CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

LA LEYENDA DE EL PALOMAR

(La Historia recompensa más las apariencias del mérito, que el mérito mismo)

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Septiembre del 2006

 

“El historiador es un profeta que mira hacia atrás.”  Friedrich von Schlegel

 

    Dedicatoria

Esta historia se terminó de escribir, en Valledupar, el día 22 de septiembre del año 2006, día del centésimo duodécimo aniversario del natalicio de mi padre, a cuya memoria la he dedicado.

 

Especie de preludio

¿Un ensayo que parece un cuento o, más bien, un cuento con sabor a ensayo?  No se podría establecer. Sin embargo, no hay duda de que se trata de una metáfora que, a pesar de su trasfondo cargado de tristeza y de amargura, contiene unas verdades, imposibles de dejar pasar sin reparar en ellas.

            Y, entonces, nace como consecuencia de la tergiversación que de la Historia se hace a menudo, a partir de una tendencia que cada día toma fuerza de manera creciente en América Latina -en donde Colombia no es, ni mucho menos, la excepción- que consiste en la sorda labor que ejercen los gobiernos -sean locales, regionales o nacionales- sobre la libertad de expresión y la independencia editorial de los medios de comunicación en particular y de los periodistas en general. Esta presión, que no es más que un acto de censura indirecta o, por decirlo más suave, reprobación  sutil, no es de ahora; aunque en gobiernos nacionales de actualidad -cuando se  escribe este ensayo- se hubiese agudizado de manera por demás aberrante, dado el contubernio existente entre la mayoría de los medios de comunicación y el gobierno.

La diferencia entre estos métodos “sutiles” y esos otros más obvios -que con alguna frecuencia llegan a ser de dominio público- radica en que aquellos en su mayoría son de desconocimiento público, mientras realizan su amplia e insidiosa labor de censura contra la libertad de expresión. Para ello, el gobierno hace uso de sus facultades financieras y regulatorias sobre los medios de comunicación, como las relacionadas con los procesos de asignación de la publicidad oficial y adjudicación de licencias, así como también otras interferencias ejercidas sobre los contenidos.

También utilizan los gobernantes diversas formas de presión que pueden ser muy fuertes y directas -tales como la amenaza de hacer despedir a periodistas que expresen abiertamente su opinión- pero que, naturalmente permanecen ocultas para la mayoría de la opinión pública.

Además, es bueno recordar la célebre frase que el escritor británico George Orwell pronunciara en febrero de 1944, a raíz de la destrucción del Monasterio de Montecassino, “La Historia la escriben los vencedores.”

Es por eso que este ensayo quiere mostrar desde un enfoque cuasi metafórico, cómo ha sido la verdadera historia de América -y como quiera que (como se acaba de mencionar) la historia la escriben quienes triunfan en las guerras o quienes se alzan con el poder- entonces es mucho lo que se ignora sobre el verdadero devenir de estas repúblicas latinoamericanas, la mar de las veces llamadas -y con justa razón- “repúblicas bananeras”, por ser manejadas como fincas o feudos coloniales, en tanto que no han pasado de ser protectorados norteamericanos y sus gobernantes -también la mar de las veces- actúan como verdaderos capataces.

 

La Historia

El anciano, al notar que la audiencia, compuesta en su mayoría por jóvenes de uno u otro sexo -todos en plena adolescencia- se encontraba atenta a lo que él iba a decirle, cerró momentáneamente los ojos, como queriendo ganar tiempo para ordenar sus pensamientos; un instante después, los abrió y con voz lenta pero recia, empezó a hablar:

-Queridos discípulos, la narración que hoy deseo contarles, es la historia de  una región a la que quise mucho; como que era la tierra de mis padres, de todos mis ancestros; la tierra donde nací y me crié y en donde nacieron mis hijos; una tierra a la que era fácil darle todo lo que uno tuviera; pero que, desafortunadamente, por la ambición de una minoría y la indolencia de muchos, se fue sumiendo en la corrupción y en el descalabro, frutos de la codicia exacerbada de quienes todo lo poseían, pero que cada vez querían tener más, no obstante los pobres se sumieran día tras día en la más absoluta miseria.

Hasta que todo se fue al traste, no obstante sus riquezas naturales, a pesar del potencial humano de la mayoría de su gente y de todas las posibilidades que se le auguraban.

Ojalá, ustedes pongan mucha atención y aprendan la lección para que nunca vayan a permitir que, a su querido terruño, le  pueda ocurrir lo mismo.

Calló el anciano y nuevamente se sumió en la meditación, para luego, con voz fuerte, aunque velada por la emoción, entonar su canto lastimero:

-Érase una vez una comarca, de superficie inmensa, flanqueada por oriente y occidente por selvas, densas y colosales, que asemejaban océanos de verdor.

La comarca estaba dividida en dos grandes regiones, Norte y Sur; cada una de ellas de gran extensión, separadas por un dilatado río que la recorría desde occidente, donde nacía, hasta oriente, donde se introducía en ese mar arbóreo que era la selva. 

Ambas regiones estaban divididas, a su vez, en haciendas; unas más grandes que otras. La región norte estaba dividida en dos grandes haciendas, una en el extremo norte, colindante con las nieves perpetuas y la otra al sur, entre la primera y el Gran Río. A estas dos haciendas, por su parte, las separaban un inmenso río y unas imponentes cataratas, cuyo nombre nativo era “Trueno de agua”.

El Gran Río que separaba la comarca, terminó por delimitar de tal manera las dos regiones -Norte y Sur- que las hizo totalmente diferentes en muchos aspectos. Sin embargo, en esta historia vamos a hacer énfasis en dos de  sus haciendas.

La Hacienda del Norte, colindante con el Gran Río, era rica en pastos, en regadío, en cabezas de ganado y en árboles frutales que todo el año, en forma sucesiva, permitían la recolección de cosechas.

Desde mucho tiempo atrás, los jóvenes pertenecientes a las familias propietarias de esta hacienda, realizaban sus estudios en colegios y universidades, privados y exclusivos, situados en regiones allende las selvas.

Más adelante, en esta hacienda fueron construidos los necesarios colegios y universidades, para que la juventud pudiera prepararse sin tener que dejar su territorio.

Con el paso del tiempo, los hijos de los trabajadores de mayor rango, pudieron acceder también a estos establecimientos educativos. Años después, la educación, al menos la básica, se volvió obligatoria y gratuita en la gran hacienda situada al norte del Gran Río.

También se preocuparon sus dueños por construir y poner en funcionamiento, los hospitales suficientes para atender las necesidades de salud de sus trabajadores y la de ellos mismos.

Muchos años después, se construyeron los talleres que permitieron la fabricación de maquinaria y demás elementos técnicos, que esta hacienda demandaba para organizar su producción y, así, administrarla y comercializarla mejor.

De igual manera, la hacienda había sido serpenteada por excelentes vías de comunicación. Llegó un momento en el cual, el nivel de vida de los habitantes de esta hacienda era realmente alto.

Hasta que La Hacienda -así era llamada coloquialmente- pudo autoabastecerse y sus excedentes venderlos a muy buenos precios -fijados por ella- a las demás haciendas de la comarca y a las situadas más allá de ésta; hacia las cuales, también había abierto excelentes vías de comunicación. Por otro lado, La Hacienda compraba a las otras la materia prima y los insumos que no podía producir, a precios también establecidos por ella.

Muchas veces, lo que ya no necesitaba o ya no le servía, lo vendía a sus vecinos; en otras ocasiones se los regalaba con gesto aparentemente filantrópico; pero realmente lo hacía para deshacerse de lo que consideraba basura y pudiera  contaminar su medio ambiente.

A partir de cierto momento, cuando sus dueños notaron el poderío alcanzado por ellos en la comarca, empezaron a inmiscuirse en las rencillas que se suscitaban entre los dueños o los trabajadores de las haciendas situadas al sur del Gran Río  e, inclusive, en las que quedaban más allá de las selvas. Siempre lo hacían con el pretexto de ayudar a buscar la paz y la concordia en la región en conflicto; pero es verdad que lo hacían tratando siempre de inclinar la balanza hacia el lado que les diera más y mejores garantías de dependencia y sumisión; lo cual les garantizaba ventajas comerciales.

Así terminaron por constituirse en la policía per se de toda la comarca y más allá de ella; al final, quedó imperando en muchas partes la ley que La Hacienda quiso dejar establecer.

La comarca toda, había sido bautizada con un nombre que recordaba al primer individuo que trazó sus contornos; sin embargo, la Hacienda del Norte se apropió del nombre y decidió autodenominarse con él y, así lo enseñaban en sus escuelas, colegios y universidades. Más aún, hasta antes del predominio de la Hacienda, la Historia y la Geografía señalaban la existencia de cinco comarcas. Sin embargo, a partir de su pretensiosa preeminencia, sus textos de estudio mencionan seis comarcas, pues la hacienda de ellos y la de sus vecinos del norte la consideran una comarca aparte de las haciendas del sur, a las que menosprecian.

De inmediato, en casi todas las haciendas situadas más allá de la selva, solamente la llamaban con el nombre usurpado y la mayoría de los habitantes de las haciendas del sur, muy obedientemente, se referían a ella con el nombre que le pertenecía a toda la comarca; iniciándose, así, el proceso de pérdida de identidad para estas haciendas, que terminaron por convertirse en colonias de la poderosa Hacienda del Norte.

A pesar de haber diferencias culturales, sociales, económicas, étnicas, religiosas, políticas y hasta idiomáticas, no hubo obstáculo alguno que les impidiera a los dueños de La Hacienda ir, poco a poco dominando a los dueños y por consiguiente a los habitantes, de las restantes haciendas; sobre todo a las situadas al sur del Gran Río, en cuya rivera meridional terminaron construyendo una muralla que separara La Hacienda de sus vecinos sureños, a quienes saludaban en público, pero despreciaban en privado.

Más aún, la Hacienda terminó por imponer el uso de su idioma y su moneda a todas las demás haciendas del mundo, sobre todo a las del sur. De tal forma que, al final todos terminaron hablando dicho idioma y quien no lo hiciera, quedaba relegado a los niveles más bajos de desempeño.

Claro está que, para ser justos, habremos de aclarar que en La Hacienda imperaban la disciplina, la organización, el principio de solidaridad y el afán de dominio necesarios para lograr este desarrollo y esta capacidad de sujeción sobre los habitantes de las haciendas del sur; los cuales, en una gran mayoría, parecían padecer de complejo de inferioridad ante la altivez del vecino norteño.

La administración de La Hacienda se renovaba periódicamente entre los descendientes de sus fundadores, mediante elecciones en las cuales participaban todos los trabajadores nacidos en ella y sus familias; sin nunca tener que recurrir a la violencia, ni pretender socavar jamás la autoridad del vencedor, quien administraba La Hacienda en paz durante todo su período, para luego darle paso a su sucesor. Eso evitaba que la administración se desgastara en fruslerías.

No obstante, dentro de la administración de La Hacienda -además de la codicia y su afán de dominio y el ansia de inmiscuirse en los asuntos de las demás haciendas-  había otro lunar que afeaba su panorama. La gente de La Hacienda había sido dividida en dos clases: los de piel blanca, aparentes descendientes de los fundadores, y los demás. Estos últimos, no podían disfrutar de ningún derecho y eran segregados por los blancos y no podían compartir con ellos colegios, teatros, medios de transporte, restaurantes, salas de baile; en dos palabras, absolutamente nada; ni siquiera la clase de trabajo, ya que eran tratados como esclavos por aquellos; lo que les significaba ser considerados casi como animales; aun cuando, en ocasiones, estos últimos recibían mejor trato.

Se necesitaron varios siglos, para que esta situación cambiara un poco o, más bien, fuera disfrazada. Esta segregación fue extendida por La Hacienda hacia los trabajadores de las haciendas del sur y los no blancos de las restantes comarcas.

Veamos ahora cual era el panorama en las haciendas del sur; en las cuales -dicho sea de paso- también había riquezas naturales y tierras fértiles, que bien podrían permitir creer en la existencia de un buen nivel de vida para sus habitantes y una buena organización en su administración. Sin embargo, esto no era así; en estas haciendas vivían bien sus dueños, sus capataces y los servidores directos de unos y otros; el resto vivía muy mal.

A la educación -al principio en las comarcas situadas más allá de la selva y luego en los establecimientos del Norte- accedían solamente los hijos de dueños y capataces. Los hijos de los trabajadores del común quienes, en su mayoría, eran descendientes de los habitantes aborígenes de la comarca o nacidos del mestizaje, desconocían lo que significaba ir a un colegio privado y, en el mejor de los casos, no pasaban de la escuela primaria; la cual era mal subvencionada por los dueños de estas haciendas.

Fueron necesarias muchas luchas, para que, al cabo de varios siglos, esta situación cambiara; no obstante, el cambio fue pequeño ya que, aunque se construyeron colegios y universidades privados, el acceso a ellos quedaba restringido (en razón del alto precio de entrada) sólo para los hijos de los dueños y capataces de estas haciendas. Sólo en los últimos setenta años de esta historia, surgieron los establecimientos educativos oficiales para los hijos de los trabajadores.

Las rencillas entre los trabajadores de una misma hacienda eran frecuentes. El motivo era lo de menos; unas veces peleaban por el juego o por asuntos de trabajo o como consecuencia del licor o por la mujer de otro o por engaños que se hacían entre ellos mismos o por mil cosas más.

Otras veces, la pelea nacía por discusiones que se suscitaban por enfrentamientos entre las familias propietarias de la hacienda que se disputaban la administración; pues, en las del Sur, también  había rotación en este aspecto; claro que en las elecciones para renovar la administración, sólo participaban como aspirantes los propietarios y sus capataces y las familias de unos y otros.

En estos enfrentamientos, algunos trabajadores del común llevados por su fanatismo e ignorancia se involucraban en ellos, unos defendiendo y otros atacando a dichas familias. Muchas de estas rencillas, terminaban en muerte; lo que desencadenaba una serie de venganzas que se prolongaban por generaciones.

            Entre las familias propietarias, generalmente emparentadas entre sí, también había disputas, como ya se dijo; a veces por motivos baladíes, pero las disimulaban; a menos que la causa fuera la sucesión en la administración de la hacienda; en cuyo caso, involucraban en el conflicto a los trabajadores del común y a sus familias, para que pusieran el pecho en los enfrentamientos, tal como quedó dicho atrás. Porque, desde un principio -los autodenominados descendientes de los fundadores- pareciera que hubiesen hecho un pacto de convivencia, pues en público discutían, empero en privado compartieran amigablemente.

Después de elecciones, por lo general el perdedor acusaba de trampa al vencedor; a quien le desconocía su triunfo y, a partir de allí, le hacía la vida imposible y con la ayuda de capataces y trabajadores del común, parciales a él, trataba de torpedear la administración del ganador; quien, en honor a la verdad, aprovechaba esta coyuntura para administrar mal la hacienda; preocupándose solamente por gozar de su mandato, aumentar su fortuna personal y la de sus allegados, sin importarle los medios casi siempre indebidos que utilizaba para ello.

Por consiguiente, tampoco le importaba la suerte final que corriera la hacienda durante su administración. De todas maneras, su mandato sería -de acuerdo a una ley natural en estos parajes- peor que el de su antecesor.

No obstante, al terminar su gobierno, sería coronado de gloria y pasaría con todos los honores a una especie de Olimpo, en donde sólo tenían asiento los semidioses, los intocables; los cuales eran venerados y reverenciados por los ignorantes de la clase trabajadora.

Además, a partir de su retiro de la administración, pasaba a gozar de una jugosa retribución, exenta de tributos, por el resto de sus días. Para colmo de la aberración ellos, los ex administradores, después de no haber hecho nada en bien de los habitantes de la hacienda que había estado a su cargo y sí haberles hecho mucho daño por acción u omisión, eran llamados cuando surgía algún problema, para que con su “sabiduría” ayudaran a encontrarle solución. Y no faltaron casos en los cuales los ex administradores, a sabiendas de todas sus tropelías, se inmiscuían en los asuntos de su sucesor; muchas veces, con el ánimo de entorpecer las labores de este último.

Se dio el caso del ex administrador de una de las haciendas del Sur, de quien los medios de comunicación, muy aduladores, decían que cuando hablaba, “ponía a pensar” a la gente de su hacienda. Esta expresión, hacía que los intelectuales de esta hacienda -que los había, y muchos y muy buenos- esbozaran una sonrisa de burla. No faltaba quien se preguntara, además: “si era tan bueno, ¿por qué no hizo nada en provecho de esta hacienda, cuando tuvo la oportunidad?”. No era para menos.

Retomando el hilo de los conflictos políticos en las haciendas del Sur, se encuentra que, en la mayoría de las ocasiones, el administrador de turno recurría a la represión y, con la ayuda de gente armada por la administración, sofocaba las rebeliones de los perdedores.

Más adelante, involucraron en el proceso electoral a los trabajadores del común, pero tratando siempre de manipularlos y, por supuesto, sin dejarlos aspirar a la dirección de su respectiva hacienda.

La administración de justicia también dejaba mucho que desear en estas haciendas del Sur. Muchas veces, los propietarios y los capataces y aquellos trabajadores que habían logrado emerger a sitios de privilegio, delinquían y luego eran sobreseídos de la culpa o enviados a otra hacienda, mientras era olvidado su delito.

Llegó un momento en el cual algunos trabajadores de varias de estas haciendas del sur, se cansaron de este estado de cosas y protestaron por la mala administración, por las injusticias cometidas a nombre de ésta, por el desconocimiento de la dignidad humana para con los que no participaban en la administración, por la escasez de oportunidades y por un sinnúmero de arbitrariedades cometidas por los dueños de la hacienda, estuvieran en el gobierno o fuera de él.

Estos conatos de rebelión hicieron que se unieran las familias propietarias para sancionar a los rebeldes y, cuando les era posible, con la ayuda de gente armada por ellos, capturarlos y castigarlos duramente; muchos rebeldes pagaron con la vida su rebelión y, casi todos, fueron torturados de manera asaz cruel.

No obstante, los sobrevivientes a las torturas, continuaron en la lucha por obtener justicia social y equidad en la distribución de los recursos.

Sin embargo, como veremos luego, esta lucha fue estéril, pues los amos jamás cejaron en su ambición y en su codicia.

Más adelante, cuando los rebeldes desvirtuaron sus objetivos, no hicieron otra cosa que ponerle a los amos, en bandeja de plata, la excusa perfecta para aumentar la represión.

Ustedes se preguntarán por qué había tantas diferencias entre las costumbres de los habitantes del Norte y los hábitos de los del Sur. Las razones son variadas, algunas de orden cultural, otras de tipo genético, otras más de educación.

Lo cierto es que todo parte desde cuando siglos atrás, llegaron desde regiones lejanas situadas más allá de las selvas, a la comarca de este cuento, los primeros colonizadores. Época a la cual es necesario ir para encontrar las causas de estas diferencias.

La zona situada al norte del Gran Río fue colonizada por personas que querían hacer de esta ubérrima (1) región, el paraíso soñado que no habían logrado construir en sus comarcas de origen, desgarradas por las guerras, la intolerancia y la opresión de los amos hacia los siervos.

Cuando llegaron a su destino y vieron la fertilidad de la tierra, decidieron que harían de ella un oasis de paz y tranquilidad, en donde reinaran la concordia y la igualdad entre todos y asentaron sus parcelas, con el ánimo de quedarse para siempre.

Originalmente más al norte, lejos del Gran Río donde los encuentra esta historia.

Más aún, en la hacienda situada en el punto más septentrional de la comarca, nunca hubo problemas de trascendencia entre sus habitantes y los de las otras haciendas. (Bueno, en ella nunca hubo afanes por colonizar otras tierras ni por querer convertirse ellos mismos en un imperio y, la segregación racial no prosperó.)

————————–

1 (Ubérrima: Abundante): Palabra de ingrata recordación para los últimos habitantes de El Palomar.

En tanto que los colonos del sur, que venían de otras comarcas situadas también allende las selvas, muchas veces huyendo de la justicia o de la desigualdad y la opresión, cuando vieron las riquezas de la región, decidieron que esa era una muy buena oportunidad de enriquecerse rápidamente, saqueándola y llevándose todo lo que pudieran, para poder regresar a su lugar de origen convertidos en potentados.

Algunos lograron volver a su comarca de procedencia, otros no; pero la mayoría participó del botín que produjo el saqueo; el cual se hizo a sangre y fuego y dejó diezmada y empobrecida a la población de nativos que otrora, antes de la llegada de los colonos, vivía una existencia -si no feliz totalmente- al menos tranquila y en paz.

Los colonos sólo trajeron enfermedades y vicios a esta comarca situada al sur del Gran Río.

Los colonizadores que se quedaron, terminaron por constituir familia con las nativas del lugar (aun cuando también fueron muchos los nativos que procrearon con las esposas o las hijas de los colonos), dejando así todos ellos su legado genético a los descendientes.

Los pocos extranjeros que traían en su mente la idea del desarrollo para estas tierras del sur, fueron silenciados por la mayoría ambiciosa.

Volviendo a los del Norte, los descendientes de los primeros colonos, muchos años después -siglos tal vez- decidieron ensanchar su territorio de tal forma que llegara a las márgenes del Gran Río, habida cuenta de la imposibilidad de expandirse hacia el norte, pues las cataratas eran en esa época un obstáculo insalvable, amén de la firme actitud de los habitantes de la hacienda más septentrional, quienes así se los hicieron saber a sus inmediatos vecinos meridionales.

Por eso, éstos volvieron los ojos hacia el Sur y hacia allá se fueron en busca de   nuevas tierras. Unos pocos las compraron, otros las robaron y muchos más, al ver que sus legítimos propietarios se negaban a vender o se oponían al robo, se las apropiaron usando la violencia, haciendo huir a aquellos o matándolos. En la época de este cuento, el Gran Río ya no delimita la Hacienda del Norte; está dentro de ella; al menos, en la mayor parte de su curso.

Para entonces, muchos deben haber olvidado esta parte de la historia. La cual nos habla también de varios valientes de las haciendas del sur, quienes al ver que los nuevos colonos enviados por la metrópoli y los descendientes de los colonizadores pioneros, después de casi tres siglos aún continuaban saqueando los tesoros de la comarca, maltrataban a los trabajadores y cometían toda clase de atropellos, decidieron protestar constitu0yéndose en los primeros rebeldes que hubo en estas haciendas del Sur. Algunos de estos rebeldes pertenecían a las familias descendientes de los fundadores y otros a las de  los trabajadores; entre los primeros había algunos que protestaban solamente por no poder acceder a la administración, para así usufructuar los tesoros de la hacienda en donde nacieran; otros en cambio, al igual que los trabajadores, protestaban a causa de las injusticias de que eran testigos o de las q0ue habían sido víctimas directas.

Se recuerda con especialidad a uno de estos rebeldes, quien luchó de forma desinteresada, ofrendando su tranquilidad y su fortuna -según sus propias palabras a la hora de la muerte- y al cabo de muchos esfuerzos y sacrificios, en los cuales lo acompañaron quienes compartían sus sueños y sus ilusiones de libertad (aunque también no faltaron los ambiciosos y oportunistas), logró triunfar y expulsó a los opresores, buscando reivindicar los derechos de los oprimidos y tratando de establecer igualdades sociales y económicas entre los habitantes de varias de estas haciendas a las que quiso unificar.

Exactamente, a tres  de ellas, para darles más poder en el concurso de todas las existentes en la comarca; sobre todo frente a la poderosa Hacienda del Norte, a la cual él mismo se refiriera, en alguna ocasión, con estas palabras: «Esos señores [los del norte del Gran Río] parecen predestinados por la Divina Providencia a convertirse en el azote de estas tierras del Sur…» Los años terminaron  por demostrar el carácter profético de estas palabras.

            Con el paso del tiempo las haciendas de la comarca, que en un principio solamente habían sido cinco o seis grandes latifundios de kilómetros y kilómetros de extensión, se liberaron de la opresión que, en mayor o menor grado, ejercían los descendientes de los originarios colonos y terminaron por subdividirse -la mayoría de ellas- en haciendas más pequeñas, excepto algunas; entre éstas, la gran hacienda del norte, la cual no sólo no se subdividió; sino que además acrecentó su territorio, tal como se vio más atrás en esta historia. Es decir, la división ocurrió en las haciendas del sur del Gran Río; quedando al final unas veinte más o menos; pero todas, tanto las del Norte como las del Sur, terminaron rigiéndose por normas parecidas y con organizaciones similares.

Cada hacienda contaba con un administrador general elegido en votación, tal como ya se explicó; este administrador nombraba a los administradores de las  pequeñas parcelas en las cuales se iba subdividiendo la hacienda. El administrador general y el de cada parcela nombraban, de entre las familias de los propietarios de las mismas, a los miembros de los comités asesores que les ayudaban en su labor.

Además, por elección entre los propietarios, eran escogidos -para la hacienda y cada una de sus parcelas- los componentes de los consejos que se encargarían de dictar y revisar las normas que reglamentaran las relaciones de los trabajadores entre sí y de éstos con sus patrones.

Los trabajadores de cada parcela podían cultivar para su propio beneficio una pequeña porción de la misma, siempre y cuando destinaran una parte de su producido para entregarlo como tributo al administrador de la parcela; quien con esto pagaba a sus asesores y a sus trabajadores, invertía en el progreso de la parcela y el resto lo tributaba a su vez a la administración general de  la hacienda, desde donde se irrigaría desarrollo para todos sus habitantes.

Este tipo de organización permitía augurar una buena administración, tal como ocurrió en las dos haciendas del norte del Gran Río; pero no sucedió igual en las haciendas del Sur debido, sobre todo, a la ambición de quienes se habían adjudicado el derecho a participar, de manera exclusiva, en la administración de la hacienda de la cual se creían dueños absolutos, a pesar de que después de la liberación se había dicho que cada hacienda liberada sería de todos sus habitantes y, en tal razón, todos podrían participar en su administración en forma directa o de manera indirecta.

Sin embargo, una vez pasada la euforia inicial y habiendo sido desterrados de la comarca los opresores, comenzaron las rencillas y las ambiciones de quienes solamente querían la liberación para su propio beneficio y no el colectivo.

De ahí, que se desembarazaran rápidamente de aquellos rebeldes honestos, como aquél que ya mencionamos; el cual terminó muriendo camino del destierro. Otros, que se oponían a este absolutismo, preludio de la corrupción, fueron asesinados.

Entre las más o menos veinticuatro haciendas en que quedó dividida la comarca de esta historia, había una que, aparte de la ya comentada Hacienda del Norte, llamaba poderosamente la atención; pues en ella se podían encontrar características muy especiales, casi  sui generis.

Dentro de estas características una muy protuberante era el apego a los símbolos; los cuales eran manejados muy bien por la clase dominante; vale decir, los nuevos propietarios de esa hacienda; ya que a través de dichos símbolos, embaucaban fácilmente a la clase trabajadora; sobre todo a la de menores recursos económicos y por consiguiente con menor grado de educación; al fin y al cabo, existía mucho analfabetismo entre éstos.

Además y en honor a la verdad debemos aclarar que dentro de la clase trabajadora, había una franja -bastante amplia, muy maleable- con ínfulas de pertenecer a la exclusiva clase de los propietarios y estos últimos, apoyados en la simbología ya mencionada, embaucaban fácilmente a los emergentes que aspiraban a equipararse con ellos, sabedores de que, los muy zopencos, se conformarían con esa farsa social.

Sería tanto el apego a la simbología en esta hacienda, que muchas de las aberraciones sociales que imperaban antes de la liberación y que fueron -entre otras-   las causas de la misma, fueron revividas simbólicamente muchos años después por algunos administradores.

Algunas de ellas, de hecho siguieron igual; por ejemplo, la división entre amos y siervos. Otras, en forma totalmente figurada, como parte de la entretención necesaria para lograr desviar los ojos de la opinión pública de los problemas que azotaban a la población trabajadora. Por ejemplo, se inventaban reinados de la belleza o de la simpatía o con motivo de las fiestas patronales de las diversas parcelas que conformaban la hacienda en cuestión.

Cualquier espectáculo -ora de farándula, ora de deportes, ora de las artes, ora del folclor, ora de cualquier cosa- era aprovechado por los administradores y amos de la hacienda, para presentarlo como la panacea de todos los males del momento o como parte del método del circo a cambio de pan, que tan buenos resultados siempre le ha dado a los amos con respecto a los siervos (al menos con aquellos que aún se consideran esclavos, así sea de manera mental).

Más aún, situaciones que no tenían nada que ver con el espectáculo, como los enfrentamientos entre facciones diferentes, servían para los mismos propósitos. Otras aberraciones -como la diferencia de clases- fueron utilizadas por los administradores para mantener viva dicha división, hasta llegar al punto de que casi doscientos años después de la liberación encabezada por el Gran Rebelde, en varias de las parcelas de esta hacienda, seguía imperando el sistema feudal de amos y siervos, heredado de los colonos a quienes se les había derrotado por la misma causa.

Por eso cada vez que los dirigentes querían obtener algo de los trabajadores realizaban cruzadas acudiendo a los símbolos, a sabiendas de que la mayoría de la clase  trabajadora -analfabeta o emergente- adheriría sin protestar.

Se dieron casos que eran de tal manera una muestra de irrespeto a la inteligencia del pueblo que, de no ser porque más bien movían a risa, por si solos habrían podido ser motivos de protesta, dada su inocuidad y su vacuidad pues eran campañas cuyos inútiles resultados eran sabidos de antemano por sus promotores, casi siempre personas vinculadas al régimen de turno, pero que la Administración promovía con el fin de mantener distraída a la opinión pública. 

En una ocasión, por ejemplo, se pidió a todos los habitantes de esta hacienda, que pintaran palomas blancas en las puertas de sus casas, en los cruces de las calles, en las paredes de los lotes desocupados, en fin, en cualquier parte que se pudiera, con el fin de impetrar la paz. La mayoría lo hizo así. Al final se vio que esta cruzada era tan inútil como todas las demás promovidas por los dueños de esa hacienda.

Otras campañas consistían en realizar caminatas en las cuales los asistentes, todos adultos, batían pañuelos blancos. U otras en donde los integrantes eran niños que desconocían en su mayoría los objetivos de la caminata, pero eso no era obstáculo para que fueran entrevistados por los canales de televisión encargados de cubrir estos eventos y cuyas respuestas no eran más que la repetición de lecciones aprendidas de los promotores.

También hubo una campaña iniciada por la comisión encargada de vigilar los canales de televisión, consistente en transmitir cada diez minutos una serie de mensajes inocuos o de contenidos baladíes, con los que lograban engañar a los analfabetas y a los emergentes, al disfrazar el verdadero estado de descomposición en que se encontraba esta hacienda.

Después de la liberación el Gran Rebelde había rebautizado esta hacienda con el nombre de El Palomar, en honor al hombre que a riesgo de su vida había cruzado la selva -jamás surcada anteriormente por alguien- y había descubierto siglos atrás la comarca de nuestra historia. El apellido del descubridor, traducido del latín, significa  paloma.

Siguiendo esta tónica, casi todas las parcelas de El Palomar fueron designadas con nombres que recordaban a los llamados prohombres que colaboraron con el Gran Rebelde en la liberación. A quien algunos de ellos traicionaran en pro de sus personales ambiciones; más aún su sueño ya mencionado, de unificar a tres de las cinco haciendas liberadas por él, fracasó por las ambiciones desmedidas de quienes él había nombrado en la administración de cada una de ellas. Tal era el caos, que una de ellas, El Palomar, terminó dividida en dos y, al final, perdió mucho del territorio original.

Él terminó muriendo desengañado, pobre y desterrado de las haciendas que liberara, entre ellas El Palomar, e inclusive de aquella en la que había nacido y a la cual liberó la primera y en donde fue declarado por sus detractores individuo no grato. Cuando murió, las haciendas unificadas por él ya se habían separado de El Palomar, tras una efímera coalición.

Después de su muerte, en El Palomar -al igual que en la mayoría de las haciendas de la comarca- los nuevos propietarios, per se, formaron dos bandos: el de la izquierda y el de la derecha con enseñas distintas, a saber: granate y turquí y con supuestos ideales diferentes: defender los derechos de los trabajadores o defender a la hacienda como un símbolo de tradición y, de paso, proteger las prebendas de los amos. Los primeros se autodenominaban vikingos y los segundos salvadores. En verdad los patronos al formar los dos bandos lo hacían pensando en mantener un estado de confrontación entre los trabajadores, que les permitiera a ellos los amos crear adhesiones que les facilitaran la manipulación de las conciencias de los trabajadores y, así, poder manejar cada hacienda y cada parcela a su antojo; cometido que pudieron cumplir a satisfacción, tal como ya fue mencionado.

Es decir que con la llamada liberación, los trabajadores de las haciendas del Sur sólo cambiaron de amos: antes habían sido los primeros colonos y sus descendientes, quienes enviaban todo el producido de la tierra a su lugar de origen y gobernaban con mano despótica a los nacidos en la comarca y, ahora, los nuevos amos habían llegado para usufructuar todo el producto de la respectiva hacienda e imponer por la fuerza su mandato, negándole oportunidades de desarrollo a los trabajadores.

Claro está que con el paso del tiempo, y tras mucho luchar, los trabajadores consiguieron, con la ayuda de unos pocos patrones de conciencia social, que sus hijos y ellos mismos pudieran tener acceso a la educación y a los servicios de salud; todo esto a cambio de que en ocasiones permitieran que algunos de sus hijos fueran a engrosar las filas armadas, con las que los amos garantizaban su permanencia en el poder, por persuasión o por represión.

El embeleco del que se valieron los patronos para lograr esta aceptación,  inicialmente lograda de buen grado, pero luego a la fuerza -so pena de castigo- era el de tener suficiente gente armada como para defender los límites de la hacienda y preservar el orden interno.

El transcurrir del tiempo demostró que el verdadero objetivo (logrado de manera intencional) fue el de convertir -como se acaba de decir- a esta gente armada en vehículo de represión contra los trabajadores (así se tratara de sus mismos hermanos o sus propios padres), si alguien entre unos u otros llegara a rebelarse o solamente a protestar contra las injusticias cometidas por los patronos.

Injusticias que fueron llevando a estas haciendas a una situación de descalabro y bancarrota. Pues los amos entraban a saco en el presupuesto, sobre facturaban la contratación de bienes y servicios, escamoteaban regalías, vendían a otras haciendas -sobre todo a la Hacienda del Norte- la explotación de los recursos naturales, con el consiguiente pago de prebendas al administrador de turno y a sus asistentes más cercanos; mientras que los capataces, prevalidos del mal ejemplo, cometían robos continuos y desfalcaban el tesoro público, entre otros actos ilícitos.

Cuando alguien no contaminado aún denunciaba al corrupto, éste era favorecido por la administración y, dependiendo del rango que ocupara o del grado de afecto que lo uniera a los amos, era enviado al exterior en misión diplomática o le  daban la casa por cárcel o lo encerraban en un cuartel o le hacían purgar una leve condena, o los jueces, pertenecientes a las familias de los amos o las de los emergentes, cometían prevaricato con tal de favorecer a sus protegidos.

Los aspirantes a la administración de una hacienda o de una parcela, o los aspirantes a los consejos normativos, con tal de triunfar se aliaban con quien fuera, recibían dinero de donde viniera, lo que les comprometía su conciencia al ser elegidos; pero que les facilitaba acallar los escrúpulos de los votantes; ya que la compra y venta de votos se institucionalizó; así los patronos la reprobaran en público para luego aceptarla en privado.

Se valían del hambre y la pobreza en la que se encontraba la mayoría de los trabajadores de El Palomar, para cambiarles el voto por un plato de comida, unos cuantos pesos o una simple promesa que jamás habrían de cumplir.

También se dio el caso de administradores y consejeros que ganaron las elecciones con dinero dado por delincuentes, mientras que otros lograban el triunfo recurriendo al fraude electoral o a la violencia ejercida de manera descarada; ya que llegó el momento en el cual los amos habían perdido todo pundonor; si es que acaso alguna vez lo tuvieron. Hubo amos que ganaron las elecciones, y hasta se hicieron reelegir, gracias a la acción de sus ejércitos privados.

Este estado de cosas parecía no tener fin, nada cambiaba. Los amos seguían haciendo de las suyas; los trabajadores continuaban sojuzgados, a menos que se convirtieran en capataces de los amos; lo que les permitía gozar de ciertas canonjías, inclusive la de aspirar en elecciones; con lo cual lograban emerger a los niveles bajo y medio de la administración; ya que la alta administración sólo estaba reservada para los que se auto consideraban propietarios de la hacienda y, por consiguiente, descendientes de los colonos pioneros.

Pero, sin importar el nivel al que accediera ni la familia a la que perteneciera, fuera amo o emergente, quien llegaba a la administración lo hacía para amasar fortuna o acrecentar la adquirida. Mientras tanto la mayoría permanecía impávida; salvo algunos valientes que, a pesar de tener asegurado su modus vivendi, protestaban a través de escritos periódicos u otros medios; pero que, en ocasiones eran acallados o terminaban sufriendo persecución por parte de los amos de turno; lo que los hacía emigrar a otra hacienda o a otra comarca, si antes no eran silenciados con la muerte o sometidos a horrendas torturas.

Otros -entre los trabajadores no contaminados por el afán emergente-  desesperados por la injusticia social y por la ausencia de porvenir promisorio alguno, se levantaban en armas e iban a parcelas en donde el pie de fuerza oficial era escaso o no existía y, desde allí protestaban de diversas maneras, a veces  muy reprobables, como única forma de denunciar la corrupción existente en el régimen de turno.

A estos rebeldes, terminaron uniéndoseles grupos de personas que huían de la justicia de los amos, al igual que la zaga de gente que había sido armada por los propietarios años atrás, cuando las luchas banderizas, lo que hizo que al final se desvirtuara mucho el objetivo de los grupos rebeldes. Tal como quedó dicho antes, cuando mencionamos la época de las torturas.

De convencer a los hijos de trabajadores que se encontraban en las fuerzas oficiales, de que la razón estaba del lado de los amos, fueron encargados los descendientes de los capataces de antaño, quienes constituyeron la primera promoción de emergentes; ya que fueron los primeros en ser uniformados y armados para defender a los amos cuando algún inconforme se sublevara.

Generación tras generación, se vino instituyendo esta nueva casta; la cual acabó por gozar -con el beneplácito de los auto denominados propietarios de la hacienda- de una serie de sinecuras que los mantenía contentos; como que ellos manejaban en forma autónoma el presupuesto para la represión. Situación que los hacía juez y parte en el conflicto; ya que ellos, además de participar activamente en éste, también atizaban la hoguera sindicando a los rebeldes de todos los males que aquejaban a El Palomar.

Algunos incautos, otros ingenuos y los demás deseosos de congraciarse con el sistema, tratando de convertirse en emergentes, le hacían el juego a esta farsa en que se había convertido la situación de orden público en El Palomar. Porque si bien los rebeldes cometían desmanes, la contraparte también lo hacía y en abundancia. Hasta el punto de que, muchas veces, los organismos internacionales para la protección de los derechos humanos, tuvieron que denunciar a los administradores de El Palomar  como violadores de estos derechos.

Esta presencia de rebeldes armados tenía ensangrentado a El Palomar, ya que los amos habían cerrado filas en torno al sistema impuesto por ellos y, además de contar con el pie de fuerza oficial -compuesto en una inmensa mayoría por hijos de los trabajadores, a quienes parecía que se les hubiera lavado el cerebro- habían armado también a peones y capataces adeptos -¿o abyectos?- para convertirlos en mercenarios, con el fin de aumentar la represión contra la rebeldía; la cual cada día  cobraba más fuerza.

Algunos propietarios de las grandes parcelas que conformaban la hacienda de El Palomar, utilizaban a estos mercenarios para que, a través del terrorismo y las amenazas, los pequeños propietarios les vendieran baratas sus tierras o, mejor aún, las dejaran abandonadas para así ellos, los grandes propietarios, tomar posesión de dichas tierras. También fueron usados estos mercenarios por los empresarios de las grandes ciudades, para combatir la acción proselitista de los sindicatos de trabajadores.

En épocas de elecciones, estos mercenarios eran utilizados por los gamonales, en las aldeas de las parcelas apartadas, para obligar a la gente a votar por los candidatos afectos a los propietarios.  Más aún, con el fortalecimiento de los grupos mercenarios, la alianza entre éstos con los amos de El Palomar y sus fuerzas oficiales logró una consolidación casi  total.

Sin embargo, llegó un momento en el cual, al haber cobrado fuerza los grupos de mercenarios, sus comandantes resolvieron constituirse a su vez en propietarios y empezaron a depredar para su propio beneficio y no para el de los políticos, los hacendados o los empresarios que habían financiado su creación. Cosa que les resultó asaz expedita, habida cuenta del pie de fuerza con el cual contaban para ese momento. A partir de allí, los papeles se invirtieron, pues los comandantes de los mercenarios pasaron a dominar la situación y muchos políticos, hacendados y empresarios -y hasta los mismos administradores de las parcelas y el administrador general de El Palomar-  pasaron a ser subordinados de aquellos.

Por otro lado y con el fin de ser honestos, debemos aclarar que los rebeldes, tal vez al ver el estado de descomposición moral o el sinnúmero de oportunidades para pescar en río revuelto, comenzaron a cometer desafueros que les hizo perder credibilidad ante los trabajadores no contaminados.

Situación que de inmediato fue aprovechada por el régimen y sus áulicos para desprestigiarlos aún más ante la opinión pública. Los rebeldes habían empezado a secuestrar personas pertenecientes a las familias de los propietarios de El Palomar, unos para ser juzgados por sus crímenes, otros para pedir rescate por ellos y otros más para enviarlos con mensajes a la administración. Algunos secuestrados murieron a manos de los rebeldes como consecuencia de la acción insurgente, otros lograron ser liberados por las fuerzas oficiales y, otros más, murieron como resultado del fuego cruzado entre rebeldes y fuerzas oficiales; sin embargo, los rebeldes siempre eran inculpados por estas muertes, aunque no todas fueron cometidas por ellos.

En ocasiones, por pedido de los pobladores, se iniciaban procesos de paz entre los rebeldes y los amos de El Palomar. Entonces se hacían todos los preparativos para alcanzar el objetivo de la paz, se iniciaban las conversaciones entre los respectivos delegados de las dos partes, se fijaban las condiciones de lado y lado y, cuando ya parecía que se iba por buen camino, los diálogos se suspendían al suscitarse hechos cuya autoría invariablemente era imputada a los rebeldes, aun cuando no siempre era así, pues no se debe olvidar que la guerra que había en El Palomar, cuya duración era de muchos y muchos decenios, beneficiaba a mucha gente poderosa, tanto dentro de El Palomar como fuera de él.

Hubo momentos en los cuales, cuando ya estaba para firmarse el armisticio, algún miembro de las familias de los amos, se auto secuestraba o fingía atentados en su contra o las mismas fuerzas oficiales de los amos o los mercenarios, perpetraban el acto terrorista, para luego culpar a los rebeldes de su autoría y así truncar las conversaciones de paz.

Durante los enfrentamientos, que llegaron a ser diarios, morían decenas de uno y otro y otro bando (no hay que olvidar que eran tres los bandos armados, aun cuando las fuerzas oficiales, sólo lo admitían cuando daban de baja a algún rebelde o cuando era muerto alguno de sus filas; ya que, de lo contrario, sólo aceptaban la beligerancia entre rebeldes y mercenarios); otras veces, peor aún, morían personas pertenecientes a las familias de los trabajadores.

Pues los amos y los emergentes rara vez eran tocados por las balas; salvo en contadas excepciones, en las cuales alguno de ellos mismos era sacrificado por el régimen para crear pánico y poder imputarle el crimen a los rebeldes; a sabiendas de que en ocasiones éste había sido cometido por las fuerzas oficiales o por los mercenarios al servicio de los amos.

Esta sindicación se facilitaba ya que los amos de El Palomar eran también los dueños de la mayoría de los medios de comunicación. La manipulación de la información llegaba al extremo de utilizar diferentes vocablos para referirse al mismo hecho: si un rebelde mataba a un miembro de las fuerzas oficiales o a un mercenario, se hablaba de asesinato; si lo contrario, el rebelde había sido dado de baja. Las tropas oficiales y los mercenarios confrontaban en combate a los rebeldes; por el contrario, éstos emboscaban a sus enemigos. Los miembros de la tropa rebelde eran calificados con el epíteto de bandidos, los mercenarios recibían el nombre de combatientes. Sus jefes eran catalogados como comandantes, en tanto que los de los rebeldes eran conocidos como cabecillas.

Cuando algún investigador honesto, no contaminado todavía con el afán emergente, empezaba a desenredar la madeja en busca del ovillo del crimen en el cual había sido asesinado alguno de la clase alta (magnicidio lo llamaban los comunicadores de El Palomar, tan amigos de los eufemismos y del ditirambo), ellos mismos, los comunicadores, siguiendo instrucciones de sus patrones, terminaban por echarle tierra al asunto, en forma directa o a través del sofisma del circo a cambio de pan.

Había ocasiones en que el investigador, acucioso y pertinaz, insistía en sus conclusiones y entonces debía huir a otra hacienda u otra comarca, si antes no era ultimado; para de su muerte sindicar a los enemigos del régimen. Si por el contrario, el muerto era alguien de la clase trabajadora, el asunto no revestía mayor importancia y se hacían las investigaciones rutinarias, siempre y cuando no estuviera involucrado alguno de los dueños de El Palomar, sus capataces o sus mercenarios. En cuyo caso, la mayoría de las veces, se le echaba tierra al asunto.

Hubo casos en los cuales las fuerzas oficiales -o sus aliados los mercenarios- estando enfrentados a los rebeldes, mataban a personas de la clase trabajadora -a veces accidentalmente, otras de manera intencional para despojar de su parcela al campesino o para acallar sus protestas o para silenciar testigos de masacres- entonces su cadáver era vestido con ropas de las utilizadas habitualmente por los rebeldes, en sus bolsillos introducían literatura insurgente y en sus manos colocaban armas, de tal manera que pudieran hacer pasar el asesinato del pobre hombre como un triunfo contra los subversivos y, así, declararlo ante los medios de comunicación, quienes impasiblemente difundían la noticia.

Otras veces capturaban a campesinos, a quienes habían despojado de sus pequeñas parcelas o a trabajadores sindicalizados y acusaban -a unos o a otros- de subversión para así aprovechar la ocasión de involucrarlos en muchos crímenes no resueltos, sin importar la identidad de los verdaderos culpables. De esta manera  daban por solucionados muchos casos que aún eran materia de investigación y que, en ocasiones, apuntaban hacia personajes de campanillas. Amén de que así gastaban menos dinero en investigaciones, lo que les permitía aumentar los robos al presupuesto.

Esta obsesión de culpar a los rebeldes de todo lo malo que ocurriera en El Palomar (quienes en realidad no eran en manera alguna unos santos y muchos abusaban y se sobrepasaban en sus actos), fue copiada de un miembro del comité consejero de La Hacienda del Norte, a quien en alguna ocasión se le dio por culpar de todos los males del mundo a los dirigentes de una inmensa comarca situada al otro extremo, con quienes los señores del Norte se disputaban el predominio imperial del mundo conocido hasta entonces y quienes, al igual que los amos del Norte, tenían también una extensa zona de influencia a la que dominaban a su antojo.

Esta fijación terminó cuando hace unos años este último imperio mencionado se desintegró, sin que nunca se supieran las verdaderas causas de esta acción, y aun cuando sólo se beneficiara con ella la Administración General de la Hacienda del Norte; ya que a partir de entonces no volvió a haber haciendas que le hicieran contrapeso a ésta en el predominio mundial.

No obstante, los administradores de La Hacienda buscaron en otras comarcas,  haciendas a las que culpar de los males que les ocurrieran o de las acciones que les disgustaran; para así mantener ocupada y engañada a la opinión pública en las demás haciendas del mundo y, al convertirse en el salvador de todos los males que ocurrían, terminaban por imponer en las demás haciendas su voluntad y parecer.

Y ni qué decir del provecho que sacaban, cuando invadían, so pretexto de salvar una hacienda supuestamente sojuzgada, e imponían administradores títeres que les permitieran alzarse con las riquezas naturales de la hacienda invadida, sin importarles si esta última terminaba desangrándose por las revueltas con las que los nacionalistas trataban de expulsar a los invasores y al gobierno títere.

La altivez consuetudinaria de los amos de El Palomar sólo se doblegaba ante los patrones de La Hacienda del Norte; un deseo de éstos, era una orden para aquellos.

En una ocasión (mencionada antes de soslayo), el administrador de turno les permitió a los del Norte alzarse con una buena porción de El Palomar, a cambio de un puñado de dinero; en esa parcela, que después se convirtió en una pequeña hacienda, los señores del Norte construyeron una magnífica autopista que unió, en forma rápida y por demás eficaz, una selva con la otra.

Ya se mencionó al principio de esta historia, como los dueños de La Hacienda tenían a las del Sur como su depósito de basuras, como proveedores de materia prima a precios irrisorios y como clientes cautivos de sus productos; esta actitud de servidumbre ante el patrón del Norte no era en balde; éste les financiaba a los dueños de las haciendas del Sur (y El Palomar no era la excepción), el armamento necesario para mantener el pie de fuerza requerido en su acción represiva y dominante. Además, les avalaba los abusos de autoridad que con frecuencia cometían y hasta les alcahueteaba la existencia de los mercenarios.

Llegó a tal punto la sed de poder de los amos de El Palomar que en ocasiones  era asesinado algún candidato a la Administración General, solamente para evitar que, en caso de salir elegido, terminara dándoles beneficios a los trabajadores e impidiera  así que los amos se siguieran enriqueciendo de manera desaforada. Huelga decir que estos crímenes quedaban totalmente impunes, por la obvia razón de que los autores intelectuales estaban dentro del grupo de amos de El Palomar.

Hubo una época en la cual, el administrador general no fue más que un títere en manos del director de las fuerzas oficiales; tanto, que lo convenció de que los intelectuales eran un peligro para la estabilidad de El Palomar y fueron muchos los que tuvieron que sufrir torturas y privación de la libertad; algunos lograron exiliarse y, así, salvar su integridad y su libertad.

Para entonces algunos grupos rebeldes firmaron la paz con el Administrador General de turno. Obviamente en contra de la opinión de aquellos amos que se beneficiaban con la guerra, al igual que los jerarcas de los emergentes armados, que usufructuaban muchos de estos beneficios. Por esto a uno de los partidos políticos de los que se formaron con los desmovilizados, algunos amos ordenaron diezmar y, con el apoyo de las fuerzas oficiales y la ayuda de los mercenarios, lo lograron.

Como consecuencia del armisticio, se reunió un Consejo Normativo Especial, elegido por el pueblo, es decir los trabajadores del común y sus familias, con el fin de redactar una Nueva Carta Normativa, también en contra de los amos que querían -y de ahí el apoyo que le daban- la confrontación armada; ya que ésta, no solamente les reportaba beneficios pecuniarios, en razón del tráfico de armas y el manejo del presupuesto bélico; sino que, además, era una buena excusa para mantener adormecida a la opinión pública.

No obstante la oposición de los corruptos, el Consejo Normativo Especial se reunió, sesionó durante cuatro meses y produjo una Nueva Carta Normativa. El antiguo Consejo Normativo -el de los amos y emergentes corruptos- fue revocado y se llamó a nuevas elecciones, pensando que ya había habido renovación en los amos y claridad en los trabajadores. Pero como quiera que, el poder del dinero y de las armas, lo tuvieran los corruptos, estos volvieron a tener asiento mayoritario en el Consejo Normativo recién elegido y siguieron haciendo de las suyas, como lo habían hecho siempre, ya que la renovación constituía minoría y las normas se aprobaban por mayoría.

Por consiguiente siguieron legislando en su provecho y el de sus benefactores, fueran éstos legales o ilegales. Al fin y al cabo, para estos corruptos, eso era lo de menos; lo importante para ellos era seguir teniendo las riendas para así poder seguir manejando el poder normativo a su antojo.

Los administradores de turno, al ver que esta situación les permitía -como siempre había ocurrido- manejar el presupuesto de El Palomar a su amaño, se hicieron los de la vista gorda. Por su parte, los emergentes armados, se dieron cuenta que de esta manera podían pedir aumento en el presupuesto de guerra, lo cual les convenía. Y todos los amos -y su corte de emergentes, también- quedaron contentos.

El territorio de El Palomar había terminado por ser mucho más pequeño de lo que fuera cuando la liberación encabezada por el Gran Rebelde, en razón de las ventas subrepticias de tierra que, algunos de sus administradores, hicieron a las haciendas vecinas, tal como ya se mencionó antes.

También algunos de ellos les vendieron las riquezas naturales a empresas del Norte, para que éstas las explotaran a cambio de ganancias pírricas para El Palomar, pero pingües para sus administradores de turno.

Llegó a tal punto el dominio de los amos del Norte que en una ocasión se descubrió que en algunas de las haciendas del Sur se cultivaba un árbol cuyo fruto resultó ser muy apetecido y que además creaba adicción; sobre todo en la juventud de La Hacienda. Después se descubrió que a la larga su consumo era dañino. Sin embargo, sus consumidores pagaban precios exorbitantes por una pequeña porción del fruto.     

Hubo un momento en el cual la fuga de dinero por concepto de la compra del fruto era tan alta, que preocupó a la administración del Norte y, como quiera que no fuera fácil erradicar el consumo -ni les interesaba el daño que pudiera ocasionar a los consumidores, sino la fuga de capitales- resolvieron prohibir la producción. De inmediato dieron las órdenes necesarias a las administraciones de las haciendas del Sur involucradas en el cultivo o en la distribución del malhadado fruto y allí empezó la hecatombe, pues los encargados de su tráfico se fueron a la clandestinidad; lo que ocasionó que se desatara una guerra a muerte entre los administradores y los traficantes y El Palomar se volvió a bañar en sangre.

Hasta que en el Norte, después de muchos esfuerzos, lograron cultivar el árbol en cuestión; santo remedio, se acabó la prohibición. Algo similar había ocurrido medio siglo atrás de estos hechos, con respecto a la distribución de un elixir y de una especie de infusión, producidos ambos en comarcas lejanas, más allá de las selvas, cuyo consumo hacía salir mucho dinero de La Hacienda.

Tan pronto como se logró producir un elixir que reemplazara al extranjero y se logró cultivar la hoja con la cual se hacía la infusión, estos productos dejaron de ser ilegales y, todos los que habían estado hasta entonces en la clandestinidad, produciendo violencia, guerra y muerte, pasaron  a ser gente respetable y honorable; tanto que, con el paso de los años, varios de sus descendientes, llegaron a ocupar la administración general de La Hacienda del Norte o a formar parte de sus consejos normativos.

Años más tarde los del Sur, sobre todo en El Palomar donde había mucha gente inquieta, encontraron otro árbol con características de adicción y daño en los consumidores, similares a la fruta ya descrita. Árbol cuyo fruto, desde tiempos inmemoriales -anteriores a la llegada de los primeros colonos-, fuera utilizado por los nativos como un sucedáneo para el hambre y la fatiga.

Volvió la catástrofe: prohibición, ilegalidad, tráfico subrepticio, persecución, guerra, muertes, fumigación indiscriminada que arrasaba con los cultivos y la salud de los trabajadores del campo en El Palomar.

Sólo que esta vez la persecución se desató contra unos grupos de productores y distribuidores; pues hubo otros grupos, protegidos por la administración de El Palomar, cuyos directivos disfrazaron muy bien sus actividades y así pudieron, durante muchos años, realizarlas y cuando todo esto se hizo evidente, la administración de turno en El Palomar muy ladinamente hizo creer a todos -incluyendo a los del Norte- que estaba acabando con los cultivos del nuevo árbol prohibido; pero en realidad solamente estaba acabando con los de la competencia de sus protegidos; entre los cuales, al final algunos se entregaron, purgaron una leve y corta condena en cómodas cárceles y luego salieron a disfrutar de su dinero y del  estatus social que el tráfico ilícito les había hecho lograr.

Otros más audaces, habían logrado llegar hasta los consejos normativos o a la administración de parcelas, antes de que se desatara la persecución; otros más crearon empresas y todos, muy emergentes, habían logrado incrustarse dentro de la clase dirigente de El Palomar. Otros cuyos ancestros se enriquecieron con el tráfico prohibido, llegaron a alcanzar posiciones elevadas dentro de las administraciones de las parcelas, en el Consejo Normativo  o en la Administración general de El palomar.

Vale la pena aclarar que la protección de la administración hacia estos grupos  no era gratuita: los protegidos pagaban enormes sumas de dinero por ella, tanto a la administración como a los emergentes que comandaban los grupos armados ya mencionados; aquellos que supuestamente debían estar cuidando los límites de la hacienda o preservando el orden interno y hasta algunos de los rebeldes, contaminados del afán de enriquecimiento rápido y, ni qué decir, de los mercenarios.

 Además muchas veces los traficantes financiaban las campañas de los amos de El Palomar en las elecciones para la administración -de parcelas o general- o los consejos normativos.

Hasta que, tanto rebeldes como mercenarios, se entregaron de lleno a la actividad del tráfico ilícito del fruto prohibido por los administradores de la Hacienda del Norte, perdiendo así de vista los objetivos para los cuales habían sido creados y habían luchado durante tantos años, a saber: los rebeldes por tratar de cambiar la desigualdad social impuesta por los amos de El Palomar y los mercenarios por querer contrarrestar esta opción y, de paso, permitir el acrecentamiento del poder de los amos, quienes solamente perseguían a los cultivadores que estaban con los rebeldes; porque aquellos que eran protegidos por los mercenarios y ellos mismos, gozaban del permiso del Administrador de El Palomar, en ese momento. Tanto, que éste mandaba fumigar las zonas donde sabía que existían cultivos de los rebeldes, mientras que las zonas de cultivo de los mercenarios permanecían por fuera de los planes de fumigación. Todo a través de un aberrante contubernio.

En otras haciendas del Sur también había narcotráfico que generaba delincuencia y corrupción; pero las administraciones respectivas sabían disimularlo o no se plegaban totalmente a las directrices de los amos del Norte y, aunque en La Hacienda conocían la situación, no sabían de su exacta trascendencia; lo cual colocaba a El Palomar como el principal productor del fruto ilícito con las obvias desventajas que esto significaba.

Peor todavía, los mayores consumidores vivían en La Hacienda del Norte; no obstante, su administración no hacía nada para evitarlo; a ella sólo le preocupaba la fuga de capitales por el ingreso del fruto a sus contornos.

Y las cosas en El Palomar, tal como habían venido sucediendo desde el destierro del Gran Rebelde -170 años atrás- siguieron su curso de siempre. Más aún, cada día empeoraban. Quienes llegaban al poder -fuera administrativo o normativo- no hacían más que apoderarse de los recursos. Su codicia no tenía límites; por el contrario, cada vez se exacerbaba más y más.

Hasta que llegó el momento en que La Hacienda del Norte, al ver que el costo de la guerra contra los traficantes en El Palomar le resultaba demasiado oneroso y no se veían consecuencias definitivas y aprovechando que los rebeldes cargaban el sambenito de ser los únicos auxiliadores de aquellos, resolvieron destinar una elevada partida presupuestal para acabar, de una vez por todas, con esa actividad que le hacía daño a la gente y -esto era lo peor- les desangraba el presupuesto.

Por eso, al presentarse en El Palomar una nueva contienda electoral, uno de los candidatos a la administración general ofreció hacer la paz con los rebeldes. De inmediato la mayoría de los electores de El Palomar (55%) votó por él. Recién que empezó su mandato se reunió con los jefes rebeldes y les concedió lo que ellos pedían; sin embargo, la paz no llegó. Los rebeldes no cumplieron con lo pactado, los enemigos de la paz aprovecharon la situación para intrigar, y volvió el conflicto.

Como se aproximaba el fin del período del administrador que había fallado en la búsqueda de la paz, uno de los nuevos candidatos, que había jurado vengarse de los rebeldes, pues estos le habían matado a su padre por haber sido auxiliador de los mercenarios y perteneciente al grupo de traficantes, al postularse ofreció acabar con los rebeldes en poco tiempo y, lo más importante, ofreció a la administración general de la Hacienda del Norte acabar con los cultivos ya mencionados, a sabiendas de que los mercenarios, quienes habían recibido auxilio de este individuo, cuando él ocupara la administración de una de las parcelas de El Palomar, eran también aliados de los traficantes del fruto maldito.

Además, este individuo cuando fue administrador de una de las principales parcelas de El Palomar, con la ayuda de sus propios mercenarios, había acrecentado de manera desmesurada el tamaño de sus tierras, a las que bautizó cínicamente con un nombre, ya mencionado antes, sinónimo de la abundancia. También aprovechó su paso por  la administración de la agencia de vuelos, para permitir que su padre y sus colegas traficantes construyeran pistas clandestinas.

            Con la promesa pública de acabar con los rebeldes y la promesa soterrada de ayudar a los mercenarios, obtuvo ayuda de los corruptos y de los mercenarios -aliados  todos entre sí- quienes, con la fuerza de las armas y el fraude, lograron que este individuo barriera en las elecciones y así subió a la Administración General de El Palomar.

Pero tampoco pudo acabar con los rebeldes, ni con los traficantes del malhadado fruto. Pero en cambio perdonó a los mercenarios. Sus crímenes fueron sobreseídos, se les dieron subsidios a los mercenarios de bajo rango y sus cabecillas entraran a formar parte de los Consejos Normativos y en otros ámbitos del manejo de El Palomar, permitiendo además que conservaran las riquezas mal habidas.

Hubo casos de cabecillas de mercenarios que, como ya se mencionó, también eran traficantes y entonces este Administrador General los extraditó, supuestamente por sus nexos con el tráfico ilegal del fruto prohibido; pero en realidad, lo hizo para acallarlos y evitar que denunciaran sus nexos con ellos.

Entre tanto, sus víctimas fueron olvidadas y sus deudos no recibieron ninguna reparación, puesto que no se les reveló donde habían quedado los cadáveres de sus seres queridos y ni siquiera se les pidió perdón por todo el sufrimiento recibido de manos de los mercenarios, bajo la vista cómplice de los administradores de El Palomar, quienes, además, habían permitido que la corrupción administrativa aumentara hasta alcanzar niveles insospechados, debido a la compra de conciencias, que se facilitaba por la gran cantidad de dinero que circulaba como producto del tráfico del fruto prohibido, el cual era protegido, como ya se mencionó antes, por mercenarios y rebeldes y hasta por el mismo Estado.

Además, la connivencia entre políticos y mercenarios, llegó a tales extremos que, estos últimos, imponían en las parcelas alejadas de la capital a los candidatos de sus preferencias, tanto en la administración, como en los consejos normativos. Se dieron casos en los cuales, los candidatos no predilectos de los mercenarios, eran amenazados de muerte si no retiraban su candidatura, para que su preferido no tuviera opositores y así garantizarle la elección.

Por esa época, el administrador de turno en la Hacienda del Norte -que a la vez era propietario de varias parcelas prósperas y, por consiguiente, de una ambición y una beligerancia desmedidas- necesitaba apropiarse de las riquezas naturales de algunas haciendas situadas en el otro extremo del mundo y, para ello, se valió de diversos pretextos, como el de lograr atribuir a éstas algunos actos terroristas cometidos en la Hacienda del Norte por agentes mercenarios que, en realidad, se encontraban bajo las órdenes del belicoso administrador de turno.

De inmediato, el administrador general de El Palomar aprovechó la oportunidad para convencer al pendenciero del Norte, de que los rebeldes locales eran cómplices de los sindicados por éste, como chivos expiatorios de su desproporcionada ambición.

El final de la historia de El Palomar, que más bien parece la antítesis de La Utopía de Tomás Moro o de La República de Platón, se pierde entre las telarañas del tiempo y, por más que muchos han tratado de indagar en qué pudo haber terminado todo, no les ha sido completamente posible; pues los jóvenes, descendientes de quienes luego murieron en la postrer hecatombe, tratan de olvidarlo.

Epílogo

Calló el anciano y algunos de los presentes, los que se encontraban más cerca, vieron cómo unas lágrimas surcaban el arrugado rostro de su maestro; quien, una vez hubo enjugado el llanto, con voz temblorosa terminó, así, su narración:

-Los más viejos, que entonces todavía éramos jóvenes, también quisiéramos olvidar; sin embargo, recordamos con tristeza como El Palomar, al final fue invadido (con el apoyo armado de La Hacienda) por la gente armada de las haciendas vecinas, quienes vivían convencidos de que los males que aquejaban a El Palomar los perjudicaban; olvidando que ellos también sufrían de los mismos males; pero, hipócritamente, pretendían ocultarlos y, arteramente, lo lograban ante la opinión mundial. Después de la invasión a El Palomar, fueron ejecutados muchos de sus dirigentes y del personal oficial armado y fueron ajusticiados también muchos rebeldes y mercenarios. Solamente se salvaron aquellos que, prevalidos en su poder económico, alcanzaron a huir hacia otras haciendas, incluida la del Norte.

Entonces los invasores se repartieron entre sí las parcelas que no habían alcanzado a ser vendidas por el último administrador de El Palomar. El mismo que había protegido a los mercenarios como nadie antes lo hubiera hecho y que, además, cambió las normas para quedarse en el poder de manera vitalicia y quien, como premio, fue recibido con sus hijos (verdaderas fichas de la corrupción) y todos sus familiares y todo su séquito de cómplices, en la Hacienda del Norte. No es preciso aclarar que todos estos corruptos se llevaron sus fortunas personales, calculadas en ese entonces como realmente exorbitantes.

Los antiguos trabajadores de El Palomar fueron esclavizados por los invasores, salvándonos únicamente aquellos que alcanzamos a escondernos de las tropas invasoras, para luego huir hacia las montañas y, por ellas, pasar a esta hacienda que nos ha dado albergue; desde donde, durante muchos años, hemos hecho intentos, infructuosos hasta ahora, por reconstruir nuestra amada hacienda de El Palomar.

El anciano enmudeció; su rostro, demudado por el dolor y la tristeza, estaba anegado en llanto. Sus discípulos más allegados lo rodearon y trataron de reconfortarlo con frases de apoyo y solidaridad y algunos, los más cercanos a sus afectos, lo abrazaron.

 

Aclaración

Nota bene: todo lo anterior, es producto de la imaginación del autor y por tanto puede ser ficción; así que cualquier parecido con hechos o personajes de la vida real de cualquier nación del mundo, incluida la nuestra, es una simple y desafortunada coincidencia. De ahí que el autor no se haga responsable de que alguna persona, grupo, nación o pueblo, se vea reflejado en esta historia y entonces sienta que el guante de la vergüenza le da en el rostro. De todas maneras, las más rendidas excusas por poner accidentalmente a alguien en evidencia. Esa no fue la intención; la cual tiene que ver más con el divertimento que con cualquier otra cosa.