UN BREVE RECORRIDO POR LAS TENDENCIAS FILOSÓFICAS
(Un viaje por los andurriales del pensamiento)
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Noviembre de 1999
“Filosofar es, y sólo es, aprender a morir.” Karl Theodor Jaspers
La polis, ciudad estado en la Grecia antigua, era el resultado de un largo proceso, el cual socialmente se apoyaba en la transición de la monarquía a la república; culturalmente venía dado por un cambio de enfoque que suponía la evolución de las formas literarias griegas, desde Homero hasta Hesíodo. Pero también afectó las formas de pensamiento de algunos de sus ciudadanos, quienes se dedicaron a encontrar la razón de ser de las cosas.
Para Tales de Mileto, el arjé o sustancia primigenia del universo, era el agua. Sus tres argumentos fueron: el alimento siempre es húmedo, el calor carece de humedad y ésta es la naturaleza de las semillas, las cuales dan la vida.
En tanto que para Anaximandro, el principio original era algo indefinido e indeterminado, distinto de todas las sustancias existentes, porque es inmortal e indestructible.
De él procedían, según Anaxímenes, todos los entes del universo y aún el universo entero. El proceso apuntado por el filósofo fue el siguiente: la rarefacción del primer principio originó el fuego, la condensación el agua y, después, la tierra.
Para la escuela pitagórica, el hombre era el resultado de la división de una parte terrena, mortal y otra espiritual e imperecedera; en el momento de la muerte; la parte espiritual se separaba del cuerpo y, según la conducta que hubiera observado en vida, se encarnaba en una planta, un animal o en otro hombre, de acuerdo a los méritos alcanzados en la vida precedente. La esencia y la sustancia de todo lo real podían ser reducidas a relaciones matemáticas. Los números eran el principio fundamental de todo lo existente.
La esencia de la teoría de Heráclito de Éfeso giraba en torno a tres temas básicos: la movilidad perpetua, la armonía de los opuestos y el fuego, como principios creadores. Contrario a señalar el dinamismo inherente a todo lo real, afirmaba la esencia de las cosas sobre el cambio mismo, “todo fluye, tan sólo permanece el devenir”.
Parménides de Elea planteó el principio de identidad desde el nacimiento y el desarrollo de las cosas, su disgregación y reunión alternas, sus conflictos y transformaciones constantes. Los lógicos lo llamaban experiencia directa; mientras Parménides lo negaba, en nombre del razonamiento lógico.
Para Empédocles Agrigento fueron cuatro las sustancias que formaron la naturaleza: fuego, agua, aire y tierra.
Demócrito denominó átomos a estas sustancias infinitas, las cuales integran las semillas de los mundos y están hechas de una infinidad de pequeños corpúsculos invisibles y cualitativamente indiferenciados; es decir de idéntica naturaleza. Para Demócrito el vacío ocurría porque los átomos “se mueven produciendo la corrupción, ya que cuando se juntan producen generación”.
Después de los físicos, posteriores a los filósofos, vino la etapa de reflexión antropológica y los primeros en abordar esta nueva perspectiva, fueron los sofistas, quienes se dedicaron a una labor educativa práctica y enseñaron el arte de persuadir. El conocimiento sofista fue el movimiento doctrinal que caracterizó la filosofía helénica durante la segunda mitad del siglo V a. C. Sofista quiere decir maestro de la sabiduría, sabio.
Protágoras de Abdera decía que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son”.
Gorgias de Leontini, seguidor de Protágoras y nihilista radical, redujo a la nada el ser y la posibilidad de conocimiento, cuando afirmaba: “Nada existe. Aunque si algo existiera, sería incognoscible y, aunque se pudiera conocerlo, sería incomunicable.”
Por otro lado, Sócrates, testimonio viviente de la filosofía y moralista ilustre y fundador de una nueva filosofía, fue una de las mayores figuras de la humanidad. Dedicó gran parte de su vida a conversar con sus conciudadanos, aún los más humildes, para ilustrarlos acerca de sus verdaderos intereses. Su método de enseñanza consistía en interrogar hábilmente al interlocutor, a fin de que éste, por sí mismo, lograse alcanzar la verdad, desempeñando así un papel que él mismo calificaba de “partero del espíritu”. Tal método comprendía una parte crítica que él llamaba ironía, mediante la cual llevaba al interlocutor, a través de preguntas, a reconocer el error en que estaba y una parte positiva, llamada mayéutica (alumbramiento), por medio de la cual el sujeto mismo descubría la verdad. Desdeñando las audaces especulaciones de sus predecesores, dio máxima importancia a la moral que intentó fundar sobre bases racionales. El fin principal de su enseñanza era hacer que el hombre llegara a conocerse a sí mismo. Perseguido por sus doctrinas, fue acusado injustamente de conducta impía e inmoral y sacrílega y, por eso, condenado a morir, obligándosele a tomar la cicuta con la cual se envenenó.
Los dos mundos de Platón fueron el conocimiento y la inteligencia. Conocimiento inmediato que denominó opinión, y conocimiento profundo que exige el concurso de la inteligencia; lo cual fue llamado por Platón ciencia o proceso, mediante el cual el hombre rebasa el mero conocimiento sensible y accede a modos graduales en un nivel superior del entendimiento. El hombre, según Platón, está compuesto por dos realidades: la sensible y la inteligible. La primera está compuesta por las cualidades presentes en la idea, al igual que un retrato participa de su modelo. La realidad inteligible está formada por las ideas, es decir las entidades que constituyen lo verdaderamente real. El alma nos libera de la apariencia de los sentidos. Por lo cual, conocer es recordar; porque los conocimientos los guardamos y cuando podemos recordarlos, podremos expresarlos y, así, demostrar que conocemos.
Según Aristóteles, creador de la lógica, los elementos primarios u operadores mentales de ésta, eran la inteligencia, el pensamiento y la realidad. A Aristóteles se le puede clasificar como el conocedor científico del mundo, que comprende y aborda el estudio del hombre, conducido a un conocimiento de principios y causas específicas. Las cuatro causas del ser, de acuerdo a sus planteamientos, son: ser ideal (espíritu), ser en sí mismo (mente), ser moral (valores) y ser cultural (intelecto). Los dos principios constitutivos de la realidad son, la naturaleza materia -hylé- y la naturaleza forma -morphé-. Para él, potencia quería decir disponibilidad material o modificación de una realidad. Acto era la determinación concreta de una posibilidad, que se presenta como proveniente de una actualización. Para Aristóteles, la planta que tiende hacia la luz, el animal que busca el alimento o el científico que investiga para saber, realizan movimientos hacia un bien.
La felicidad, para los estoicos, con Zenón de Citium a la cabeza, radicaba en vivir en armonía con la naturaleza, saber soportar el sufrimiento y no entregarse a las pasiones. Según ellos, el hombre sabio es feliz. Por consiguiente, para vivir felices, los hombres deben aceptar su propio destino y prepararse para la muerte en práctica de la virtud.
Mientras que, para los seguidores de Epicuro, la felicidad era la razón de ser del hombre y se lograba a través de una vida pacífica y mesurada. Por el contrario, para los escépticos, la felicidad consistía en buscar la verdad y no encontrarla.
Para el neoplatonismo de Plotino, el concepto de emanación significaba la libertad absoluta del ser humano, y el primer producto emanado es el nous (espíritu o inteligencia), después viene el alma y, por último, la materia.
San Agustín de Hipona, concilió la libertad del hombre y el conocimiento Divino del futuro, por medio del libre albedrío; o sea, a través de la posibilidad que tiene el hombre de elegir entre el bien y el mal, por medio de la reflexión. Según la patrística o defensa del cristianismo, el mal en la tierra obedece a las influencias del demonio sobre el hombre, el cual por su libre albedrío lo sigue o se abstiene de hacerlo. San Agustín se guía por Platón. Sus conclusiones teológicas dieron origen a la Escolástica, nombre que se la da a la filosofía que dominó en Europa desde finales de la Patrística hasta el siglo XVII. Su espíritu está teñido de religiosidad; por ello tiene como tema fundamental la relación de la teología con la filosofía, dando primacía a la primera, pero con un acusado interés por la segunda. El método es la discusión de proposiciones metafísicas, teológicas, lógicas, etc., con apoyo en la autoridad de los grandes filósofos de la antigüedad, especialmente de Aristóteles y Platón, para darle fuerza a la Tradición y a la Revelación Cristianas.
Los universales eran expresiones del lenguaje cotidiano y su planteamiento un problema básicamente filosófico: ¿tienen los universales una correlación existencial?, ¿son conceptos cuya naturaleza es puramente mental? o ¿son meras emisiones vocales? La respuesta afirmativa a cada una de estas preguntas da origen a sendas posturas filosóficas: realismo, conceptualismo y nominalismo.
Así como San Agustín se apoyó en Platón, Santo Tomás de Aquino lo hizo en Aristóteles. Para él no hay oposición entre la fe y la razón. Según Santo Tomás, el fin natural del hombre consiste en dirigirse, de acuerdo a su libre voluntad, hacia el Bien. Para Santo Tomás, la ley eterna es la que justifica el movimiento del mundo y la existencia de todo lo conocido, gracias a la existencia de Dios, como causa primera y única de todas las cosas. Esta ley eterna es diferente de la ley natural, la cual es la forma como el hombre ordena su conocimiento de las cosas y su comportamiento, con todo lo que lo rodea.
En la filosofía moderna, con René Descartes a la cabeza, la duda metódica consistía en hallar una verdad evidente empezando por dudar de todo y encontrarse con la verdad, producto de la propia duda. Para Descartes, el hombre estaba compuesto de pensamiento y materia, conformando sustancias relativas, ya que sólo Dios es sustancia real, en tanto existe de manera tal, que no tiene más necesidad que de Sí mismo para existir. A Descartes se le considera racionalista porque atribuía a la razón el origen de todas las cosas, ya que es el yo pensante quien, a través de la duda metódica, encuentra la realidad.
Según Gottfried Leibniz, las mónadas eran las sustancias individuales dotadas de percepción y facultad afectiva que constituían todas las cosas desde un determinado punto de vista. La acción y disposición conjunta de las mónadas se debían a una armonía preestablecida por el Creador, que produciría el mejor de los mundos posibles; a esta tesis se la conoce con el nombre de optimismo metafísico.
Para el empirismo de Francis Bacon, la inducción era la argumentación que parte de proposiciones particulares para inferir una afirmación de extensión universal. Sin embargo, para Bacon este era un procedimiento en el cual, por sucesivas operaciones, se iba eliminando de las experiencias aquello que no les perteneciera como tales. Según Bacon, los juicios a priori y el racionalismo, son los ídolos que no permiten un verdadero conocimiento de las cosas.
Para Thomas Hobbes, la felicidad en este mundo residía en la convivencia satisfactoria entre los hombres de tal manera, que les permitiera conservar la vida. Decía que el hombre es lobo para el hombre porque, debido a su característica dominante -el instinto de conservación-, entra en constante conflicto con los demás hombres, llegando a un permanente estado de agresión.
David Hume no negó la existencia de la causalidad sino que afirmó la imposibilidad de conocerla ya que, según él y su teoría asociacionista, el que se acepte que un hecho es causa de otro, se debe al hábito de percibir el segundo después del primero.
Jean-Jacques Rousseau, durante la Ilustración, en su libro, “Cómo educar al joven”, dice que el hombre por naturaleza es bueno, pero el afán de conocimiento y de poder lo vuelve malo.
La Iglesia Católica se opone a esta tesis porque en ella se niega el auxilio de la Gracia Divina, la cual hace posible que el hombre, sin importar que sea culto o ignorante, rico o pobre, de cualquier etnia o religión, puede llegar a ser bondadoso si así lo desea y le ruega a Dios para que le ayude a lograrlo.
En el idealismo alemán, Immanuel Kant definió el noúmeno como el objeto del conocimiento intelectual puro; se equipara a lo pensado por medio de la razón. Para Kant el fenómeno es lo contrario del noúmeno, ya que, según él, fenómeno es todo aquello que se produce, es decir, los hechos en sí mismos y el noúmeno es una intuición intelectual. Los juicios analíticos son aquellos en donde se relacionan el sujeto y el predicado, sin que éste añada nada nuevo a aquél, ya que sólo el predicado ayuda a explicar algo ya implícito en el sujeto. En tanto que, los juicios sintéticos a priori, son proposiciones innatas a la mente, que no necesitan experiencia previa y cuyo predicado no está contenido en el sujeto. Kant denomina imperativo categórico al mandato de la ley moral. Es categórico y no hipotético, porque no debe observarse con el fin de alcanzar un objetivo determinado, sino que obedece a una universalidad entroncada con lo dispuesto en la misma ley moral.
Para Georg Wilhelm Friedrich Hegel, la dialéctica consiste en encontrar las categorías fundamentales de las cosas y las relaciones existentes entre ellas. Según él, el análisis dialéctico permite deducir una categoría a partir de otra, ya que ambas se encuentran en conflicto. A Hegel se le considera idealista absoluto porque, gracias a su obra filosófica, el idealismo alemán alcanzó su punto culminante, dando origen a escuelas filosóficas dedicadas desde entonces a cuestiones más específicas u objetivas.
El panteísmo es la parte de la filosofía que identifica a Dios con la naturaleza; tiene dos variantes: el panteísmo acósmico que considera a Dios como la única realidad verídica y el panteísmo ateo que considera al mundo como la única realidad.
Karl Marx explica en qué consiste el materialismo dialéctico, diciendo que el mundo se puede interpretar mediante un esquema de oposición entre contrarios, donde todo nace de un conflicto, pero en donde la base del cambio no es espiritual, sino material; son entonces las circunstancias socioeconómicas las que determinan el modo de pensar del hombre, y no a la inversa. A juicio de Marx, el materialismo histórico surge porque el hombre se vincula con sus semejantes, para procurar con mayor eficacia la satisfacción de sus necesidades materiales. El vínculo del trabajo une a los hombres y hace posible la sociedad, que se encuentra dividida en clases, como consecuencia de la especialización en el trabajo.
Para Auguste Comte, la ley de los tres estadios son las fases sucesivas que han permitido a la humanidad evolucionar en los diferentes planos de su actividad: Estadio teológico, cuando el hombre está dominado por la existencia y, por ello, explica los fenómenos recurriendo a seres sobrenaturales. Estadio metafísico, en donde la razón suple a la fantasía, y la metafísica a la realidad. Estadio positivo, en el cual, gracias a la implantación de la ciencia, el hombre rechaza las explicaciones fantásticas y conceptuales, y construye el conocimiento basado en hechos demostrables.
Friedrich Nietzsche considera que la voluntad de poder, es la lucha del hombre en la vida, en la que debe superarse a sí mismo y que le determina todo lo existente. El superhombre es el hombre nuevo, filósofo del futuro y dominador de la historia, encargado de transformar lo finito y humano en lo infinito de la vida.
Para el vitalista Henry Bergson, la intuición es la principal fuente del conocimiento, ya que, pese al indudable valor científico que éste posee, ni los conceptos ni el lenguaje pueden ofrecerle al hombre un conocimiento profundo de la esencia de lo existente; sólo la intuición le permite acometer su estudio. Para Bergson, la intuición es la captación inmediata de las cosas.
La fenomenología, de acuerdo a Edmund Husserl, fue el instrumento ideado para lograr constituir la filosofía como una ciencia rigurosa. La reducción eidética significa descubrir la esencia de las cosas, dejando de lado lo que éstas tienen de accesorio y mudable.
Según Max Scheler, los valores son cualidades reales, inmutables e independientes del sujeto que las percibe, captables por la intuición, que le permiten al individuo actuar adecuadamente en la vida. Los valores religiosos ocupan el primer lugar en la vida.
Para Martin Heidegger, la metafísica es el estudio de la existencia del ser, por sí mismo, que sólo se da al hombre en la experiencia de la angustia, donde es capaz de comprender y aceptar su finitud. Según Heidegger, el sentido del hombre proviene de su existencia en un mundo al que ha sido arrojado; es decir, “un ser en el mundo”, literalmente “un ser ahí”.
Por último, dice Jean-Paul Sartre que el “ser en sí”, es el ser de las cosas y el “ser para sí”, es el ser de las personas. Como el hombre debe elegir libremente su destino, la libertad no es un bien deparado al hombree sino más bien una condena, de la cual no puede liberarse, llevándolo a la angustia existencial.