LA VIOLENCIA EN COLOMBIA.
(El feudalismo, germen del terror)
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Octubre de 1999
“La violencia es el miedo a los ideales de los demás.” Mahatma Gandhi
Antecedentes.
La humanidad, hasta bien entrada la Edad Contemporánea, estuvo dividida en dos clases socioeconómicas: amos y siervos. Dentro de los siervos, existía una subclase social, la de los esclavos, cuya situación era peor que la de los animales.
Los amos, que conformaban la minoría, todo lo poseían; los siervos, que constituían la inmensa mayoría de la población, carecían de todo, hasta de la libertad. A los esclavos, ni siquiera se les consideraba la posibilidad de tener alma inmortal.
El poder, obviamente, estaba en manos de los amos y se encontraba organizado en forma piramidal. En la base, estaban los señores feudales, dueños de vidas y haciendas, quienes poseían la tierra; la cual era trabajada por los siervos y los esclavos, a cambio de tener vivienda (si así podía llamarse a esas chozas inmundas, que sólo les permitían sobrevivir en condiciones infrahumanas), algo de alimento y protección que les brindaba el amo, para impedir que otros señores feudales los aprisionaran, convirtiéndolos en esclavos, cuya situación -como ya se dijo- era ¡peor aún!, que la de los siervos.
Inmediatamente encima de los señores feudales, estaban los mal llamados nobles; unos señores ociosos, que vivían de los tributos que, a cambio de protección, les pagaban los señores feudales. Estos nobles tenían, además de los siervos comunes, otros siervos que constituían un grupo especial, minoritario, que tenía acceso a las armas, a las artes, a las letras y a las ciencias y era protegido por los nobles, a cambio de servicios, diversión y posibilidad de aumento de poder.
En la cúspide del poder estaba el monarca, cuya corte estaba conformada por los llamados nobles; en la monarquía se repetía, en mayor proporción, la situación de ocio, vasallaje y servidumbre, ya descrita para la nobleza.
Cuando el monarca, los nobles o los señores feudales querían más tierras y, por consiguiente, más poder, enviaban a los siervos comunes y a los esclavos, al mando de los siervos especiales preparados para tal efecto, a guerrear contra los siervos y esclavos del país o territorio objeto de su ambición y, como tal, motivo de la guerra.
Evidentemente, los muertos salían de las filas de siervos y esclavos; tanto del bando vencedor como del vencido.
Con el fin de acabar con esta aberrante injusticia social, que parecía eternizarse, se gestó la Revolución Francesa, con sus postulados de igualdad, libertad y fraternidad. De allí y, gracias a lo escrito por tratadistas de conciencia social, como Marx, Engels y algunos Padres de la Iglesia, surgió la clase media, descendiente de aquellos militares, literatos, artistas y científicos que, en el antiguo régimen, servían a la nobleza y a la monarquía. La gleba continuó siéndolo.
Con el tiempo, la clase media, que había crecido, pudo acceder al trabajo a cambio de salario. Esto, junto con el hecho de haber convertido a la monarquía en una pieza de museo, en la mayoría de los países del mundo, fue el único logro social de la Revolución Francesa y de sus hijas, las Revoluciones independentistas en América y la Revolución bolchevique en Rusia.
Pues, la existencia de la llamada nobleza y la de los señores feudales continuó; sobre todo en América Latina, sólo que con nombres diferentes: sociedad elitista en las ciudades y terratenientes en el campo, respectivamente.
Orígenes.
Con el nacimiento de las repúblicas latinoamericanas, estas dos clases continuaron en el poder, con las mismas reparticiones territoriales: la sociedad elitista en las ciudades y los terratenientes en el campo; fundidos, para efectos de ejercer el poder, en una sola denominación social: clase alta (cuya altura siempre se ha medido por el monto del capital acumulado, sin importar los medios utilizados para tal efecto).
El ejercicio de su poder se encuentra aparentemente legitimado por el sufragio de las clases media y baja; la primera embobada con el embeleco de la democracia y, la segunda, engañada a través de la compra de votos. En este ejercicio electoral, las clases sojuzgadas eligen, en forma continua, a los de la clase alta para los cargos públicos, en donde se perpetúan, período tras período; gobernando, legislando o juzgando a su amaño.
En el alto gobierno sólo tienen cabida los de la clase alta; las leyes siempre buscan favorecer sus intereses; la administración de justicia también, de tal manera que cuando uno de su clase comete un delito, le dan la casa por cárcel o lo hospedan en una guarnición militar o le permiten viajar al exterior del país o, mejor aún, es sobreseído por falta de pruebas, para que, así, siga disfrutando de su vida muelle y de su riqueza mal habida.
Se dan casos, en los cuales, estos delincuentes -de cuello blanco, los llama la sabiduría popular- son descubiertos en la comisión de delitos y, para evitar que se les juzgue (cuando no hay unanimidad de criterio entre los Poderes Ejecutivo y Judicial), el primero de estos poderes los envía al exterior, casi siempre en misión diplomática; con lo cual, no sólo se les alcahuetean sus delitos, sino que además se les premia con todo aquello que significa la representación en el servicio exterior. Esto, sin saber el gobernante de turno -o sabiéndolo, pero ladinamente, obviándolo- que, con esta actitud alcahueta, envilece la diplomacia
De las clases media y baja extraen jóvenes que van a engrosar las filas del ejército (oficiales y soldados), quienes habrán de protegerlos en sus vidas y en sus bienes, aún a costa de la vida y bienes (si acaso los hay) de personas de las clases sojuzgadas cuando algunas de ellas se atrevan a poner en tela de juicio la legitimidad del poder de la clase alta o, así sólo sea, a protestar por el abuso que de éste, cometen los poderosos. Vale la pena aclarar, sobre la obligatoriedad del servicio militar, que los jóvenes hijos de las familias de la clase alta, sólo pueden ingresar a las escuelas de oficiales, con el fin de llegar a constituir, con el paso de los años, la dirigencia militar de estos países.
En la mayoría de estos países latinoamericanos -y Colombia no podía ser la excepción- una vez lograda la independencia de España (a propósito, ¿será casualidad que todos estos países que estuvieran durante la Colonia bajo el dominio de España, continúen siendo feudales?), la clase alta formó dos bandos políticos con enseñas, aparentemente contrarias: derecha e izquierda, pero con un solo objetivo, el de continuar en el poder.
Las clases media y baja, hábilmente manipuladas por la clase alta, se engarzaban en disputas que, muchas veces, desembocaban en guerras civiles; en donde ellas ponían los muertos; todo con el fin de lograr que algún dirigente de izquierda o de derecha, según fuera el caso, se alzara con el poder; en donde, obviamente, gobernaría para los suyos; pero sin cortarles a los contrarios el acceso a las prebendas ya ganadas por ellos; pues la convivencia entre dirigentes de izquierda y de derecha, jamás se alteró.
Lo triste de esta violencia que, durante más de un siglo, asoló a América Latina, fue el saldo de muertes inútiles que dejó, el bloqueo a las posibilidades de desarrollo y la miseria y pobreza absolutas en que sumió a la clase baja; algunos de cuyos miembros, después de las guerras civiles de mediados de este siglo, resolvieron quedarse en las montañas, porque no tenían a donde regresar, o en señal de protesta o como un modus vivendi bastante cómodo, aunque muy azaroso, que terminó por convertirlos en una especie de animales acorralados. Ocasionalmente bajaban a tratar de conseguir, a como diera lugar, en pueblos desprotegidos aquello que les permitiera sobrevivir.
Los dirigentes de los partidos políticos, a través de los medios de comunicación que, o bien les pertenecen o bien pertenecen a parientes o amigos o, en el más leve de los casos, pertenecen a los de su misma clase social, colocaban, según fuera el color de la enseña gobernante, en el bando contrario a estos ocasionales rebeldes; para, así, seguir alimentando el odio político entre las clases sojuzgadas. Odio que les permitiera tener la suficiente carne de cañón necesaria para los futuros enfrentamientos.
La actualidad.
Llegó un momento en el cual, parte de la clase media latinoamericana, sobre todo en el ala intelectual, protestó por este injusto estado de cosas y resolvió rebelarse y, algunos de ellos (los más audaces y decididos), se fueron a las montañas a unirse con los rebeldes de las guerras políticas y con los desplazados por la injusticia social de la clase gobernante y, desde allí, lanzar consignas de protesta, muchas veces inocuas; pero que no dejaban de constituir una piedra en el zapato de la clase alta.
Por eso, ésta resolvió destinar al Ejército, que debería estar cuidando las fronteras del respectivo país, y a la Policía, cuya misión esencial es la de salvaguardar la tranquilidad de la gente, a perseguir a los rebeldes que estaban en las montañas; las más de las veces, ambos bandos armados en forma deplorable; pero que, con el correr del tiempo, han logrado armarse adecuadamente: el Ejército de cada país latinoamericano, consiguiendo mejores partidas presupuestales y los rebeldes, al verse asediados por las fuerzas regulares, recurriendo a diversos métodos, muchas veces no legítimos.
En estos enfrentamientos entre pares: soldados y policías -oficialidad y tropa de las clases media y baja- luchando contra rebeldes de sus mismas clases sociales, sólo estas dos clases volvieron a poner los muertos.
Desde los albores de la República, los terratenientes -clase alta rural-, con el beneplácito de la clase alta urbana de estos países, han resuelto tener sus propios ejércitos que, ayudados por el ejército regular del respectivo país, quien actúa como idiota útil en la lucha de clases existente en América Latina, viven en constante enfrentamiento con los rebeldes; aumentando esta guerra civil que, en algunos países como Colombia, está acabando con la vida en el agro. Sobra decir que estos ejércitos particulares están compuestos por miembros de la clase baja, mercenarios de los latifundistas.
Periódicamente, en Colombia, han surgido ocasionales intentos de hacer la paz; pero los interesados en que ésta no se logre, consiguen que las conversaciones se corten; muchas veces con la complicidad de miembros de la clase media; pues ésta -que posee la capacidad de pensamiento del pueblo sojuzgado- ha terminado por dividirse en dos: los parciales del régimen y los que tienen conciencia social; y, dado el carácter emergente de la clase media, se ha convertido en una pose de moda (esnobismo, chic, in, como queramos llamarla), estar del lado del régimen; es decir, de la clase alta. Como si el solo hecho de adherir a ésta, pudiera hacerle cambiar al emergente, su estrato socioeconómico o le fuera a dar mayores garantías de buen trato.
Esta situación le ha costado a Colombia, en los últimos cuarenta años, centenas de miles de muertos; le ha cortado las posibilidades de desarrollarse, de salir del atraso cultural, industrial y económico en que se encuentra.
Y hoy, son tantos los intereses creados -no hay que olvidar el manejo del presupuesto, el tráfico de armas, la corrupción administrativa, el dinero rápido producto del narcotráfico y de la misma corrupción administrativa, protegida por la impunidad- que cada día se ve más y más lejano el logro de la paz.
Pero de la paz social; en donde el Estado cumpla, por fin, con los propósitos para los cuales fue creado y que, en nuestro país, se han quedado convertidos en letra muerta.
Porque la quietud interior, el sosiego personal, le permite al ser humano estar en paz con Dios, con la humanidad, con la naturaleza, consigo mismo; pero no le sirve para pagar impuestos, ni para educar, vestir y alimentar a sus hijos o darles techo, llevarlos al médico si enferman; ni mucho menos habrá de servirle para comprarles medicinas.
No es la ausencia de la paz doméstica la que tiene en guerra a Colombia. No es la falta de la paz personal, la que nos está aniquilando. Es la paz social la que necesitamos: con planes de salud, educación, vivienda, infraestructura y ofertas de empleo, que permita a la mayoría de los colombianos salir de la sempiterna situación de atraso y de desesperanza en que se encuentra. Porvenir promisorio para las clases menos favorecidas hasta ahora, que no le quitaría ningún poder ni mermaría las riquezas de la clase alta, por más mal habidas que éstas hayan sido.
Pero no. La situación sigue igual; los planes de desarrollo no se ven y cuando, ocasionalmente, aparecen, el dinero que debía invertirse en ellos, termina en los bolsillos de los funcionarios del estado y en la bolsa de los contratistas, pertenecientes a la clase alta o miembros de la clase media emergente; todo esto como consecuencia de la ya mencionada corrupción administrativa, amparada en la impunidad y en la inversión de valores que estas últimas han traído como secuela.
Y la paz social, continúa siendo un sueño utópico, no solamente para esta sufrida nación; sino también para toda Latinoamérica.
Porque, así trate la clase alta de convencernos de lo contrario, no es pintando palomitas, izando banderas, agitando pañuelos blancos, o de cualquier color, votando referendos, colocándonos presillas en la solapa del vestido, consignas en los automóviles, realizando inútiles caminatas o desacreditando e injuriando a los rebeldes, como vamos a alcanzar la paz; no, no es así. Ese no es el camino.
La paz, la verdadera paz, la paz social, debe emanar del Estado, con planes de recuperación para las clases menos favorecidas económica y socialmente. Pero planes viables, que puedan hacerse realidad y que, en verdad solucionen los problemas más urgentes de esa inmensa mayoría de compatriotas que, cada día, se hunden más y más en la miseria y en el resentimiento social, que los convierte en caldo de cultivo de cualquier revolución.
A veces me da la impresión de que las personas que promueven estas acciones inocuas por la paz (caminatas, banderas, pañuelos, palomas, etc.), saben de su inutilidad; pero, a sabiendas, incitan a la gente a participar en ellas; quizás con el maligno propósito de distraer la atención de la opinión pública sobre las verdaderas causas sociales de este malestar que nos agobia.
Conclusión.
El día en que la paz social se alcance, los rebeldes no tendrán más pretextos para continuar siéndolo; los inconformes dejarán de serlo o no encontrarán eco en un país satisfecho en sus necesidades básicas. Entonces el desarrollo industrial, comercial, económico y cultural, llegará a todas las regiones y a todas las clases sociales del país; incluso a aquellas regiones más olvidadas por el Estado colombiano durante toda su vida republicana, como Chocó, Córdoba, Sucre, Guajira, Urabá, etc., y, así, toda la nación se integrará a ese desarrollo tan anhelado.
No sobra recordar que el atraso regional de Colombia, está relacionado en forma directa con el feudalismo imperante en algunas zonas; feudalismo que, indudablemente, siempre ha sido sinónimo de injusticia social.
Ojalá, los hijos de nuestros hijos, alcancen a ver ese paraíso soñado por esta persona, que ya se encuentra en su edad madura -casi en el ocaso de su vida- y que ha visto como el país se desangra, la nación se desintegra, Colombia se aniquila.
Quiera Dios, este triste panorama, algún día llegue a su fin.
Para terminar, una pregunta un tanto inocente: ¿Por qué en países de Europa, como Suiza, Suecia, Finlandia u Holanda, entre otros, en donde el respectivo Estado, imbuido de conciencia social, hace lo suyo en bien de sus ciudadanos y en los cuales, la corrupción administrativa y la impunidad no han corroído aún a sus dirigentes, no hay violencia, no hay guerrilla?