CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

A PROPÓSITO DEL CÓDIGO DA VINCI

(Respuesta a un blasfemo e infame libelo)

 

VALLEDUPAR, COLOMBIA

 

Marzo del año 2003

 

Señor mío y Dios mío.” Santo Tomas, al ver a Jesús resucitado

 

En vista del apogeo que han tomado algunos escritos, como el que se va a comentar a continuación, y cuyo auge crece como la espuma -sobre todo entre la juventud inexperta y desinformada-, es menester desenmascarar el error histórico camuflado en el libro, cuyo título ayuda a formar el mote del presente ensayo. Sobre todo porque, detrás de la parafernalia desatada por dicho libro, se encuentra una serie de desafueros -por decir lo menos- contra la divinidad de Jesucristo.

Ya, antes, otros autores han tratado de hacer lo mismo; lo grave no es que lo hagan, el problema radica en la desinformación -revestida de visos “históricos”- que conllevan dichos folletos, con los cuales asaltan la buena fe de los incautos.

El Código Da Vinci es una novela de ficción anticatólica que ha resultado ser un éxito de ventas en todo el mundo. Con más de 30 millones de ejemplares vendidos, traducida a varios idiomas; de manera indudable, se trata de un acontecimiento propio de la cultura de masas, que -dejando de lado la exuberante imaginación del autor- transmite el siguiente mensaje nocivo para la mente, la razón y la fe:

«Jesús no es Dios. Antes del Concilio de Nicea -celebrado en el año 325- ningún cristiano pensó que Jesús fuera Dios, hasta cuando el emperador Constantino lo deificó en ese concilio. Jesús tuvo como compañera sexual a María Magdalena. Sus hijos, portadores de su sangre, son el Santo Grial (sangre de rey, sangre real, santo grial), fundadores de la dinastía Merovingia en Francia y antepasados de la protagonista de la novela. Jesús y María Magdalena representaban la dualidad masculina-femenina, como Marte y Atenea, igual que Isis y Osiris.

«Los primeros seguidores de Jesús adoraban el sagrado femenino; esta adoración a lo femenino está oculta en las catedrales construidas por los Templarios, en la secreta Orden del Priorato de Sión -a la que pertenecía Leonardo da Vinci- y en mil códigos culturales secretos adicionales. La malvada Iglesia Católica inventada por Constantino en el año 325 persiguió a los tolerantes y pacíficos adoradores de lo femenino, mató a millones de brujas en la Edad Media y el Renacimiento, destruyó todos los evangelios gnósticos que no le gustaban y sólo dejó, bien retocados, los cuatro evangelios que le convenían. El Grial son los hijos de Jesús y la Magdalena y el primer dios de los cristianos gnósticos era femenino.”»

Todo esto se intenta vender como erudición, investigación histórica y trabajo seriamente documentado. En una nota al principio del libro, el autor -Dan Brown, quien debe padecer del complejo de Eróstrato que, en el 356 a. C., quemó el templo de Artemisa en Éfeso sólo para hacerse célebre- declara: «Todas las descripciones de arte, arquitectura, documentos y rituales secretos en esta novela son fidedignas.»

Como se verá, a medida que se avanza en la lectura, todo esto es falso; los errores, las invenciones, las tergiversaciones y las simples mentiras abundan por toda la novela. La pretensión de erudición cae al suelo al revisar la bibliografía que ha usado.

Los libros serios de historia o arte deben de escasear en la biblioteca de Brown y, en cambio, deben de abundar los de paraciencias, esoterismos y pseudo historias conspirativas. Dan Brown, en su propia página web, dice bien claro que no ha escrito sólo una novela llena de despropósitos para divertir: «Como he comentado antes, el secreto que revelo, se ha susurrado durante siglos; no es mío.»

El resultado es que las ventas de libros pseudo históricos sobre la Iglesia, los evangelios gnósticos, la mujer en el cristianismo, las diosas paganas, etc., se han disparado.

La ficción, disfrazada de ciencia, es la mejor forma de educar a las masas y engañar mejor a los lectores. En este caso, recurriendo a la historia del arte y de las religiones. Como afirma Bazile, en El barbero de Sevilla, de Pierre-Augustin de Beaumarchais: ”La calomnie, docteur, la calomnie, il faut toujours en venir là.” (La calumnia, doctor, la calumnia siempre queda).

Y habría que agregar: si calumnias con datos que suenen a ciencia, aunque sean inventados, más queda todavía.

Toda la base histórica de Brown descansa sobre una fecha, el Concilio de Nicea del año 325. Según su tesis, antes de esta fecha el cristianismo era un movimiento muy abierto, que aceptaba lo divino femenino, que no veía a Jesús como Dios, que escribía muchos evangelios. En ese año, de repente el emperador Constantino -un adorador del culto masculino al Sol Invicto- se apodera del cristianismo, destierra a la diosa, convierte al profeta Jesús en un heroico dios solar y monta una redada para hacer desaparecer los evangelios que no le gustaban. Tal como 16 siglos después lo haría Stalin con los intelectuales de Rusia.

Para cualquier lector con algo de cultura histórica, esta hipótesis resulta absurda, al menos por dos razones:

Hay textos que demuestran que el cristianismo antes del 325 no era como dice la novela y que los textos gnósticos eran tan ajenos a los cristianos, como lo son actualmente las publicaciones “nueva era”: algo parasitario y externo.

Incluso si Constantino hubiese querido cambiar así la fe de millones ¿cómo habría podido hacerlo en un concilio sin que se diesen cuenta millones de cristianos y, sobre todo, centenares de obispos que conocían la vida de Cristo?

Muchos de los obispos del Concilio de Nicea eran ancianos supervivientes de las persecuciones de Diocleciano y llevaban sobre su cuerpo las marcas de la prisión, la tortura o los trabajos forzados por mantener su fe. ¿Iban a dejar que un emperador cambiase su fe? Acaso, ¿no era la resistencia de los cristianos a ser asimilados como un culto más, la causa de las persecuciones desde Nerón?

Más aún, si el cristianismo antes del 325 hubiese sido tal como lo describen los personajes de Brown (y muchos nuevos agnósticos actuales), nunca habría padecido persecución; ya que habría encajado perfectamente con tantas otras opciones paganas, como las que había entonces. El cristianismo fue siempre perseguido por no aceptar las imposiciones religiosas del poder político y por proclamar que sólo Cristo es Dios, con el Padre y el Espíritu Santo.

En la novela, su protagonista, el historiador inglés Teabing afirma que «en Nicea se estableció que Jesús era el Hijo de Dios.» Un repaso a los evangelios canónicos, escritos casi 250 años antes de Nicea, muestra unas 40 menciones a Jesús como Hijo de Dios.

Brown lo que hace allí es copiar de uno de los libros pseudo históricos que más ha plagiado para hacer su bestseller, “Holy Blood, Holy Grial”, en el que se afirma que «en Nicea se decidió por voto que Jesús era un dios, no un profeta mortal».

La verdad es otra. Los cristianos siempre han pensado que Jesús es Dios y así figura en los evangelios y en escritos cristianos muy anteriores a Nicea. Por ejemplo, en el Evangelio de San Juan, cuando Tomás dice al ver a Jesús resucitado: “Señor mío y Dios mío.” O en la Carta de San Pablo a los Romanos, dictada a Tercio en casa de Gayo -jurisconsulto romano- en Corinto en el invierno del 57 al 58: “…de ellos (los judíos) son los patriarcas, y como hombre ha surgido de ellos el Cristo, que es Dios, y está por encima de todo.” O en los Hechos de los Apóstolos, cuando San Pedro escribe: “Yo, Simón Pedro, servidor y apóstol de Jesucristo, a aquellos que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo han recibido una fe tan preciosa como la nuestra…”

Y saliendo del Nuevo Testamento, están los textos de algunos Padres de la Iglesia muy anteriores a Nicea: “Pues nuestro Dios Jesucristo fue, según el designio de Dios, concebido en el vientre de María, de la estirpe de David, pero por el Espíritu Santo”, afirma San Ignacio de Antioquía, en carta a los Efesios, 107 d. C. “Si hubieseis entendido lo escrito por los profetas, no habrías negado que Él (Jesús) era Dios, Hijo del único, insuperable Dios” (San Justino Mártir, en Diálogo con Trifón, 165 d. C.)

Estas citas -y muchas otras más- demuestran que los cristianos tenían clara la divinidad de Cristo mucho antes de Nicea. En realidad, en Nicea el debate fue sobre las enseñanzas de Arrio, un sacerdote herético de Alejandría que desde el 319 enseñaba que Jesús no era Dios, sino un dios menor. De unos 250 obispos, sólo dos votaron a favor de la postura de Arrio, mientras que el resto afirmó lo que hoy se recita en el Credo, que el Hijo de Dios fue engendrado, no creado, y que es de la misma naturaleza o sustancia que el Padre. Es decir, que Dios Hijo es Dios, igual que Dios Padre también es Dios, un mismo Dios pero distintas Personas. Pese a esta unanimidad de los padres conciliares, el historiador Teabing en la novela de Brown, dice que Cristo fue «designado Dios, ¡por un estrecho margen de votos!» ¡Que mentira tan osada y que blasfemia tan temeraria!

Teabing -protagonista de la novela y, definitivamente, un historiador que no sabe historia- también dice una serie de cosas sobre cómo el cristianismo inventado por Constantino no era más que paganismo. «Nada en el Cristianismo es original», dice el personaje. Hay afirmaciones en El Código da Vinci sin asidero histórico. A continuación vamos a comentar algunas.

«La mitra, el altar, la doxología y la comunión, fueron tomados directamente de religiones paganas anteriores al cristianismo.”

La mitra de los obispos difícilmente puede estar inspirada en religiones antiguas, ya que aparece en Occidente hacia mediados del siglo X y en Oriente se empieza a usar después de la caída de Constantinopla en 1453. El altar es, al igual que el cristianismo, de origen judío, no pagano. Hay 300 referencias a altares en el Antiguo Testamento. El altar de los sacrificios del Templo de Jerusalén es el punto de referencia del judaísmo antiguo y del simbolismo cristiano. No tiene nada que ver con los cultos paganos. La Doxología, que es la alabanza a la Santísima Trinidad y es también la oración del Gloria: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres…», usa lenguaje puramente cristiano, con conceptos trinitarios y utilizando continuamente pasajes del Nuevo Testamento. Nada que se parezca a los cultos paganos. En cuanto a la comunión, parece ser que en los niveles superiores del culto a Mitras existía una comida sagrada de pan y agua o pan y vino. No hay datos que indiquen que los seguidores de esta divinidad persa, consideraran que en esa comida «comían un dios» ni nada similar. Además, el origen de bendecir y compartir el pan es judío.

-«El domingo, día sagrado cristiano, fue robado a los paganos.»

Desde el principio, los cristianos vieron el día después del sábado, como el más importante día para sus reuniones. Ya lo hacían en época de San Pablo: “…y en el primer día de la semana, cuando estábamos reunidos para partir el pan…”, (Hechos 20,7) o cuando Pablo pide reunir las colectas y diezmos el primer día de la semana. Danielou, en su libro “La Biblia y la Liturgia”, dedica todo el capítulo 16 a hablar de «El octavo día», con citas de Ignacio de Antioquía, de la Epístola de Barnabás, de la Didajé (doctrina de los doce apóstoles), todos autores de finales del siglo I y principios del siglo II. Todos hablan del Día del Señor. San Justino, hacia el 150 d. C. es el primer cristiano en usar el nombre latino de Día del Sol (domingo) para referirse al día después del sábado. Ya en el concilio de obispos hispanos de Elvira, en el 303 d. C., se proclamó: “Si alguien en la ciudad no viene a la iglesia tres domingos seguidos será excomulgado, después de un tiempo corto para que se corrija.” Sólo 18 años después, en 321, Constantino declara oficialmente el domingo como día de descanso y abstención del trabajo. O sea, que el domingo es invento cristiano, que posteriormente adoptó la sociedad civil, y no una fiesta pagana robada por cristianos, justo lo contrario de lo que dice la novela de Brown.

-«También al dios hindú Krishna, recién nacido, se le ofreció oro, incienso y mirra.»

Extraído del libro de pseudo historia “Los 16 crucificados, salvadores del mundo”, escrito por Kersey Graves en 1875 y denostado incluso por ateos y agnósticos. Sin embargo, Graves no da nunca documentación de sus afirmaciones. Ésta del oro, el incienso y la mirra, parece simplemente un invento. En la literatura hindú, según los entendidos, no se encuentra en ninguna parte. Ni siquiera en los libros hindúes escritos a partir del siglo I.

El dios Mitras, nacido un 25 de diciembre como Osiris, Adonis y Dionisos, con los títulos «Hijo de Dios» y «Luz del Mundo», enterrado en roca y resucitado 3 días después, inspiraron muchos elementos del culto cristiano.»

En realidad, la fiesta pagana del 25 de diciembre en Roma la inventó el emperador Aurelio en el 274, muchos años después de que los cristianos latinos celebrasen el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo. Aunque en la novela hablen de Mitras como un dios «muerto, enterrado en roca y resucitado tres días después», esta afirmación no aparece en ningún texto ni tradición antigua sobre Mitras. O sea que sobre una calumnia histórica, Brown teje una calumnia teológica.

¿Por qué el mundo va tan mal, hay guerras, violencia y contaminación? La respuesta de El Código Da Vinci y su feminismo radical es sencilla, la culpa es del cristianismo que es machista:

«Constantino y sus sucesores masculinos convirtieron con éxito el mundo, desde el paganismo matriarcal hasta la cristiandad patriarcal, mediante una campaña de propaganda que demonizó lo sagrado femenino, eliminando a la diosa de la religión moderna.» [Como consecuencia], la Madre Tierra se ha convertido en un mundo de hombres, y los dioses de la destrucción y la guerra se toman su tributo. El ego masculino ha pasado dos milenios sin equilibrarse con su balanza femenina, una situación inestable marcada por guerras alimentadas con testosterona, una plétora de sociedades misóginas y una creciente falta de respeto por la Madre Tierra.»

Esto se habría evitado -según Dan Brown- de seguir el «cristianismo» gnóstico, algunos de cuyos grupos y tendencias consideraban lo divino como masculino y femenino, relaciones armónicas de opuestos e incluso andrógino. Jesús -según los gnósticos del siglo II y los “nueva era” feministas del siglo XX- necesita un opuesto femenino que le complete (y quién mejor que su “consorte” María Magdalena) y unos documentos que lo avalen (y ahí están pues, a la mano, los evangelios apócrifos, textos gnósticos imaginativos sin base histórica).

Mientras que los evangelios canónicos son del siglo I, ningún texto gnóstico es anterior al siglo II. Muchos son de los siglos III, IV o V. A mediados del siglo II, la Iglesia ya tenía claro que los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan eran los inspirados por el Espíritu Santo. Es falsa la idea de la novela de que en el 325, de acuerdo a Constantino de entre «más de 80 evangelios considerados para el Nuevo Testamento», sólo se eligieron cuatro. ¡Estos cuatro ya hacía 200 años que estaban seleccionados!, como leemos en los textos de Justino Mártir (150 d. C.) y de San Ireneo (180 d. C.)

En El Código Da Vinci hay material de muchos tipos: “nueva era”, ocultismo, teorías conspirativas, neo paganas, astrología, temas orientales y hasta amerindios; pero el cóctel gnóstico-feminista es la base de la mezcolanza. Hay poca investigación verdadera sobre el Santo Grial, pero sí mucha sangría.

Así, se nos cita un texto que existe en verdad, el Evangelio de María Magdalena; una obra gnóstica tardía, escrita por autores de una secta gnóstica, desde fuera del cristianismo. En él, María besa en la boca a Jesús y eso causa la envidia de los apóstoles. Según Teabing -el historiador de la novela-, «Jesús era el primer feminista. Pretendía que el futuro de su iglesia estuviese en manos de María Magdalena.»

Lo que Brown se abstiene de citar es el versículo 114 de otro texto gnóstico, el famoso Evangelio de Tomás, donde Jesús dice que Él hará de María Magdalena «un espíritu viviente que se parezca a vosotros, varones. Porque cada mujer que se haga a sí misma varón entrará en el reino de los cielos».

Es tanto el revoltijo, histórico, teológico y cultural que Brown logra hacer en la obra, que ni él mismo se preocupa por armonizar los textos que, de manera maligna, quiere tomar como base de su diatriba anticristiana.

El gnosticismo antiguo es reciclado por antagonistas de la Iglesia actual, pero para ello han de rechazar algunas cosas de ese gnosticismo antiguo, que era machista, elitista, despreciaba el cuerpo y todo lo material y es difícil de vender como “el auténtico cristianismo».

Así, el entusiasmo del autor por los «ritos de fertilidad», que tanto admiran (y practican) los protagonistas, obviamente no tiene nada que ver con la fertilidad, si no con el placer sexual. Es un signo de los tiempos, pero también una herencia gnóstica: “engendrar, dar vida a nuevos cuerpos, es malo”. Lo bueno es sexo sin concepción. ¡Justo lo contrario que en el cristianismo! Es de suponer que la próxima novela de Brown, trate de la clonación, es decir, de concepción sin sexo.

Retomemos el análisis del panfleto El Código Da Vinci, en donde Dan Brown demuestra una desproporcionada ansia de figurar y para lograrlo acude incluso a la blasfemia, cuando se atreve a negar la divinidad de Jesucristo. Señalemos aquí otros errores del libelo que, por cierto, está siendo acusado de plagio.

El novelista dice además que los cinco anillos de las olimpiadas son un símbolo secreto de la diosa Afrodita. En realidad, cuando se diseñaron las primeras olimpiadas, el plan era empezar con uno e ir añadiendo un anillo en cada edición pero, por efectos de las guerras, se quedaron en cinco. O sea, que no hay relación con Afrodita.

También dice el libro que el planeta Venus se mueve dibujando cinco aros, el llamado «pentagrama de Ishtar», como símbolo de la diosa (Ishtar es Astarté o Afrodita). Al contrario de lo que allí se afirma, la figura no es perfecta y no tiene nada que ver con las Olimpiadas, que se celebraban cada cuatro años y en honor de Zeus; nada que tuviera que ver con los ciclos de Venus, ni con la diosa Afrodita.

En la novela presentan la larga nave central y hueca de una catedral como un tributo secreto al vientre femenino, con las nervaduras como pliegues sexuales, etc. Esto está tomado del libro de pseudo historia “La Revelación de los Templarios”, en donde se afirma que los templarios crearon las catedrales. Por supuesto, esto es falso. Las catedrales las encargaron los obispos y sus canónigos, no los templarios. El modelo de las catedrales era la iglesia del Santo Sepulcro.

El Priorato de Sión existe realmente, es una asociación francesa registrada desde 1956, posiblemente originada tras la II Guerra Mundial; por tanto, aunque clamen ser herederos de masones, templarios, egipcios, etc., no es creíble la lista de Grandes Maestres del Priorato que señala Brown: Leonardo, Newton, Víctor Hugo y otros personajes anteriores al siglo XX.

La novela dice que el tetragrama YHWH (el nombre de Dios en letras hebreas), «viene de Jehová, una unión física andrógina entre el masculino Jah y el nombre pre hebreo de Eva, Havah». Al parecer, nadie ha explicado a Brown que YHWH -que hoy sabemos que se pronuncia Yahvé- empezó a pronunciarse «Jehová» en la Edad Media, al interpolarse, entre las consonantes, las vocales hebreas de «Adonaí».

Las cartas del tarot no enseñan doctrina de la diosa; se inventaron para juegos de azar en el siglo XV y sólo adquirieron asociaciones esotéricas hacia finales del siglo XVIII. La idea de que los diamantes de la baraja francesa representan pentagramas, es un invento del ocultista británico A. Waite. ¿Qué dirán los esotéricos de la baraja española con sus copas (símbolos sexuales femeninos) y sus espadas y bastos (símbolos fálicos)?

El Papa Clemente V no eliminó a los templarios en un plan maquiavélico, ni echó sus cenizas al Tíber, como lo afirma Brown. El Tíber está en Roma y Clemente V no, porque fue el primer Papa de Aviñón, que está y siempre ha estado en Francia. Toda la iniciativa contra los templarios fue del rey francés, Felipe el Hermoso. Los masones, los nazis y ahora los nuevos agnósticos quieren ser herederos de los templarios.

Mona Lisa no representa un ser andrógino, sino a La Madonna Lisa, esposa de Francesco di Bartolomeo del Giocondo. Mona Lisa no es un anagrama de los dioses egipcios Amón e Isa (Isis).

En La Última Cena de Leonardo, no aparece el cáliz y sí aparece San Juan. La novela dice que el joven es María Magdalena y que ella es el Grial. El cáliz no sale porque el cuadro está describiendo la Última Cena tal como se describe en el Evangelio de San Juan, cuando Jesús avisa «uno de vosotros me traicionará.»

La novela dice que Leonardo recibió muchos encargos de la Iglesia y «cientos de lucrativas comisiones vaticanas». En realidad Leonardo pasó poco tiempo en Roma y apenas si le mandaron hacer algún encargo. También presenta Brown a Leonardo como un homosexual ostentoso. En realidad, aunque en su juventud fue acusado de sodomía, su orientación sexual no está del todo clara, pues siempre trató de separar su vida privada de sus actos públicos.

Como última mentira de Brown, la heroína Sophie Neveu, usa un cuadro de Leonardo, La Madonna de las Rocas, como un escudo y lo aprieta tanto a su cuerpo que se dobla. Esto es asombroso, porque en verdad se trata de una pintura sobre madera, no sobre lienzo, y de casi dos metros de alto. Algo difícil, casi imposible de doblar; sobre todo por una hermosa fémina.