CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

PREFACIO

Hay quienes piensan que las manifestaciones del arte, tales como la pintura, la escultura, la música, la literatura…, siempre han de enviar un mensaje al destinatario. Yo creo que no necesariamente debe de ser así. Pues el arte, además, debe embelesar, producir  placer, ser un lenitivo para la molicie y el aburrimiento y también para la soledad.

Por eso, no siempre un escrito debe ser didáctico; en ocasiones, el autor sólo ha pretendido entretener su propio ocio -o el del lector- y de ahí, de esa intención, han surgido muchas de las grandes obras de la literatura universal; obras, cuyo propósito no era el de dar grandeza al escritor; ni mucho menos propiciar el conocimiento, sino llevarles momentos de solaz a sus casuales lectores, amén de transmitirles el buen estilo literario y aumentarles su humanismo; sí que también, inhibir su propia melancolía.

Ahora bien, únicamente a las mentes privilegiadas se les facilita el arte de escribir; a esas personas elegidas, sólo les basta encontrar un tema para que, a partir de ese momento, las ideas y las situaciones pasen raudamente del cerebro al papel. La mano vuela y, en tal caso se van pergeñando, página tras página, el bosquejo de un cuento, la trama de una novela, las fantasías de una leyenda o el más hermoso poema.

Empero, para el resto de los mortales que osadamente pretendemos dejar por escrito nuestras ideas, el asunto se torna asaz difícil. Porque ni siquiera la posesión de un buen tema, es causa suficiente para hacernos volar la imaginación.

Entonces, la conclusión es bastante irrefutable: para los primeros -los de mente abierta y privilegiada- pareciera que el numen de la imaginación estuviera siempre a su disposición, presto para iluminarlos con su inventiva y su discernimiento. Para los demás, las musas aparentan dormir el sueño de los justos; pues hay que llamarlas una y otra vez -en ocasiones de viva voz y con gritos estentóreos- para que, de manera cicatera, nos aporten su valioso concurso en el devenir de las ideas.

Sin embargo y sin que la anterior digresión sea resultante de la envidia y  mucho menos producto del resquemor -en tanto lo es de la admiración- al terminar un escrito, el autor siente la satisfacción que experimenta el padre cuando ve retozar a su pequeño hijo en el jardín, mientras transcurre una hermosa tarde primaveral. Para el padre, su hijo es hermoso, es la más linda de todas las criaturas, no obstante a otras personas les parezca feo, deforme o, en la más leve de todas las comparaciones, no muy inteligente. Para su progenitor, ese niño es el ser más bello del universo, destinado tal vez para grandes cosas.

Pues bien, con los escritos sucede algo similar: el autor -padre de la criatura- piensa que su obra es perfecta, así unos la critiquen, otros se burlen de ella y los de más allá la desdeñen y, sólo unos pocos, generosamente la aprecien.

De ahí que, como dice el proverbio español «si quieres sentirte realizado, ten un hijo, siembra un árbol y escribe un libro», el ser humano, a veces abusando de la magnanimidad del lector, se arriesga a poner en letras de molde sus pensamientos y sus fantasías.

En ocasiones -tal como se expresó antes- el hombre escribe por necesidad, para superar la inercia, para derrotar la soledad o, también, porque quiere poner por escrito alguna idea que las musas le han sugerido. Pero asimismo, hay ocasiones en las cuales el ser humano escribe por divertimento, propio o ajeno y es, en estos casos,  cuando hace literatura. Entonces recurre a la imaginación o a sucesos de la vida real, pues está demostrado que ésta supera con creces a aquélla y, así, van surgiendo cuentos, leyendas, consejas, novelas o poemas. Al fin y al cabo, ya lo dijo Samuel Taylor Coleridge, poeta, crítico y filósofo británico de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX: «…la imaginación no inventa, solamente descubre relaciones entre lo ya existente… »

Por eso y por algo de entretenimiento o de necesidad, ahí te van, amable lector, estos cuentos que han ido surgiendo, poco a poco.

A veces, sin darme cuenta, fueron brotando las ideas a partir de cualquier fábula escuchada en la niñez o en los albores de la pubertad y recordada, ahora en la vejez. Otros de estos cuentos nacieron de algún pasaje oído al desgaire, en la ya lejana juventud, o durante una tertulia entre amigos o conocidos. Y no falta aquel que tenga orígenes oníricos.

También los hay, que surgieron de alguna noticia escuchada en la radio o leída en un periódico. Otros no son más que el resultado de un ejercicio de la imaginación que en ocasiones se desborda y cuando, queremos ver, nos ha dejado concebir algo que al final nos queda gustando y, sea por ilusión o por orgullo, ahí se quedó plasmado.

Y si, desafortunadamente, nadie leyera algo de lo por mí escrito, ¿acaso deberé recriminarme por haberme solazado en volcar al papel mis pensamientos? ¿Será que tengo que considerar perdido el tiempo dedicado en rellenar estas cuartillas?

Creo que no; pues, por haberlo realizado, el placer y la alegría en mí desatados son suficiente recompensa al esfuerzo empleado en lograrlo. El solo hecho de haber  convertido la escritura de mis ideas en una forma de entretenimiento y de solaz, ya es causa de agradecimiento para con el Creador. Porque, como lo expresara Miguel de Montaignes, a propósito de sus Ensayos, género literario éste de su propia invención: «¿Cuántas veces me ha distraído este trabajo, evitándome así caer en pensamientos frívolos? » Además, como dicen los clásicos, «Escribir, es ordenar el caos.»

La alusión a Arcadia, como título de la recopilación, obedece al paralelo de sencillez, sí que también de truculencias (amén de las intrigas que he querido representar en algunos de estos cuentos), de la vida que se sabe fue vivida en esa parte del Peloponeso, en cuyo pasado se confunden lo real y lo mitológico, al tomar el nombre de Árcade, uno de los hijos de Zeus, esta vez con la ninfa Calisto.

En la mayoría de los cuentos figura la muerte, como personaje inherente a la existencia; al fin y al cabo, ese el destino de todo ser que nace a la vida.

De todas maneras, amable lector, sé espléndido en tu apreciación, gentil en tu concepto y benévolo en tu juicio para con este aprendiz de escribidor, que acaba de dar a luz su primigenia criatura literaria.

Cordialmente,

 

Gustavo Rodríguez Gómez

Nueva York, 14 de febrero del año 2010