio apodaban a Marina “La Coronela”; quien, para entonces, contaba sólo treinta y ocho años de edad; sus hijas rondaban, los dieciocho años la mayor y los quince la menor.

Magali trabajaba como recepcionista en una oficina de abogados de la ciudad, con cuyo director tenía un tórrido romance a escondidas pues él era casado. Matilde cursaba el segundo año de bachillerato en el Colegio Parroquial del barrio; en donde tenía dos compañeros, muy amigos suyos, Alejandro y Jorge, de dieciséis  y catorce años de edad, respectivamente.

Tanto Alejandro como Jorge se habían enamorado de Matilde, pero a ella le gustaba Jorge, pese a ser el menor entre los dos; pues lo consideraba un muchacho lleno de ternura  y de buenos sentimientos.

No obstante la rivalidad, Alejandro y Jorge no habían menguado un ápice su amistad; al fin y al cabo, se conocían desde pequeños, cuando ambos iniciaron la primaria y siempre habían sido compañeros de curso; Matilde se les había unido al comenzar el bachillerato.

Desde el primer momento ella les había gustado y, a propósito de su conquista, habían cruzado apuestas; pero nunca se decidieron a llevarlas a cabo y todas quedaron reducidas a planes inconclusos; después del primer año, la rivalidad fue disminuyendo, al desviar Alejandro sus afectos hacia otras nuevas compañeras.

Matilde cada día lucía más hermosa: sus vivaces ojos, su boca carnosa, sus hermosas piernas, su delgada cintura, sus amplias caderas, ya desde los trece años hacían que los hombres, tanto jóvenes como mayores, la siguieran con la mirada, embelesados con su hermosura.

Sin embargo, Magali era más hermosa, más atractiva, más sensual; evidentemente, era más mujer; pero inalcanzable para muchos. La impresión que daba era la de una mujer que picaba muy alto.

Un sábado, al terminar clases como a eso de las once de la mañana, quedaron citados Alejandro y Jorge para estudiar por la tarde en la casa de Matilde, con el fin de empezar a preparar los exámenes finales que empezarían dos semanas después.

Cada uno por su lado se acicaló lo mejor que pudo; pues, a pesar de todo, querían impresionar a Matilde; quien, por su parte, se puso una falda ancha y un conjunto de blusa y chaleco  de lana y se recogió su hermoso pelo negro en el estilo de cola de caballo.

Magali, quien no sabía de la visita de los compañeros de su hermana, se vistió como acostumbraba hacerlo los sábados por la tarde: unos pantalones cortos, de una talla menos, que dejaban ver el nacimiento de sus redondas y hermosas nalgas y una blusa de lana, ajustada al cuerpo, que le hacía resaltar la plenitud de sus preciosos senos.

Cuando a las tres de la tarde, sonó el timbre de la puerta, Matilde se levantó a abrirla. Luego de saludarla con un beso en la mejilla, Alejandro y Jorge aceptaron su invitación de seguir al comedor, donde se instalarían para estudiar.

Al pasar por la sala, notaron la presencia de Magali, quien en ese momento daba ojeadas a una revista frívola; al notar Matilde la cara de admiración y sorpresa de Alejandro, hizo las presentaciones.

El flechazo fue mutuo e inmediato y Magali, al notar la reciprocidad de la atracción, los invitó a quedarse con ella en la sala, escuchando música en la radio.

– Pero tenemos que estudiar, dijo Matilde.

– Podemos empezar más tarde, arguyó Alejandro.

– Hasta podríamos bailar un poco, se atrevió a decir Magali.

– Me parece muy bien, dijo Alejandro, como para concluir.

– Pero y la “Coronela”, perdón, doña Marina, ¿qué dirá?

En ese momento, Magali reparó en la presencia de Jorge y, mirándolo en forma huraña, le dijo secamente:

– Ella salió y no volverá hasta la noche.

– Si, bailemos un rato; me parece una idea estupenda, dijo Alejandro, como para rematar.

Y de las palabras pasaron a los hechos. Al poco rato Alejandro y Magali bailaban y conversaban animadamente, como si se conocieran desde mucho tiempo atrás.

Jorge, por su parte, todavía un poco tímido, no asimilaba bien el hecho de tener a Matilde entre sus brazos; más aún, no se daba cabal cuenta de que ella se apretaba contra él de tal manera que, al balancearse, su seno izquierdo se frotaba contra el tórax de él; lo que a ella le producía cierta satisfacción. A las palabras cariñosas de Matilde, Jorge sólo atinaba a responder con monosílabos.

En un momento dado Jorge notó cómo Magali y Alejandro se besaban y se acariciaban; para luego, cogidos de la mano, salir de la sala.

– ¿Para dónde irán?, preguntó intrigado.

– Déjalos que se diviertan un poco y nos dejen la sala para nosotros dos; ven, sentémonos en el sofá.

– Bueno, dijo Jorge.

Cuando Jorge se hubo sentado en el sofá, Matilde lo hizo en las piernas de él y comenzó a acariciarle la cara; lo que hacía que él se pusiera nervioso; entonces ella lo besó en la boca; él, que nunca había besado ni había sido besado en la boca, no sabía qué hacer; entonces ella le tomó la mano derecha y la colocó encima de uno de sus senos.

– Abre tu boca, para que puedas saborear mis labios y, mientras tanto, frota suavemente y con delicadeza mi seno, le dijo ella.

Él, obedientemente, comenzó a acariciar el seno que ella le dijera; para luego preguntarle:

-¿Así?

– ¡Sí!, contestó ella y volvió a besarlo.

Jorge empezaba a sentir una emoción hasta entonces desconocida para él. Seguía besando a Matilde y acariciándole suave y dulcemente el seno; entonces ella le dijo:

– Ahora, acaricia mis muslos.

-¿Así?

-¡Sí, así!, decía Matilde, sedienta de pasión.

Siguieron besándose y acariciándose un rato más; la emoción crecía y crecía; ella lo notó y poniéndose de pie, le dijo:

– Ven, vamos a mi alcoba.

– Pero, yo no sé qué hacer. Nunca lo he hecho.

– Yo tampoco; pero Magali me ha dicho como hacerlo.

– Pero… pero, yo no sé cómo empezar ni como seguir…

– Si Magali no se ha equivocado, y yo creo que no, no tendremos problemas.

Subieron a la alcoba de Matilde; al pasar frente la puerta del cuarto de Magali, alcanzaron a escuchar sus gemidos de placer; los que hicieron que Matilde y Jorge, poniéndose de frente, se apretaran más el uno al otro y volvieran a besarse; para ese momento, Jorge ya no necesitaba más lecciones y sabía, además, como saborear los deliciosos besos de Matilde.

Cuando hubieron cerrado la puerta de la alcoba, comenzaron a desvestirse mutuamente. Jorge, que nunca había visto a una mujer completamente desnuda, abrió los ojos con admiración y recorrió con ellos cada centímetro del esbelto cuerpo de Matilde, mientras ella hacía otro tanto con el de él.

Luego, tomándose de la mano se acostaron y, sin que ella tuviera que hacerle indicación alguna, él fue, poco a poco y con delicadeza, haciéndola suya, mientras él mismo se iba haciendo de ella.

Al cabo de un rato, que a ambos les pareció extremadamente fugaz, según lo comentarían después, pero que en realidad tuvo la duración y la intensidad naturales y precisas, Jorge y Matilde sintieron cómo si un volcán estallara en sus sienes; cómo si del corazón de cada uno saliera el retumbar de mil tambores; cómo si de todo el cuerpo les brotara la energía aprisionada en el universo; al final, sintieron sonar una música de arpas y violines que los transportó a otra dimensión. Después conversaron más animadamente; más íntimamente y se hicieron confidencias. Más tarde volvieron a amarse, terminando con una sensación acrecentada de amor y placer.

Cuando bajaron a la sala, iban a dar las seis de la tarde en el reloj del vestíbulo situado al pie de la escalera. Media hora después, bajaron Magali y Alejandro.

Para entonces, Jorge y Matilde habían acordado que  guardarían en secreto lo acaecido esa maravillosa tarde entre ellos; así, evitarían ser el blanco de las burlas y el sarcasmo por parte de Alejandro y tal vez de Magali; además, de esa manera, la belleza de esa tarde, sólo la compartirían entre ellos dos.

Rato después, al despedirse en la puerta de la calle, ella le dijo:

– No sé si algún día me case o si me quede soltera; ni siquiera sé si esto podamos repetirlo alguna otra vez. Lo único que sé, es que esta tarde ha sido y será la más hermosa de mi vida, por lo que ha ocurrido entre nosotros y la recordaré con gozo hasta el último día de mi existencia.

– Yo también, dijo el  lacónico Jorge y, tomándola entre sus brazos, la besó en la boca, con un frenesí y una pasión que dejaron alelada a Matilde.

 

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