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PARÁBOLA DEL AMOR

“Mientras haya unos ojos que reflejen los ojos que los miran,

mientras responda el labio suspirando al labio que suspira,

podrán sentirse en un beso dos almas confundidas…”

Rima IV de Gustavo Adolfo Bécquer

                                    I

Una noche, al escuchar una canción

que hablaba de un amor perdido,

caí en cuenta de los años que se han ido

y de qué manera me han marcado el corazón.

Y comparé la juventud con la mujer amada

            que se aleja de su amado poco a poco,

            sin importarle jamás que al irse deja loco

            al hombre que toda su vida le ofrendara.

Como si la existencia fuera veleidosa

y no le importara el hombre que envejece,

como poco importa quien la vida ofrece

y pone su amor en una dama caprichosa.

                                    II

Y van pasando las edades una a una,

te marchitas de manera inexorable,

la vida esquiva se va en forma  irremediable,

y sientes llegar la edad de la vejez inoportuna.

Sentirás así, nostalgia por los años que se fueron

y, aunque hayas disfrutado del amor y de sus mieles,

sentirás también el sabor amargo de las hieles

que han dejado en tu alma los amores que murieron.

Porque aunque no lo quieras tú reconocer,

la vida se te va escapando lentamente

y los años pasados han marcado ya en tu frente

la huella de pesares que te han hecho envejecer.

                                    III

Y miras con nostalgia los años que pasaron

porque al pensar en los tiempos que se fueron,

recordarás también los amores que murieron

pero que en su momento, sus caricias te brindaron.

            Y aunque no quisieras, en tu corazón dejaron

            las huellas de su engaño o de su amor

            y por eso con nostalgia y con dolor,

            sentirás que algunas heridas no cicatrizaron.

Y si bien alguna haya tal vez sanado,

al palparla la sientes y hace daño;

pues, a pesar del paso de los años,

en tu alma el dolor quedó grabado.

                        IV

Puesto que en el más leve de los casos,

tu juventud se fue para nunca más volver

y se alejó, como se aleja la mujer

que va en pos de la huella de otros pasos.

Y se va tras de nuevas ilusiones, y otro amor,

que le brinden otras perspectivas de la vida,

sin importarle dejar tu alma malherida

al sumir tu existencia en el dolor.

Y creerás morir, pues la esperanza

de disfrutar de un nuevo amor será imposible

y pensarás que la existencia es invivible

al ver lejana la dicha que el amor alcanza.

                                    V

Mas el tiempo, con su paciencia y su sabiduría,

te llevará a las orillas de otro amor

que sanará para siempre, el cruel dolor

que tu alma pensó que jamás se curaría.

            Y disfrutarás así, de un amor cierto

            que te haga olvidar por siempre a los demás;

            aunque llegaste a pensar que ya jamás

            volverían a florecer las rosas en tu huerto.

Porque al encontrar el verdadero amor,

ese que llena de dicha y de bondad tu alma,

volverás a saborear del placer la palma

de amar a alguien con tan infinito ardor.

Y nuevamente serás feliz, al comprender

que has vuelto a reposar en el dintel del cielo,

al calmar otra vez el loco anhelo

de amar apasionadamente a una mujer.

                        VI

Pero esta vez a una mujer muy especial

de alma llena de bondad, como ninguna,

a quien amar como el lucero ama a la luna

a quien sigue eternamente en el espacio sideral.

            Y le brinda en el cielo sus ternezas

            y le canta en las noches su dulzura;

            pues sus endechas le mitigan la amargura

            que aún llena su alma de tristezas.

Y poco a poco, irás así olvidando

todo amor pasado y engañoso

y entonces te sentirás dichoso

de adorar a la mujer que te está amando.

                        VII

Y le brindarás cariño, amor, ternura,

sin cortapisas ni dobles intenciones

para lograr fundir así ambos corazones,

en uno solo repleto de dulzura.

Que les permita seguir, hasta el ocaso de la vida,

unidos los dos hasta el fin de la existencia,

saboreando cada uno el dulzor de la presencia

que el mutuo amor a la felicidad convida.

Y se amarán tanto que fervientemente

pedirán con fe, todos los días a Dios

que, al morir cualquiera de los dos,

muera el otro, para juntos reposar eternamente.

Valledupar, 16 de octubre del 2001